jueves, 17 de enero de 2013



P A T A Z E L D O R A D O
CUARTA PARTE

CAPITULO  I

OTRA VEZ BAMBAS

Prosiguiendo con los acontecimientos, acaecidos a Eugenio, dentro de la Provincia de Pataz, daremos un salto, hasta el momento, en el que regresando de su primer viaje a la Selva, e hizo su entrada en la casa hacienda de Bambas, montado en un animal extraño, pues la mula que él llevara la dejó en MULATAMBO, en donde  se hizo cimarrona y le fue imposible cogerla, dado el estado de gran debilidad en el que se encontraba, a consecuencia del sufrimiento, pasado durante el viaje de regreso de Tocache a la Puerta del Monte.

Durante el tiempo transcurrido, desde que Eugenio salió de viaje a Tocache, hasta el momento en el que regresó a Bambas, su madre había llegado de la Costa, de modo que cuando Eugenio hizo su entrada en la casa hacienda, ella salió a recibirlo, pero por la cambiada apariencia que llevaba, montando un animal extraño, barbón y enflaquecido, no lo reconoció y recibiéndolo como a un extraño, le dijo:

  -¡Pase usted señor!; ¡sea usted bienvenido a mi casa!

Eugenio; muy extrañado por estas palabras, que su propia madre le decía,   no  reacciono   de    inmediato   y    solo   se   limitó   a   conducir el animal, sobre el que montaba, hasta el lugar acostumbrado, en donde eran desensilladas las bestias; desmonto y acercándose a su madre, la miro largamente.

Fue entonces, cuando reconoció al hijo, del que solo sabía, que había salido de viaje, a la  tan  temida  Selva,  en  esos  tiempos   y  sin poder reprimir las  lágrimas, que  brotaron a raudales de sus ojos, al ver al hijo en condiciones tan deplorables, lo abrazó y permanecieron así, durante largo rato.

Una vez que paso esta primera impresión, madre e hijo, cambiaron impresiones y por ellas fue, que la señora María llegó a enterarse, de todos los sufrimientos que su enflaquecido hijo, había pasado, así como de las grandes posibilidades, que se podían encontrar en esas lejanas tierras.

Después de la llegada de Eugenio a Bambas, fueron transcurriendo los días y con ellos, el joven Eugenio fue olvidando, todos los sinsabores que tuvo que pasar, durante el viaje a Tocache y su cuerpo, fue ganando los kilos perdidos, pero en su fuero interno, todos los percances sufridos, solo era el producto de su inexperiencia, en esta clase de viajes, que bien valía la pena afrontar, cuando algo más allá, cual un verdadero Edén, lo esperaba. 

La señora María, viajo de regreso a Lima, en donde la esperaban las obligaciones, propias de una madre, con hijos estudiantes; pero antes de partir, hizo prometer a Eugenio, que no volvería a la Selva, sino solo en el caso, de obtener previamente su consentimiento y de este modo fue, que Eugenio se quedo, nuevamente solo en la casa hacienda, recomenzando  su  vida  de soltero, de la que nunca había salido o en  espera,  que   Sarita  recapacitara  y   enviara   algún  aviso,  para  que  él  fuera  a recogerla y de ese modo, reiniciaran su vida marital.

La fiesta de la Virgen del Rosario, patrona del pueblo de Chilia, había concluido y a ella, por separado, habían concurrido, Eugenio y Sarita, la cual, llevando a su pequeña hija, aprovechó de esa oportunidad, para bautizarla, siendo los padrinos, don Carlos Cuba y su esposa, la señora Clarita, sin que participe  para nada en esa ceremonia, él, como padre, que por no encontrarse  con su esposa ese  día, bebió  como nunca antes, perdiendo totalmente el sentido y no recordándose hasta el día siguiente.

Ese matrimonio, la verdad era, que estaba irremisiblemente perdido, salvo que surgiera algo, que hiciera que las cosas volvieran al cauce normal y esto fue lo que Eugenio y su compadre Carlos vieron, cuando después de unos días, de terminada la mencionada fiesta, de la Virgen del Rosario en Chilia, se encontraban bebiendo en la casa hacienda de Bambas y recordando el bautizo de Adelita, la hija de Eugenio, don Carlos le hizo ver a su compadre, lo malo de su obceca da actuación, que lo separaba cada día más de su esposa e hija; al mismo tiempo, que le hacía saber, que en esos momentos, Sarita su esposa, se encontraba pasando unos días, en la casa hacienda de Navimbamba, en compañía de la señora Austragilda, esposa del hacendado.

Era pues la ocasión propicia, como para que se presentaran allí y tentaran una reconciliación, regresando a Bambas, llevando con ellos a Sarita y la pequeña Adelita.

Sin pensarlo más, Eugenio ordenó a la señora Carmelita, que aderezara, lo mejor que pudiera, su habitación, pues traería con él, a su esposa e hija, para lo cual, mando preparar un caballo y partió, acompañado por su compadre Carlos, en  dirección a Navimbamba, felices, dando por descontado el hecho, que Sarita, llevando a su pequeña Adelita, los seguiría hacia una nueva vida, de dicha y felicidad.

Al pasar por Arcaypata, los compadres encontraron a Otto Díaz, el que en razón de ser esposo, de la profesora de ese anexo, se encontraba viviendo  allí y en cuanto  se  enteró  del propósito de los compadres, no pudo menos que encomiar este, diciendo:

  -¡Te felicito Eugenio!; es lo mejor que puedes hacer; te deseo felicidades, en tú nueva vida de reconciliación.

La antiquísima casa hacienda de Navimbamba, daba la impresión de estar deshabitada, por el  gran  descuido,  que  en todas sus dependencias se veía y era notoria, la falta total de servidumbre y para resaltar esta impresión, los cascos de las bestias de los compadres, resonaron lúgubremente, repitiéndose su eco, que rebotando, iba a perderse en la lejanía.

Pero esta impresión de abandono y soledad, era solo eso, pues en realidad, allí se encontraba la señora Austragilda, en compañía de su prima Sarita y en cuanto a la servidumbre, en ese momento, se estaban en un patio interior, pelando papa, para elaborar papa-seca. La dueña de casa, fue la que dio el recibimiento a los compadres y cuando se enteró, del propósito que los llevaba hasta allí, encantada por la noticia  dijo:

  -¡En hora buena don Eugenio!; eso era lo que debieron hacer, hace mucho tiempo; deben aprovechar su juventud juntos, gozando del amor que  los   ha  unido  y  ahora  que   tienen  a   su  Adelita, hagan que ella también participe de esa felicidad.

 Mientras así se expresaba la señora dueña de casa, hizo su aparición Sarita, pero en cuanto vio, quienes  eran  los visitantes, dio media vuelta y se introdujo, en una de las habitaciones de la casa hacienda.

Sin mostrar el haberse apercibido, de la actitud de Sarita, tanto Eugenio como don Carlos, siguiendo las indicaciones de doña Austragilda, ataron sus cabalgaduras, junto con la que llevaban para Sarita, en un lugar destinado a tal fin y a continuación, fueron en pos de su anfitriona, que los condujo hasta la sala de recibo, en donde tomaron asiento y se dispusieron a esperar allí, ya que la señora Austragilda, les dijo:

  -Esperen por favor, voy a llamar a mi prima Sarita; en un minuto estaré de regreso.

A pesar de los malos auspicios, que significaba la actitud inicial  de Sarita, tanto Eugenio, como su compadre, esperaban que todo se arreglara, con la intervención de la señora Austragilda y confiados, aguardaron:

Cuando ya la desesperación, hacía presa en el ánimo de Eugenio, hizo su parición la señora Austragilda, seguida por Sarita, que mostraba un arrebol en el rostro, que la hacía más bella, por lo que Eugenio se sintió más enamorado aún y alentado por sus sentimientos, apresuradamente se levantó de su asiento, iniciando un movimiento hacia ella, con el ánimo de estrecharla entre sus brazos y juntos, sin importar la presencia de la señora Austragilda y don Carlos, llorar por el tiempo perdido, al no haberse encontrado juntos, para amarse con todo el ímpetu de su juventud, ya que Eugenio solo contaba con veinticinco años y Sarita iba por allí.

La reacción de Sarita, fue inusitada, pues como si buscara protección,   dio   un   paso   atrás   y   se   colocó   tras  la  señora Austragilda, movimiento que paralizó, por breves instantes, a Eugenio, el que para disimular el fiasco, que se había llevado, al dejarse llevar por sus sentimientos más íntimos y ya que se encontraba de pié, inclinó la cabeza y con este movimiento, dio a entender que estaba saludándola, como  si  de una extraña se tratara y para reforzar esta impresión,  secamente dijo:

  -¡Buenas tardes Sarita!

Todo un mundo de felicidad se derrumbaba, no obstante, aún Eugenio creyó, que algo se podría hacer, sobre todo, contando con la complicidad de la señora Austragilda, que había demostrado patentemente, estar de parte de Eugenio y su proyecto de reconciliación y con el corazón en la boca, por la emoción del momento, espero y mirando a la anfitriona, tratando de hacerle comprender, que su momento había llegado, mientras tanto prosiguió esperando.

Los segundos se transformaron en siglos y estos, fueron suficientes, para que Eugenio recordara, los felices momentos que pasara junto a su esposa, días que veía tan distantes, que los vio envueltos en brumas tan espesas, que para lograr desprenderlos de ellas, se tendría que utilizar un cincel y el desaliento cundió en él, a tal punto, que todo el cuerpo le pesaba; eran toneladas, que no se  sentía con, ánimo como para moverlas.

El tiempo también sufrió cambios; todo lo veía en cámara  lenta y hasta tuvo tiempo de analizar la mueca, que en la cara de Sarita se mostraba, mueca que decía del asco, que ella sentía por él  y  no  solamente   esto,   sino   que   vio   también,   odio   y   rencor reconcentrados y no pudo creer, que él fuera causante de todos estos sentimientos juntos,   que   después   de    el   amor   que   se  habían tenido, todo estuviera olvidado, trastocando ese amor en odio, hasta el extremo, que le era imposible a su esposa, permanecer en una  habitación con él y por todo esto, casi de inmediato, después de haber tratado de disimular, el  además  de  acercamiento a Sarita,

Eugenio tomó asiento y tratando de no mirar hacia donde ella se encontraba, espero, pero esta vez, deseó que diera término la entrevista cuanto antes y así, poder marcharse, para desenfrenadamente beber y beber, hasta perder totalmente el sentido.

Ya todas las esperanzas, con las que había llegado hasta Navimbamba, se  habían esfumado y se arrepentía del  paso, que escuchando los consejos de su compadre Carlos, había dado y sintió que era el hombre más desdichado del mundo, teniendo que permanecer allí, para ser testigo, de los sentimientos encontrados de esa mujer, pues ya no la consideraba su esposa.

El resto de la entrevista, se llevó a cabo, con solo una persona que hablaba, mientras las otras tres, entre las que se encontraba Eugenio, escuchaban, aunque para decir verdad, Eugenio solo escuchaba, sin darle sentido a las palabras, que de la boca de Sarita salían, aunque si hubieron algunas, que pudo entender, por tratarse de palabras, altisonantes y muy ofensivas. Cuando Sarita acabo de hablar, se retiro de la habitación y fue entonces, cuando Eugenio, aprovechando la coyuntura, tomo su sombrero y dijo:

-¡Buenas tardes señora Austragilda!; disculpe usted el mal rato, que por mi causa ha tenido que pasar.

Y  mirando  a su  compadre, dijo:

   -¡¿Vamos compadre?!; creo que aquí, ya no tenemos nada que hacer.

Y fue así, como terminó toda esta aventura desafortunada, después de la cual, se derrumbaban definitivamente, las esperanzas de reorganizar un hogar que iba al garete y un poco más tarde, cuando ya era noche cerrada, los compadres, abrazados lloraban sus penas, cada uno por una razón similar, aunque diferente una de la otra.

Don Carlos, lloraba desconsolado, su fracasado amor de la juventud; en cambio Eugenio, lloraba por su vida destrozada, por algo que no podía comprender y se preguntaba; ¿qué  era lo que había inoculando veneno, en el corazón  de  su  amada esposa?; ¿Dónde se había ido todo el amor que desde el primer instante que se vieron brotó con fuerza inusitada? ¿Qué o que era lo que había influenciado, para que en ese momento, su amada le muestre el reverso de la medalla, con sentimientos tan negros, los que se podían adivinar, a través de sus ojos verdes, que tiempo atrás fueran tan bellos?

Pensó y pensó mucho en esto, sin encontrar respuesta  y así fue, como esa noche, con los ojos arrasados en lágrimas, brotó de su alma, un poema que a la letra dice así:

En las entrañas de mi dulce amada
Encontré una frigidez que me ofendía
Y por más que hurgue con gran porfía
No halle la reciprocidad soñada

Lágrimas amargas me brotaban
En esa triste noche de mi vida
Que luego concluyera en franca huida
Buscando en otros lechos la agonía
Y el placentero calor que me negaban
Tus brazos, llenos ahora de perfidia

Eugenio pensó seriamente, en poner tierra de por medio, entre él y las personas que le hacían daño, entre las que se contaban, su propia esposa y cada tarde, extraía de su guitarra, notas tan tristes, que los pongos se aglomeraban, a la puerta del escritorio, en donde Eugenio pulsaba el instrumento, mientras los perros, aullaban, como si comprendieran el lacerante dolor, que consumía a su amo.

La soledad continuada y la falta de un verdadero amor, le había llegado a parecer normal y hasta se podría decir, que la extrañaría, en el caso que le faltara, no obstante, en ocasiones, lo visitaban, su compadre Carlos Cuba y su otro compadre Javier Guillén, organizándose almuerzos, regados con cantidades navegables de bebidas espirituosas.

Alargando las sobremesas de tal manera, que en el comedor, los sorprendía la hora del lonche y también la de la cena, pero para amenizar los espacios, entre una y otra comida, Eugenio tocaba su  guitarra  y sus compadres  cantaban,  haciendo  un  trío  formidable,  que llenaba de lamentos y reclamos de amor, todos los  rincones  de la casona, pudiéndose escuchar estos, algo distantes, pues hubieron casos, en los que algunos conocido, pasaban por el camino real y no se pudiendo sustraerse, al embrujo tan lleno de sentimiento, de las canciones que se dejaban escuchar, desde  la casa hacienda, se detenían y hasta entraban a ver que era lo que sucedía, para que un grupo de personas, interpretara tan melodiosas canciones,  pues tanto don

Carlos Cuba, como don Javier Guillén, poseían muy buenas voces y Eugenio, no tacaba tan mal la guitarra y cuando don Cesar Cuba estaba presente, bordoneaba otra guitarra, haciendo un bajo perfecto y así, mediante las interpretaciones con dos voces y dos guitarras, esas reuniones eran sumamente agradables, sobre todo al oído.


CAPITULO  II

RESURRECCION

Desde el primer día, en el que Javier Guillén, inicio su relación con Eugenio, mostró su flojedad como bebedor, pues en todas esas oportunidades, en las que se organizaban, las llamémosles canales, indefectiblemente, era el primero en caer y no se vaya a creer, que solamente cabeceaba, no, caía redondo y nadie podía hacerlo ponerse en pie, pues él, continuaba durmiendo, como si estuviera difunto, aunque se viniera el mundo abajo.

En cierta oportunidad, que don Carlos Cuba, invito a todas sus amistades a su casa, por tratarse del cumpleaños de su esposa, la señora Clarita, se volvieron a repetir las mismas escenas, a las que los tenía acostumbrados don Javier Guillén y fue así, que en cuanto empinaron, el codo más de la cuenta, cayo redondo,  sentado sobre la silla, en la que se encontraba y cuando lo llevaron, para que reposara en una cama, fue como si llevaran, a un  mondongo de carnero recién sacrificado.

En  esa  oportunidad,  no solo estaban presentes, además de Eugenio, don Cesar Cuba y los dueños de casa, sino también, algunos invitados de Huayaocito y Javier, el primo de Eugenio, como  los hermanos  Sergio y Walter Cuba.

En toda reunión de jóvenes, campean las bromas y palomilladas y en esa oportunidad, no podían faltar estas y fue así, que aprovechando la ocasión, de contar con un ebrio, totalmente insensible,    consiguieron   un   catafalco,   y   dentro   colocaron a Javier Guillén, debidamente amortajado.

Luego, organizaron todo un aparato mortuorio, incluyendo velas y flores, ubicando todo esto en la sala, en donde se debía de el baile cumpleañero y durante unos momentos, mientras  instalaban  el   aparato de música, con una batería prestada por don Augusto Cuba, estuvieron todos en silencio, tal como se acostumbra en un velatorio.

Muchas personas que iban llegando, así como las que casualmente pasaban por la puerta del lugar, con gran sorpresa, miraban el cadáver y por lo general decían:

  -¡Acaucito!; ¡Pobre joven!; ¿Qué le ha sucedido?; ¿Ya avisaron a su familia?

Las respuestas, estaban de acuerdo a las preguntas y a las personas que las hacían, a las que se les decía simplemente:

  -Mientras bebía,  le  dio  un paro cardiaco, quedado muerto  al  instante.

 O si no decían:

  -Mientras bebía, se atragantó y murió.


Una vez instalado el equipo musical, los invitados comenzaron a bailar alrededor del difunto y cuando el baile estaba en todo su apogeo, el difunto despertó y no comprendiendo en la primera impresión, que era lo que estaba sucediendo, se quedo un largo rato sentado,  mirando  como  alelado   a   su   alrededor, pero  de pronto reaccionó y arrojando lejos la caperuza, salió del  ataúd

por sus propios  medios y después de ser atendido por los dueños de casa, que lo despojaron de la túnica blanca, que le habían colocado sobre su vestido y darle a beber un reconfortante café muy cargado, lo llevaron de regreso a la sala, en donde el baile continuaba, ya con mayor espacio, pues diligentemente, los asistentes habían retirado el ataúd, así como los aparatos florales y otros utensilios acostumbrados en los velatorios, que habían colocado, con el objeto que la apariencia sea tan real, como la de un velorio verdadero.

El difunto, supuestamente vuelto a la vida, sentado en un rincón, a cada instante iba recuperando sus facultades y dándose poco a poco cuenta, de la chanza de la que había sido objeto y muy molesto, aprovechando la ocasión, en la que los invitados eufóricos, se  dedicaban  a  extraer  del momento que vivían,  la  alegría propia del caso,  percatándose  de  la  poca atención  que le prestaban, se deslizo fuera, yendo  hasta donde se encontraba su caballo.

Después de ensillarlo, intento montar, para marcharse a su casa, pero fue sorprendido en su intento, por los anfitriones y mediante las disculpas del caso, no solamente de parte de los dueños de casa, sino también, de parte de casi todos los invitados, que habían intervenido en la realización de la chanza, lo cual, reforzaron, con algunos vasos de cerveza, de los que estaba tan necesitado, el difunto vuelto a la vida, para saciar la falta de líquido, que su organismo le exigía, para la nivelación de los anticuerpos en demasía, que lo atormentaban.

El ofendido, cejó en su empeño y extrayendo el lado cómico del asunto, rió con los festejantes y hasta se permitió, felicitar a los coautores del hecho; pero eso sí, les advirtió, que en una próxima oportunidad,  se  cuidaría   de  prepararse   bien,   para   tener   un encuentro báquico y revertir la situación, siendo él, quien organizaría un velorio, teniendo como difunto, al o a los organizadores de su sepelio y a punto seguido, los deleito con algunas canciones, que sabía vocalizar tan bien, con su melodiosa y bien timbrada voz.

Al día siguiente; Eugenio sentado sobre una perezosa, en el patio de la casa hacienda, trataba de aprovechar el Sol de la tarde, teniendo junto a él, un balde de leche fresca, que bebía intermitentemente, para así, desintoxicar su cuerpo, tan maltratado la noche anterior y embebido como se encontraba, tratando de comprender La Nausea de J. P. Sartre, labor harto difícil por cierto, para  él, en las condiciones en las que se encontraba; cuando de pronto, de un salto se puso de pie, sorprendido por la intempestiva llegada, de seis jinetes, que a galope tendido, irrumpieron en el patio de la casa hacienda, ocasionando como es lógico pensar, un gran alboroto entre, los que  estaban  en  ese momento allí.

Esta cabalgata, estaba compuesta, por don  Rafael  a  la  cabeza, seguido muy de cerca, por la madre de Eugenio y a continuación, Adelita, Rafito y  Marianito, los tres hermanos menores   de    Eugenio    y    en último lugar, luchando por controlar a su cabalgadura, venía la hija, de uno de los hermanos menores de don Rafael, a la que el padre, había confiado a la madre de Eugenio, para que la lleve con ella hasta su hacienda, a pasar una temporada y así, goce de sus vacaciones de fin de año, pues se encontraba cursando secundaria.

Susana; era como se llamaba esta chiquilla alocada e inquieta, que   se  asomaba  a  la  vida,  en  su  adolescencia,  sintiéndose poderosa, como jamás lo hubiera sospechado, pues era bella y ya comenzaba a darse cuenta, de las miradas que los hombres le dedicaban y del halo que la rodeaba, cada vez que había un joven por delante.  

Una gran algarabía, pobló los silentes rincones olvidados de toda la casa hacienda Bambas, gracias a las risas y curiosidades de los cuatro chicos, que sirviéndose como guía de Adelita, la mayor de ellos, visitaban todos los lugar, por más ignotos que fueran y hasta los consejos y chacras de los alrededores.

Ni  la iglesia con su sacristía, se salvó de esa inspección general y luego, le llegó el turno a la casa de fuerza, con sus molinos y todos sus artificios, que servían para dar luz a la casa hacienda y moler los granos.

Ya era tarde, cuando se inició toda una disputa, para ver quién era el que se bañaría primero, en el gran perol, en donde se preparaba la chochoca, pero al fin, ganaron las mujeres, debido a la imposición que como mayor, haciendo valer sus  derechos,    Adelita, aduciendo, que antigüedad es clase, aunque esta prioridad,  solo  pudo  concretarse, después que don Rafael con la señora María, se bañaron primero.

Una vez concluida la sesión de baños, todos pasaron al comedor, en donde los esperaba una mesa muy bien servida, para llevar a cabo, lo que ya habían dado en llamar, “EL LONCHE COMIDA", que no era otra cosa, que una opípara cena temprana.

Ese tarde; con el último bocado de comida, todos, sin excepción, se recogieron temprano a sus respectivos aposentos; los viajeros, porque  obviamente se encontraban exhaustos, como resultado del   trajín   del   viaje  y  Eugenio,  como  es  lógico  suponer,  se suponer, se encontraba sumamente maltratado, por el uso y abuso, del que había hecho objeto a su cuerpo, puesto que habían sumado dos, los días de borrachera, uno en Chicches y el anterior en la casa hacienda, como ya se relató.

Muy temprano en la mañana, del día siguiente, la señora María, fue hasta la habitación de su hijo Eugenio, a quién sorprendió, aún en los brazos de Morfeo y entre caricias fraternales, hizo que este le fuera narrando, todo lo que le había sucedido con Sarita, recibiendo en cambio, el bálsamo de su consuelo, gracias a lo cual, se sintió mejor, considerándose, un  resucitado, después de la agonía de tanto sufrimiento y se propuso vivir, reunido al grupo de su familia, tratando de olvidar todos los sufrimientos pasados.

De pronto, mientras se sumergía  entre las caricias de su dulce madre, Eugenio quedo sorprendido, por el cambio brusco de su progenitora, que enderezando el busto, que tenía inclinado   ligeramente sobre él, mirándolo con severidad, le dijo:

  -¡Eugenio!; ya debes haberte dado cuenta, que Susy ha crecido y ya es casi una mujercita, acabadita de salir del cascarón y se encuentra bajo mi custodia y por lo tanto, me veo en la obligación de  resguardarla,  de  cualquier  peligro  que  pudiera acecharla y entre estos,  considero que puedes estar tú, razón de más para advertírtelo.

Una vez que la señora  María,  hizo  a  su  hijo esta advertencia, callo, pero a continuación, endureciendo aún más la mirada, con gesto decidido, continuó hablando  y  poniendo  un  énfasis muy especial en la inflexión de su voz, sin dejar de mirar al hijo, como si le quisiera examinar interiormente, dijo:

  -No vayas a poner los ojos en mi sobrina; es una advertencia muy seria que te hago; tienes que pensar que es mi sobrina, a la que su padre me ha confiado.

Eugenio declaró tiempo después, que al mirar a su madre, vio como le relampagueaban los ojos, sobre todo, en el momento en el que para concluir dijo:

  -Esto que te he dicho, puedes considerarlo como una orden, y necesito de ti, una promesa, que espero que me la hagas; ¿Me lo prometes Eugenio?

Eugenio, apenas si dejo escuchar un balbuceo, al contestar a su madre, diciendo:
 
  -¡Si mamá!; ¡Te lo prometo!                                                    

   -Y yo te creo hijo mío.

Al pronunciar estas últimas palabras, la señora María cambio totalmente de actitud y dulcificando a tal punto la inflexión de su voz, ya no parecía la misma persona, volviendo a ser la madre dulce y cariñosa de siempre.
Desde ese momento cambiaron de conversación, dirigiendo su atención verbal, hacia  la  descripción  de  los  pormenores  del viaje y a continuación, habiendo agotado el tema, la señora María se levanto  y  se  dispuso  ha  abandonar  la habitación del hijo, pero cuando se encontraba en el vano de la puerta, se dio vuelta para decirle:
 
-¡Haaa!; me olvidaba de decirte, que hemos planificado, ir esta  mañana, después del  desayuno,  hasta  los  corrales,  en  donde pensamos pasar el día; ya di las órdenes necesarias, para que Carmelita y los pongos, vayan adelantándose, llevando lo necesario para la cocina.

Cuando todos estuvieron levantados, los hermanos de Eugenio, se fueron congregando alrededor de su madre, sentada sobre una alfombra, para poder recibir plenamente, los primeros rayos del Sol de la mañana y de ese modo, se transformó en la diosa Shiva, aquella  de los múltiples brazos, con el fin de poder darse abasto y repartir las caricias, que sus hijos le reclamaban.

A continuación, todos, estuvieron sentados en la mesa del comedor, en donde dieron cuenta de los múltiples potajes, que había sobre ella, necesitando solamente, unos cuantos minutos, para dejar limpios los depósitos, que los contenían, mostrando de ese modo, el gran apetito que tenían, todos sin excepción.

Mientras tanto, los pongos y muchachos adicionales, que don Cesar, en su calidad de Administrador de la hacienda Bambas, había dispuesto, para que reforzaran, a la servidumbre habitual de la casa, se afanaban, en ensillar los caballos necesarios, para que toda  la  familia, se pudiera movilizara, hasta los  corrales  de  alfalfa  del Palle.

En esa zona cálida de la hacienda, se encontraban las vacas lecheras en esos días y luego,  dar el servicio necesario a los dueños y sus hijos, que entre gritos de alegría, tomaban posición de los caballos, que les correspondía, para hacer el viaje hasta los corrales del  temple.

El  viaje   hasta allá, se llevó a cabo, con  la  misma algarabía, de la que venían haciendo gala, los hermanos de Eugenio, en todo acto que realizaban, lo cual, daba un tinte  muy  especial al conjunto, pero las exclamaciones de asombro, fueron in crescendo, conforme se iban acercando a los corrales y  estas  llegaron  a  su  máxima   expresión,   en  cuanto  presenciaron,  el proceso de ordeña de las vacas lecheras y la elaboración de la mantequilla, que en ese entonces, se estaban elaborando en la hacienda Bambas.

En esa oportunidad, a pesar que Eugenio había estado presente, en muchas otras mañanas, observando, tanto el ordeño, como el paso de la leche por la descremadora, para extraerle la grasa, de la que se fabricaba la mantequilla, aprendió muchas otras cosas, a las que anteriormente, no les había prestado atención, tales, como el modo de extraer la leche del ubre de la vaca, que siendo un conjunto de movimientos de los dedos, los que deberían ser ejecutados, con precisión milimétrica.

Esto era sencillo, siempre y cuando, se lograra conservar el mismo ritmo, para presionar con los dedos arriba y luego, tal como si se estuviera tamborileando con los dedos, ir ejerciendo presión en forma ordenada, de arriba abajo, dedo por dedo.  

Además; llegó a la conclusión, que para que a la leche, que pasaba por los diferentes platillos de la máquina descremadora, se le fuera separando la grasa, era necesario, mantener la máquina a una velocidad adecuada y de ese modo, el elemento más pesado del líquido lácteo, se quedaba, resbalando por un conducto  especial.

Esa  era  la  crema,  de la que también se prepara, la crema chantillí, utilizada en dulcería, además de la mantequilla y mientras Eugenio, observaba los juegos de  sus  hermanos,  le fue propicia la ocasión, para recordar un poema, de un poeta europeo y que a la letra dice así:

El carnaval del mundo engaña tanto
Que la vida son breves mascaradas
Aquí aprendemos a reír con llanto
Y también a llorar a carcajadas

El recuerdo de estos versos, llego a la mente de Eugenio, debido a la situación en la que estaba inmerso, en cuanto a la promesa, que le había hecho a su madre, respecto  a  Susy,  puesto que debía mostrar cara de contentura, sin mostrar el infierno que se desarrollaba en su interior.

Pero nadie al parecer se percató, de la tremenda batalla, que Eugenio libraba interiormente, en la que al fin venció, gracias a su férrea voluntad, logrando imponer cordura, en su interior y fabricar una armadura, que desde ese momento en adelante, le sirvió, para controlar sus sentimientos y no volver a caer, como lo hiciera en anteriores oportunidades, avasallado por las exigencias de su Yo y así, alcanzó una relativa felicidad, en ese aspecto, al menos, por mantenerse dentro de los parámetros, de lo que los humanos podríamos llamar, no infelicidad.

 Ese día, Eugenio también descubrió, que poseía una gran fuerza interior, con la cual, podría variar los avatares del destino y condicionar su estado de ánimo, a las formas que la vida, le iba presentado, de modo tal, que no sufriera, lesiones graves en su ser interno y se sintió feliz y también superior, al resto de personas que lo rodeaban.

Haciendo un balance, de la situación en la que vivía, Eugenio llegó a la conclusión, que era feliz y no solamente feliz, sino sumamente feliz, ya que estaba junto a su amada madre y sus hermanos   menores,  los   que   en   muchas   oportunidades,  lo solicitaban como juez, para dirimir sus diferencias, lo cual, hacía que se sintiera bien, logrando de ese modo, elevar su ego hasta límites inconcebibles.

Algo más tarde, una numerosa cabalgata, se desplazaba por el camino real, que llevaba hasta de la casa hacienda de Bambas, ascendiendo por el, con el paso cansino que los caballos, imprimían   a   la   marcha,  como   si   cada  uno  de  ellos,  fuera contabilizando sus pasos y ahorrando energías, para poder salvar la empinada cuesta, que desde los corrales de Matara, tenían que subir, hasta poder llegar a la casa hacienda, en donde sabían los esperaba una buena brazada de alfalfa fresca.

Don Rafael, con su esposa y sus tres hijos, grupo al que también se sumaban, Eugenio y Susy; ya no reían, ni hacían bromas, el paseo había dado a su fin y desde ese momento, les quedaba por delante, un viaje de no menos de dos horas, para poder descansar apaciblemente, en sus  aposentos y sobre todo, satisfacer el hambre, que ya los atormentaba, sobre  todo, a la gente joven del grupo.

Los días iban pasando y el grupo, conformado por los hermanos menores de Eugenio, durante el día, organizaban  paseos, a diferentes lugares y poblados de los alrededores de la hacienda y en las noches, encerrados en el escritorio, calentados por la estufa a leña, ingenioso invento de don Rafael, jugaban Monopolio u otros juegos, adecuados para ello, mientras que Eugenio, después de las labores propias del campo, habiendo conformado un grupo aparte, con don Rafael, su madre y don Cesar, jugaban rocambor, en el mismo ambiente tan agradable, a consecuencia del agradable calor que la estufa ya mencionada generaba..

Con el correr de los días, la cercanía de Susy, dejo de afectar a Eugenio, de modo que su vida, se reinicio, en forma por demás normal, al extremo, que llegó a considerar a Susy, como otra de sus hermanas menores y hasta llegó a preocuparse por su bienestar y seguridad, pudiendo comprobar, que su inteligencia, había triunfado sobre el primer sentimiento negativo, de aquellos primeros momentos y recordando, que las palabras que su madre le había dicho, que Susy era ya casi una mujer, eran verdaderas, lo  había  hecho  trastabillar;  así  pues,  había  obtenido  un  gran triunfo y se sintió, más libre de si mismo.

Fueron épocas verdaderamente felices y al mismo tiempo sumamente difíciles, puesto que Eugenio se vio en ocasiones, sumamente apurado, teniendo que pasar por duras pruebas,   como   la   que  acabamos de narrar, debido a los impulsos de varón que en muchas ocasiones, parecía que lo iban a vencer y fue en esa ocasión en la que compuso unos verso, que a la letra dicen así:
 
               
Pasado el tiempo note que en mi crecía
Con energía inusitada un gran tirano
Llevándome por momentos de la mano
A cada instante más y más me exigía

Me di cuenta que de mí solo dependía
El poder doblegar este salvaje
Que sin miramientos iba al abordaje
Acrecentando sus pretensiones día a día


CAPITULO  III

ARIABAMBA

  -¡María, María!; ven a ver. El Negro Andrés viene bajando por el camino real.

Fueron los gritos de advertencia, con los que don Rafael, daba  el aviso, a la mamá de Eugenio, para que esta, pueda ver, como un hombre trigueño, gigantesco, bajaba por el camino real, en dirección a la casa hacienda, cabalgando sobre un jamelgo, muy pequeño para él, debido a lo cual, sus pies, iban prácticamente arrastrando por el suelo.

A los gritos de don Rafael, se congregaron en el patio, todos los habitantes de la casa hacienda, entre los que se contaban, no solo los hermanos de Eugenio, sino hasta él mismo.

El nombrado con el apelativo de Negro Andrés, paso por la portada, que daba acceso al gran patio de la casa hacienda, en donde lo esperaba, la familia en pleno, pero fue don Rafael y su esposa, los únicos que lo recibieron, con grandes muestras de afecto, ya que los otros, no lo recordaban y en el caso de Eugenio, era la primera vez que lo veía.

El Negro Andrés, era alto de estatura, pues debía de medir no menos de un metro y ochenta y cinco centímetros, de  complexión  atlética,  de  raza indefinida, ya que se podía notar, el amalgamamiento de hasta tres etnias en él, pero la dominante, era la negra, no solo determinada por el color oscuro de su piel, sino también por  otras  señales inequívocas, de las características, que determina esa raza.

Su cabello era ensortijado, pero de un ensortijado muy apretado y cuando se reía, lo hacía mostrando una nívea dentadura, como aquella que sale en los comerciales de pastas de dientes y una barba cerrada, casi azulina, daba una muestra patente, que este señor no se había rasurado, por lo menos tres o cuatro días seguidos, lo cual se justificaba, por el viaje que había tenido que hacer desde Lima, lugar en el que radicaba.

Estaba enfundado, dentro de un pantalón de dril azul y llevaba una camisa de lana a cuadros, negros con amarillo, encima de la cual llevaba una casaca de cuero color negro y la cabeza cubierta, con un sombrero de palma, de amplias alas, que llevaba cinta de cuero de color marrón, como de dos centímetros de ancho, que rodeaba la copa.

Calzaba unos botines tipo vaquero, de color negro, y sus manos, estaban cubiertas con mitones de lana azul, con dibujos geométricos de color rojo. En cuanto puso un pie en tierra, cayo en los brazos de don Rafael, que de ese modo, mostraba la alegría de verlo y luego, don Andrés, demostrando sentir un profundo respeto, por la madre de Eugenio, la saludo, sin dejar de sonreír, ni  un solo momento, lo cual fue motivo para que Eugenio, que lo calificara, como un hombre educado y de carácter jovial. Además; algo fisonomía, especialmente en su sonrisa, hizo que también lo considerara un hombre muy leal y sincero, en el cual se podía confiar, sin reparos de ninguna clase.

De pronto don Andrés, después de pasar revista a todos los presentes miró a Eugenio y fue entonces, que la señora María, al darse cuanta de ello, se adelantó, presentando a su hijo formalmente, el que estrechó con placer, la mano que este señor le tendió  y  a  pesar  de  la  diferencia  de  edad,  se  sintió dispuesto a ser su amigo, enterándose luego, que su nombre era Andrés y su apellido Gutiérrez.

Una vez que Eugenio se enteró, de todas las realizaciones que había llevado a cabo y de lo que vio luego ejecutar por  él,  fue suficiente razón, como para denominarlo como, “El Hombre de Grandes Recursos” y luego se dio cuenta, que no solo para él significaba esto, sino también, para todo aquel que lo conociera y que lo hubiera visto desempeñarse, tratando de resolver, cualquier problema, dentro del campo de la mecánica.

También  logro enterarse Eugenio, que gracias a los siete oficios que desempeñaba a la perfección, entre los que se podía contar, el de mecánico, en todas sus ramas, era muy recomendable utilizar sus servicios, por esos lugares tan alejados de la civilización, puesto que El negro Andrés, era tan inteligente, que usando los recursos naturales del lugar en el que se encontraba, le era suficiente, para llevar a cabo, cualquier proyecto.

Don Rafael con el Negro Andrés, pasaron al escritorio, en donde gracias a la conversación, que este personaje,  sostuvo  con  su padrastro, Eugenio  se  enteró,  que  se habían conocido en Trujillo, hacía por lo menos veinte años; luego, don Andrés había trabajado, bajo las órdenes del padre de don Rafael, cuando era propietario de la hacienda CHINCHOPATA; la cual, por alguna razón, fue vendida.

Don Rafael; una vez realizado ese negocio, se fue a vivir con la madre de Eugenio, a la hacienda Bambas, llevando consigo a don Andrés, que continuó trabajando para él durante varios años, construyendo en ese lapso de tiempo, una máquina seleccionadora de granos y un ventilador gigantesco, colaborando en la instalación de los molinos, que aún trabajaban en la casa de fuerza de la hacienda, así como en la instalación del complejo, que proporcionaba luz a la casa hacienda.

Contando con esto pergaminos, sumados a su buen comportamiento, durante los años que estuvo al servicio de la familia de don Rafael, así como de él mismo, era imposible que no pensara en don Andrés, cuando creyó necesitarlo, debido a lo cual, una vez que lo localizó, había enviado por él, para que juntos, viajaran a un lugar llamado Ariabamba, en donde tenían que llevar a cabo, algunos trabajos, relacionados con las habilidades que este hombre poseía, puesto que se le podía calificar, como el desfacedor de entuertos.

Don Rafael, necesitaba a don Andrés, para desarmar un torno, en el ya nombrado Ariabamba,  con  el  objeto  de  poderlo  transportar hasta  Lima,  en  donde  el  mismo   señor  Andrés, lo armaría nuevamente, para hacerlo trabajar, regentando él mismo ese negocio.

Para que mis lectores, puedan seguir con conocimiento pleno, las acciones que se llevaron a cabo a continuación, haremos en síntesis, la narración, de los acontecimientos acaecidos previamente, por los cuales, Ariabamba pasaría, a ser de propiedad de don Rafael y su familia.

Tenemos pues que remontarnos, a principio del siglo XX, fecha en la que por razones de política europea, el conde Mariano, padre de don Rafael, abandono su natal Polonia, viniendo a establecerse en el Perú, en donde contrajo matrimonio.

Además de conde, don Mariano, se había recibido de Ingeniero Geólogo, en una universidad europea y como tenía que ganarse la vida, comenzó a ejercer esa profesión en el Perú, para lo cual, se desplazó hasta el lugar más rico que a su parecer existía en este país, que era, la Provincia de Pataz.

Pronto demostró, sus notables habilidades en su profesión, en cuanto se refiere, a la localización de betas auríferas, ganándose  por esta razón, el mote de; El Gringo Olfateador de Oro, enriqueciendo más aún, a los capitalistas  locales  y  extranjeros, que se habían establecido, en esta nación sudamericana.

El últimos  descubrimientos, de una rica beta,  que llevo a cabo este señor, fue en el lugar llamado Ariabamba, pero como a su parecer, esta era la beta más rica  que había encontrado hasta esa fecha, no la puso en subasta, como las anteriores, inscribiéndola a su nombre y solicitando prestamos, los obtuvo, invirtiendo en los  trabajar la mina todo ese capital; pero por razones desconocidas en ese entonces, la beta desapareció, siendo esta, otra razón, para que se tejieran miles de conjeturas al respecto, entre las que llegaron a circular con más fuerza, aquella en la que se aseguraba, que la tierra ofendida, por tanto latrocinio, efectuado por el hombre, desde épocas inmemoriales, había transformado a esa beta en una serpiente dorada, la que afectada por la creciente ambición     de     los    hombres, arrastrándose a través de la tierra, fue a integrarse en la magma.

El ingeniero Mariano, padre de don Rafael, pidió ayuda económica, a los capitalistas para los que había trabajado, enriqueciéndolos más de lo que ya eran, pero estos, se negaron, ocasionando la bancarrota de la empresa Ariabamba.

Cuando don Mariano dejo este mundo, sus hijos, heredaron todas las propiedades, que su padre había dejado y entre estas, estaba la abandonada mina Ariabamba; pero ninguno de los herederos, era ingeniero como el padre y fue así, como uno de ellos, llamado Pablo, padre de Susy, se sintió atraído hacia esa actividad, pero como no contaba con los recursos económicos, como para reflotar la mina, solo se dedicó, a la explotación en pequeña escala y allí mismo fijó su residencia.

Cada cierto tiempo, los herederos del señor Mariano, se reunían, para dialogar, respecto entre otros asuntos, acerca de la herencia y fue así, que acordando dar libre disponibilidad, a lo que la abandonada mina contenía, como enseres y herramientas, a aquel de los herederos, que necesitara de ellos, pues eso era preferible y no esperar, a que todo se convierta en chatarra.

Debido a esta circunstancia, era que don Rafael, había llamado a don Andrés, que se encargaría, como ya hicimos ver, del desarmado de uno de los tornos, para llevarlo de ese modo, hasta la carretera, en donde sería subido a un camión, que lo transportaría hasta Lima.
Viendo don Rafael, el interés, con el que Eugenio observaba todos los preparativos relacionados al viaje, para ir a desarmar y transporte el torno, un día le preguntó, si es que desearía acompañarlos y como el joven aceptara la propuesta, los tres se dispusieron a realizar el viaje, ante la expectativa a lo desconocido de Eugenio, pues era la primera vez que salía fuera del distrito de Chilia, cuyos anexos, en su mayoría, eran desconocidos aún por él.

Ariabamba estaba ubicada, algo más allá de la Laguna de Pías y para llegar hasta allí, había que remontar, por la margen izquierda del río Sucio, dejando  al frente del pueblo de Pías. Debido a la mayor distancia, existente entre Ranapampa y Ariabamba y no existiendo otro lugar intermedio, en donde se pudiera pasar la noche, el viaje se planifico, para hacerlo en dos días; uno hasta Ranapampa y el segundo tramo, mucho más largo, de Ranapampa hasta Ariabamba y así fue efectivamente, como se llevo a cabo, pero el segundo día, los viajeros, solo pudieron llegar al destino final, cuando ya era totalmente de noche, a pesar de haber salido, a las cinco de la mañana de Ranapampa.

Los tres viajeros, montando sendos caballos y acompañados por un arriero, que conducía solo una acémila de carga, sobre la cual iba, un costal conteniendo harinas y otros comestibles, como para que les alcanzara para cinco días, los que pensaban invertir, en el trabajo del desarmado del torno mencionado, iban sorteando, las abundantes piedras del camino, gracias a la luz, que generosamente, les prodigaba la Luna llena, que relucía en el  cielo esa noche.

Ya el reloj de Eugenio marcaba, cerca de las ocho de la noche, pasaron por una tranquera de aguja, desde donde comenzaban, las tierras de Ariabamba, pero aún tuvieron que andar, por espacio de casi media hora, para ver una luz, que salía de un grupo de edificaciones de material noble, al que iban llegando; lo cual hizo suponer a Eugenio, que estaban llegando al final del viaje. Como si don Rafael, hubiera percibido los pensamientos de Eugenio, al pasar una curva, de la carretera abandonada, que otrora sirviera, para que los vehículos que llegaban de la Costa, transitaran por ella,  al ver la luz que viera su joven hijastro, dijo:

  -Ya casi llegamos;  estamos entrando en  Ariabamba.

Pero como si fuera un eco, de estas palabras, vertidas por don Rafael, se dejo escuchar, los rabiosos ladridos una jauría de perros, que salió a recibirlos, pero casi al instante, se escuchó, la voz imperativa de una joven mujer, que salió  del  interior de la vivienda, de donde salía una potente luz,  por la puerta recién abierta, que ordenó:

 -¡Fuera Volta!; ¡zape perros! ¡Fuera de aquí!

Pero los perros continuaban ladrando, sin prestar la menor atención, a las palabras de la joven, hasta que se dejo escuchar, una bronca voz de hombre, que ordenó en forma conminatoria:

  -¡Fuera perros!; quieren que los fría vivos.

En cuanto los perros escucharon esta orden del hombre, dejaron de ladrar y meneando el rabo, fueron a acostarse en diferentes rincones, de las cercanías de la casa.

El hombre que había salido, para ordenar a los perros, que dejaran de ladrar, llevaba en la mano, una lámpara Petromax, que iluminó todo el ámbito, pero el resplandor de esa luz, no permitía verle la cara; no obstante, al parecer, don Rafael logro reconocerlo, pues gritó:

  -¡Pablo!

El hombre de la lámpara Petromax, muy sorprendido al escuchar su nombre, pronunciado por el recién llegado, levantó aún más esta y respondiendo al llamado de don Rafael, gritando a su vez:

  -¡Rafael!

A continuación, el llamado Pablo, se acercó y se fundió en un cordial abrazo, con don Rafael, mientras decía:

  -Pasemos Rafo; creí que ya no venías hasta mañana; ¿Qué les sucedió; acaso tuvieron algún percance?

Y luego, mirando a los acompañantes de su hermano, prosiguió hablando para invitarlos diciendo:

  -Pero pasen ustedes también; pasen al interior de la casa: deben estar cansados del tremendo trote.

Ya en el interior de la casa, mientras los hermanos y don Andrés hablaban, Eugenio se entretuvo en examinar el interior de la vivienda, que estaba amoblada, con enseres fabricados rústicamente.

En cuanto a los que habitaban esa vivienda, Eugenio tuvo ocasión de examinarlos con mayor detenimiento y gracias a ello, pudo después decir, que la mujer que había salido a recibirlos, era bella, de facciones caucásicas y más parecía haber emigrado de Gringolandia, enterándose luego, que era hija de un polaco, que habiendo llegado al Perú, a trabajar con su paisano don Mariano, contrajo matrimonio con una peruanas, dejando como fruto de esta unión, dos hijos, uno de los cuales, era esta señora, que tenía un hermano menor, estudiando en Lima. Pablo, el hermano menor de don Rafael, era muy parecido a este, aunque algo más alto; lucia una barbita, pero al parecer, no la cultivaba, pues crecía muy dispareja e hirsuta.

Esa noche, cenaron una apetitosa sopa de chochoca, con carne de chancho y papas del lugar, muy frescas y sabrosas, amenizada con un ají de chincho, que según comentaron, era  muy  abundante  en  las cercanías. La cocinera, aquella bella joven caucásica, era la esposa de don Pablo, con quién estaba casada, desde hacía solo dos años, teniendo como fruto de esta unión, dos hijos hasta ese momento. Durante la cena, los esposos comentaron, que los víveres se les habían agotado, debido a lo cual, don Pablo viajaría hasta Ranapampa, al día siguiente, en donde se proveería, de todo lo necesario y de paso, aprovecharía el viaje, para vender algunos gramos de oro, que había logrado extraer de la mina.

Aún era muy de mañana, cuando Eugenio saltó de su cama, pues había dormido tan cómodo, que  su  cuerpo  se  encontraba totalmente recuperado, sintiéndose lleno de energía y vida y como nadie se levantaba aún, no deseando causar molestias, salió a reconocer el terreno, ya que durante su llegada, no había podido apreciar casi nada, debido a la noche y si era cierto, que una gran luna llena los alumbraba, con esa luz, todo se veías distorsionado.

Adjuntas a la casa, en donde Eugenio había pasado la noche, habían muchas otras, que a ojos de buen cubero, calculó, que no habían menos de cien; todas estaban edificadas de material noble, que considerando el tiempo, que llevaban de haber sido  levantadas,  serias  dificultades, habrían tenido que pasar, para transportar el material, que habían utilizado en su construcción y teniendo en cuenta, la casi total carencia de medios de transporte modernos, Eugenio consideró, esta, una obra de titanes.

El conjunto se podría calificar, como el inicio, de una pequeña ciudad,  de mejor calidad, de las que  existían  en ese entonces en  la Sierra, a excepción de las calaminas, las que se encontraban llenas de herrumbre y algunas desgajadas, semejando alas de pájaros de roc, que a consecuencia de haber sido abatidos, por algún  ser  gigantesco, mostraban su situación, batiendo las alas descompasadamente, al vaivén del viento, dando la impresión general por lo descrito, que era una ciudad fantasma.

Eugenio se imagino, el movimiento que  allí  habría,  durante  la época de apogeo de la mina, cuando se reencontraba en plena función, la Empresa Aurífera Ariabamba; con los empleados y obreros, presurosos por llegar temprano a ocupar sus puestos.

Cuando ya habían transcurrido cuatro días de la llegada de Eugenio a ese lugar, cuarenta peones, llegados de la hacienda, de la madre de Eugenio, se encargaron de llevar sobre sus hombros, hasta  el  borde  de  la carretera, el cuerpo del torno,  que  don  Andrés  Gutiérrez  había desarmado, mientras que cuatro mulas, hacían lo propio, con el resto de aditamentos.

Una vez, que el torno fue subido sobre un camión, en el cual, viajaría con el señor Gutiérrez hasta Lima, don Rafael y Eugenio, montaron en sus bestias de silla y  después de despedirse de Pablo y su esposa Adriana, fueron  acompañando a la comitiva, cargando lo que esa alegre gente califico, como EL MUERTO CEBOSO, hasta el borde de la carretera, en donde esperaba un camión.

Después de despedirse de don Andrés, se dirigieron hacia Ranapampa, en donde estaba la señora María, acompañada por  los hermanos de Eugenio y Susy, que según habían planificado con don Rafael, viajaron hasta allí, con el fin de esperar  a don Rafael.

Desde Ranapampa, don Rafael saldrían de viaje hacia Trujillo, en su camioneta y de allí a Lima, llevando a sus hijos y a su sobrina, pues la señora María, regresaría con Eugenio a Bambas, con intenciones, de quedarse unos meses.

“El hombre propone y Dios dispone”; y eso fue precisamente lo que sucedió en esa oportunidad, pues cuando don Rafael reviso su vehículo, encontró algunos desperfectos, teniendo que por este motivo, posponer el viaje por  unos   días,  hasta que un mecánico de la Empresa Minera, arreglara esos desperfectos y así, pudieran viajar con toda seguridad.
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CAPITULO  IV

TERTULIAS FAMILIARES

Aprovechando el tiempo, que tendrían que permanecer en Ranapampa, hasta que la amioneta quedara totalmente reparada, los hermanos de Eugenio, iban durante el día, a pasear por los alrededores y durante las noches, después de cenar, organizaban “Tertulias Familiares”, durante las cuales, se narraban historias y cuentos; pero de todos los participantes, la señora María, fue la que concitó mayor atención, por la calidad de sus narraciones, las que exponía en forma brillante, siendo dos, las que impactaron en el ánimo de Eugenio, así como en  el de todos los presentes, llegando a cautivarlos.

Debido a esto, es que he creído conveniente, incluirlas en esta historia y a continuación las presento, tal como la señora María las narró, comenzando la primera, de esta manera:   

“En la época, en la que transcurren los acontecimientos, que vamos a narrar, Retamas solo existía, como un lugar, que servía de pascana, para los muleros y viandantes, siendo en ese entonces, la capital de la Provincia de Pataz, Parcoy.

“En realidad; Parcoy era una ciudad de rudos mineros, que a diferencia de los sonoritos, el resto de la  población, no sabían leer  ni   escribir,  así   como  ignoraba   muchas  otras  cosas,  no obstante, poseían buenas costumbres de moralidad y sobre todo lealtad.

“En este pueblo, había una señorita muy hermosa, quizá la más bonita de toda la provincias, en cuya familia, se guardaban las mas estrictas normas de urbanidad y moralidad.

“Su nombre era Ruperta y los domingos   en   la   mañana,    se había constituido, en el principal espectáculo, para los jóvenes casaderos, que bebían los vientos por ella y se contentaban con verla, cuando ingresaba a la iglesia, así como cuando se retiraba, flanqueada por supuesto, por sus progenitores y su dama de compañía.

 “Cuando se establecieron las Empresas Mineras y comenzaron a explotar el oro, en forma más tecnificada, que como se había venido   haciendo   hasta   esa   fecha,   extrayendo  el  preciado mineral, en cantidades nunca antes vista, la fama de Parcoy creció a tal punto, que traspuso las fronteras de la rica Provincia y llego incluso hasta el extranjero.

Esta fue la razón, por la cual, pronto los humildes mineros del lugar, vieron caras  nuevas,  de  todos  los colores y matices, siendo así, que muchas razas desconocidas hasta ese entonces, se hicieron presentes, llegando gente por oleadas, chinos, negros, blancos y hasta gringos, con cuellos rojos, semejantes a los del pavo; pero como es lógico pensar, los aportes humanos más importantes, fueron de peruanos, especialmente costeños.

“El Sindicato Minero Parcoy S.A., contrató profesionales, de preferencia peruanos, por ser estos, los que tenían menores pretensiones económicas; pero de entre el grupo de estos profesionales, llamo poderosamente  la  atención,  por su  belleza y prestancia, un ingeniero de Minas, de nombre Roberto Gonzáles y Gonzáles, que desde el primer momento, en el que puso un  pie en Parcoy y vio a la niña Ruperta, se enamoro locamente de ella,  haciendo  cuestión  de  honor,  el llegar ha hacerla suya.

“Muy gentilmente, pidió permiso a los padres de la joven, para que consintieran visite a esta, en calidad de pretendiente y debido a sus antecedentes, por pertenecer a una de las mejores familias de Trujillo, su solicitud fue aceptada, volviéndose desde ese día, un asiduo tertuliano, en las reuniones, que se llevaban a cabo todas las tardes, en casa de la señorita Ruperta.

 “La relación, comenzó como una amistad, luego fueron enamorados, para llegar a ennoviarse y aunque no se tiene noticias, de las  verdaderas  intenciones  del  joven  ingeniero, se suponía que este, solo deseaba satisfacer sus bajos instintos y  debido  a su procede, llegó a ser una certeza para las mayoría de opinantes, que pronto utilizaría sus artimañas, para lograr su objetivo, nada moral.

“Según fuentes dignas de todo crédito, el joven  Gonzáles,  habría contratado los servicios, de un afamado actor limeño, él que haciéndose pasar por el padre del joven, se presentó  en  casa de los padres de la señorita Ruperta, haciendo un pedido formal, de la mano de la susodicha señorita, procediendo a fijando la fecha de la boda, para que esta  se celebrara, seis meses después.

“El joven Roberto Gonzáles, no solo pertenecía, a una familia de rancio abolengo, sino que poseía, todos los atributos de un adonis, arrancando suspiros, de todas las señoritas casaderas, de los lugares por donde pasaba. Pero esto sucedía  no solo en Parcoy, sino también,  en Trujillo, razón por la cual, la bella Ruperta, se sintió feliz, teniendo en ciernes su boda, con tan guapo mozo.

“Convencidos, de las buenas intenciones del joven, los padres se hacían lenguas de él y confiados, bajaron la guardia, actitud que fue imitada por la joven Ruperta, que en la primera oportunidad, en la que Roberto le pidió la prueba de amor, aceptó, queriendo demostrar de esta manera a su prometido, el gran deseo que tenía de agradarle.

“Las cosas, se complicaron mucho para el joven Roberto, cuando los padres de su prometida, le pidieron casi con lágrimas en los ojos, que adelantara la fecha de la boda, en vista que ya era un secreto a voces, la entrega, que la niña Ruperta le había hecho, en nombre del amor, pues la joven, mostraba un abultamiento de vientre, que crecía  día a día.

“El joven ingeniero, era ahijado, del Superintendente de la compañía aurífera, que explotaba las minas de Parcoy y al enterarse, del lió de faldas en el que este andaba metido, optó por cortarlo por lo sano, enviando a su ahijado, a ocupar una plaza en las minas de la Oroya, ordenándole viajar, entre gallo y media noche, de modo que cuando el ingeniero Roberto Gonzáles, dejo de ir a la casa de su prometida, no pudiendo  nadie,  dar razón de su paradero.

“La agraviada señorita novia, tal como es lógico suponer,  no   solo se  intrigó en extremo,  por  esta extraña  desaparición del novio, sino que arrasada en llanto, en la creencia, que había sido muerto por algún malvado sujeto, durante algún atraco callejero, que en los últimos tiempos, en ese entonces, se habían presentado por ese pueblo, con mayor incidencia de lo deseado, debido a lo cual, no era nada extraño durante los últimos tiempos, encontrar cadáveres, en las encrucijadas y calles solitarias del pueblo.

“No existe nada oculto, eternamente bajo el Sol y fue por esta razón, que las noticias que el joven ingeniero, se encontraba con muy buena salud, en las minas de La Oroya, llegaron a los  oídos de Ruperta, pero también se enteraron sus padres, que montando en cólera, no teniendo sobre quién más descargar estos malos humores, hicieron objeto de su ira, a su pobre y desventurada hija, a la que arrojaron de la casa paterna, como si de un perro sarnoso se tratara.

“La desdichada joven, fue acogida, por una antigua criada de sus padres, que la llevó a su casa y le prodigó los cuidados necesarios, de acuerdo al estado en el que se encontraba, pero la pena y la desesperación, ya habían tomado cuerpo en su ánimo y al final, fueron los factores decisivos, para que el hijo que crecía en el vientre de la joven, naciera muerto y unos días después, lo siguiera la desventurada joven, dejando en el sentimiento de su antigua criada, un hondo pesar.

“Cuando el señor  Fernandini se  enteró,  que  el  objeto  de  los devaneos del ahijado, había desaparecido, envió por él, que retomó su puesto, en la Compañía Aurífera Parcoy S.A. y todo recomenzó nuevamente, como al principio, pero los ánimos de los padres y familiares de Ruperta, estaban en efervescencia, contra del ofensor del honor familiar, razón suficiente, como para que desde que llegara el ingeniero Roberto a Parcoy, no fuera a ningún lugar solo y hasta cuando dormía, lo  hacían, con no menos de dos amigos. 

 “Los cancerberos, que el señor Fernandini puso a disposición de su ahijado, tenían orden de no dejarlo un solo momento solo, debido a lo cual, desde la primera noche, que desempeñaban su oficio, fueron junto con él hasta su dormitorio, que había estaba convertido en garzonee, donde se guardaban muchos secretos, de las jóvenes conquistadas.

“Cierta tarde, en la que Roberto, hastiado de la monotonía en la que vivía y debido a que los dos amigos que por lo general lo acompañaban, se habían quedado libando licor, se recogió solo  y algo temprano a su habitación, pero al trasponer la puesta de su cuarto, tuvo la sensación, que un ser invisible, lo había precedido y como esa sensación persistiera, en cuanto tuvo a mano unos fósforos y un lamparín, dio luz y por más que busco, no encontró nada, no obstante, la sensación que una presencia desconocida y misteriosa, lo acompañaba, por lo que prosiguió adelante en su búsqueda, pero en vista

de lo infructuoso de su gestión, desecho esta idea y fue hasta su cama y como se encontraba verdaderamente cansado, se desvistió de prisa y pronto estuvo entre sábanas, quedando casi, desde que puso la cabeza sobre la almohada, profundamente dormido.     

 “El joven Roberto, debido a que nunca antes, había sido objeto de adoración, como la que la difunta Ruperta, le había prodigado en vida, se había sentido  conmocionado, al enterarse de su fallecimiento y fue mayor el impacto que sufrió, al visitar su tumba, pero el tiempo se encargó, de borrar ese rescoldo de arrepentimiento, hasta que llegó el día, en el que hasta el nombre de la joven, se borro totalmente  de  su  memoria  y  una  serie  interminable  de jovencitas y otras no tanto, fueron desfilando por su aposento, convertido en garzonier, como ya hicimos notar.

“Según narro luego el joven Roberto, no recordaba que era lo que había soñado, pero si recordaba claramente, el momento en el que se   despertó,   con  la sensación muy patente, que   alguien se encontraba a su lado y hasta podría jurar, que escuchó una respiración; pero lo que le helo la sangre fue, que percibió una mano helada, que lo tenía cogido fuertemente y era tan helada, que pronto su cuerpo comenzó a perder calor, mientras  el  frió,  avanzaba, a través de sus miembros.

“Era  ya   cerca   del   amanecer, cuando escucho el crujir de la puerta, al ser empujada por sus amigos, que en avanzado estado etílico, no dejaban de reír, mientras atropelladamente, intentaban llegar hasta sus lechos. Ese fue el preciso momento, en el  que  la  mano  helada  que  lo .tenía cogido, aflojo la presión y por último, lo soltó, pero la sensación de frialdad, no cesó durante todo el día, en el que por más que hizo, no pudo restablecer la circulación en ella.

“Para no ser objeto de mofas, por parte de sus amigos, el joven Roberto, no revelo nada de lo que le había sucedido esa noche y conforme fueron pasando las horas del día, se fue convenciendo, que todo no había sido, sino una  falsa  impresión,  debida  a  la mala circulación, por haber estado bebiendo licor de continuo y así, llego la oscuridad de la tarde siguiente y luego la noche, sin que recordara, todo lo que le había sucedido la noche anterior.                   

“Por coincidencia, esa noche, también tuvo que irse a dormir solo, adelantándose a sus amigos, que se entretuvieron en una tertulia, que a él, le pareció demasiado sosa y cosa curiosa, tal como lo que le ocurriera la noche anterior, tuvo la sensación, que una presencia invisible, se encontraba junto a él.

“Al   recordar   esta   experiencia  pasada,  todos  los  bellos  del cuerpo se le erectaban, dándole la sensación, de tener carne de gallina  y un pánico cerval, se apoderaba de él y cuando se refirió al instante en el que ingresaba a su dormitorio, dijo que en alguna oportunidad, intentó dar marcha atrás y regresar al salón, en donde se llevaba a cabo la tertulia, que le había parecido tan aburrida, pero la puerta se cerro tras de él y por un instante, todo su cuerpo se negó a obedecerle.

“El joven Roberto, aseguró, que no puedo precisar, cuanto tiempo estuvo, del lado de adentro de la puerta de su cuarto, pero a pesar del terror, que lo sujetaba por la garganta, supo sobreponerse y desechando todo lo que había percibido, se dijo:
 
  -¡Son bobadas!; nada más que bobadas.

“Dándose ánimo, consiguió desvestirse y meterse entre sábanas, pero no bien intentó conciliar el sueño, nuevamente, aquella mano helada, le sujetó la suya y otra vez, como si fuera una repetición fidedigna, de lo que le había sucedido la noche anterior, se fue repitiendo paso por paso, todo ese capítulo de terror,  hasta  que  su  mano,  llegó  a  ser  insensible  y  dejo  de sentirla, pero luego, como si el ser fantasmal, que lo asía de esa manera y como respuesta a la pregunta que no dejaba de atormentarlo, para saber, que era lo que ocurría y sobre todo, porque era el, al que le ocurría todo esto, llego la respuesta,  cuando escucho nítidamente, una voz indefinible, que le dijo al oído:

   -¡Soy Ruperta!

“Fue tal la conmoción, que el joven recibiera, al escuchar ese nombre, que se congeló materialmente, pero como no era un cobarde, haciendo de tripas corazón, se quedó  muy  quistecito  y
así, estuvo hasta que nuevamente, escucho el crujir de la puerta y tal como la noche anterior, sus amigos la empujaron y alborotadamente fueron a meterse dentro de sus camas, sin siquiera intentar despojarse de sus vestimentas.

“Como si la llegada de sus amigos, hubiera sido un señal pre convenida,   la  mano  helada,  que  lo  tenía  sujeto,  dejo  de presionarlo y  desapareció,  dejándole  esa  tan  desagradable sensación, de falta de circulación, como la que había tenido la noche anterior.

“Fueron pasando los días y a continuación las noches y durante estas, indefectiblemente, a Roberto le era imposible conciliar el sueño, pues todas las veces que se cubría bajo las sábanas, una mano helada, tomaba la suya y  a continuación, escuchaba una voz, que muy quedo, como si una boca pegada a su oído le murmurara, decía:

 -¡Soy Ruperta!

“La muestra física, de tan prolongada vigilia, fue trasluciéndose, tanto  en la cara, como en  el  cuerpo  del  Joven González, que día a día, desmejoraba a ojos vista, llamando  la  atención  por  este
motivo, de todos los que lo conocían y muy en especial, de su padrino, que un día lo cito a su oficina y presionándolo,  logró enterarse, de todo lo que le sucedía durante las noches.

“El señor Fernandini, no podía creer, lo que su ahijado le acababa de contar, dando por descontado, que los familiares de Ruperta, habían logrado sobornar, a alguno de los sirvientes del casino,  en  donde  tomaba   sus  alimentos Roberto,  para  que  le suministre alguna droga o veneno alucinógeno, mediante el cual, iría muriendo poco a poco, dando la apariencia, de una enfermedad y de ese modo, salvar responsabilidades.

“No obstante, puso a disposición de Roberto, cuatro hombres, que se encargarían de su custodia y no dejarían que ingiera nada, antes de someterlo a una prueba, para  de  ese  modo, asegurarse que no coma ni beba  nada  dañino  y  luego,  ordeno  se  le practicara un examen médico, el que una vez que fue  llevado a cabo, dio resultado negativo o sea, que no tenía, ningún elemento extraño en la sangre, quedando descartada así, la posibilidad de un envenenamiento.

“Esa noche, el joven Roberto, fue a su dormitorio, en compañía de sus guardaespaldas, que al ingresar con él, percibieron también, aquella extraña presencia, que se coló en el dormitorio precediéndolos y luego, escucharon al joven, cuando les hizo saber,  que estaba recibiendo el acostumbrado tratamiento, de la presión helada, de una mano invisible.

“Uno de los guardaespaldas, encendió una lamparita de kerosene, que allí había y el joven Roberto, les hizo saber, que la  presión helada en su mano, había cesado;  pero  en  cuanto  el lamparín fue apagado, nuevamente el joven ingeniero, volvió a percibir aquella helada  presión, de una fría mano invisible y dando aviso a sus compañeros de cuarto, estos de inmediato, volvieron a encender el lamparín, obteniendo el mismo resultado anterior.

“Más cuando había  transcurrido,  algo  más  de   una  hora  y  apagaron  nuevamente  el  lamparín,  el  joven volvió a dar aviso, que la presión, de esa helada mano fantasmal, había regresado; fueron avanzando las horas, durante las cuales, cada vez que se apagaba  la  luz  del  lamparín,  la presión  helada  en la mano del joven volvía, para  desaparecer,  cada vez que la luz volvía, de modo que optaron, por mantener encendido el lamparín, hasta el amanecer; pero, cuando aún faltaban algunas horas, para que amanezca, la luz del lamparín no fue suficiente, como para que dejara de manifestarse, aquella presión helada en la mano del joven y tal como en las noches anteriores, este tuvo que soportar  esa  manifestación  paranormal,  acompañada  con aquella voz fantasmal, que solo él escuchaba, identificando a su amada fallecida.

“Por la mañana, el joven Roberto no se presento a la oficina en donde trabajaba, dedicándose durante todo el día, a pasear por las solitarias calles parcoyanas, llegando de este modo, hasta la parroquia del lugar, en donde ingreso, con intenciones de buscar consuelo en la oración.
“Generalmente, cuando los humanos encontramos, dificultades insalvables, nos acordamos que Dios existe y es entonces, cuando lo buscamos. En esa oportunidad, de la vida del joven Roberto, había surgido, algo inexplicable aparentemente, no encontrando por esta razón, otra solución, que buscar a Dios y así lo hizo.

“Se encontraba el joven orando, con el mayor fervor, que un ser afligido puede mostrar, cuando acertó a pasar cerca, el párroco de esa diócesis, quedando muy   impresionado, por  los suspiros y muestras de aflicción del joven y sin poder contenerse, se aproximó a este y le dijo:

   -¡Joven!; no hay mejor consuelo para las penas, que haciéndole de ellas partícipe a Dios y para eso estoy yo aquí, pues soy el intermediario de Nuestro Señor y por medio de la confesión, puedes comunicarte con él.

“El joven Roberto deposito sus aflicciones, en el confesionario y de ese modo, el sacerdote se entero de su dolor y pesar, escuchando en silencio, hasta enterarse, de todo lo ocurrido entre ambos jóvenes, cuando la señorita Ruperta, aún vivía. Después de reflexionar por largo rato, el sacerdote, mirando al joven Gonzáles, le habló de la siguiente manera:

 -El alma en pena de Ruperta, no puede descansar en paz, mientras usted jovencito, no cumpla con su ofrecimiento y contraiga matrimonio con ella, así que no veo otra solución, que la de celebrar esa boda.
“Roberto, miró al sacerdote, como si fuera un demente, no pudiendo    concebir,    que   una persona instruida como él, pensara en realidad, que una boda, se pudiera llevar a cabo, entre un ser vivo y una difunta; entonces el sacerdote, adivinando el pensamiento del joven, prosiguió hablando de la siguiente manera:

  -No vaya usted a pensar joven, que lo que le estoy proponiendo es una locura; no, solo es el resultado, de una profunda reflexión y no creo que exista otra solución, pues si la difunta lo busca a usted y solamente a usted, siendo como le es, deudor de una promesa incumplida, es lógico, que su propósito sea, hacer que usted cumpla esa promesa y se case con ella; no veo pues otra solución al problema.

 “Esta y otras explicaciones, todas relacionadas al mismo asunto, dio el párroco a Roberto, que al fin, se convenció y de ese modo, acordó  con  el  sacerdote,  que esa noche se  llevaría  a  cabo, la celebración del tan peculiar matrimonio, entre el alma bendita, de la que en vida fuera, la señorita Ruperta y el Joven Roberto Gonzáles, él que en compañía de sus inseparables  guardaespaldas y del  señor Fernandini, él que, como digno representante de los padres del joven contrayente, apadrinaría esta boda; así pues, se dispusieron a participar, de tan insólita ceremonia, que oficiaría el padre de Parcoy, convencido, que era la única forma al alcance de sus manos, para poder contentar al alma en pena y de ese modo, salvar la vida del joven Gonzáles, del que nadie ponía en dudar, estaba en serio peligro de perderla, en caso que se llegara a prolongar, la situación por la que estaba pasando.
“Los personajes, que iban a participar directamente en la ceremonia, eran; Roberto González y González, como contrayente; padrino, el señor Fernandini y como testigos, dos de los guardaespaldas del joven ingeniero, los que en grupo,  penetraron en la habitación, esperando que se hiciera presente, el alma en pena.

“Pero fuera de la habitación, colmando las veredas y hasta la calle aledañas, se habían dado cita, casi todos los habitantes del pueblo minero, pues, aunque no se sabía, como era que la noticia, había traspasado los muros de la curia,   expandiéndose, como reguero de pólvora y llegando, hasta los rincones más apartados del pueblo.

“Pero todo tenía explicación, puesto que en esos lugares y en esa época, no existía nada digno de espectar, la boda entre el joven ingeniero y el alma en pena, de la que en vida fuera, la señorita Ruperta, era todo un acontecimiento, que nadie hubiera querido perderse, ya que no se podría ver muy a menudo, un acontecimiento de esa naturaleza. 


“Roberto González, como si fuera a dormir, se tendió en su      cama, mientras que el sacerdote, sentado en un sillón, que para  el caso se había llevado hasta allí, aguardaba el momento, en el que contando con la presencia del espíritu en pena, podría iniciar la ceremonia, mientras que los testigos y el padrino, sentados en sendas sillas, también aguardaban.

“Con las luces apagadas, el tiempo de espera se dilató y cuando ya había transcurrido, más de dos horas, sin que el espíritu de Ruperta, diera alguna señal de su presencia y cuando ya la gente, que esperaba afuera, daba síntomas de impaciencia, como si hubieran tenido que pagar una entrada, protestando, por la demora; de pronto, se escucho la voz del joven Roberto, que con un soplo de voz apenas audible, dijo:

  -¡Ya está aquí!

 “A pesar que estas palabras, no habían sido pronunciadas, con un volumen de voz muy alto, fueron suficientes, ya que uno de los curiosos, que se había colocado, cerca de la puerta de entrada, dio aviso, a la gente de fuera, que el espíritu en pena se había hecho presente, lo cual fue suficiente, como para elevar el estado de expectación, hasta límites increíbles y todos callaron, no pudiendo escuchar, desde ese momento, sino las respiraciones entrecortadas, de la totalidad de los asistentes y el galopar alocado del los corazón, de algunos con menos temple, entre los que como es lógico, se contaban, debido a su situación,  los ocupantes de la habitación del joven Roberto. Casi como un susurro, los ocupantes de la habitación, escucharon con nitidez una voz que dijo:

   -¡Soy Ruperta!
  
“Fue entonces, cuando el párroco que se encontraba, a solo un metro de la cama, en donde yacía el joven Roberto, inclinándose hacia él, le dijo:

 -¡Pregúntale hijo!; ¡¿que es lo que desea de ti?!

“El joven Roberto, que aún no se convencía que lo que sucedía era real, sacando fuerzas de flaqueza, más que todo, por encontrarse acompañado, se atrevió entonces a preguntar:

  -¿Qué deseas de mi Ruperta?; ¡¿Por qué me martirizas de esa forma; acaso no tienes un lugar en otro mundo?!

“Todos contuvieron la respiración, esperando la respuesta y a pesar que solo los que estaban adentro, pudieron escuchar la pregunta, formulada  por  el  joven  ingeniero,  hasta  los  que  se encontraban en los lugares más alejados, allá en la calle, pudieron enterarse del contenido del dialogo, sostenido entre el joven Roberto y la difunta, merced a que como ya hicimos notar, muy cerca de la puerta, estaba apostado un señor del pueblo, que iba pasando, palabra por palabra, todo lo que escuchaba y aún lo que suponía se decía dentro de la habitación, a los que estaban en la calle, los que hacían lo propio, pasando en cadena, todo cuanto escuchaban, a sus vecinos y fue así,
como todos los asistentes, hasta el que se encontraba en el punto más alejado de esa multitud, pudo enterarse, que el espíritu de Ruperta, al ser preguntada por el joven Roberto, que era lo que deseaba, había contestado diciendo:

  -“Matrimonio

“El párroco, que se encontraba atento, no necesito de más, para levantarse, e iniciar la ceremonia, como si de dos personas vivas se tratara y cuando llegó a  aquella  parte en  la  que  hace esa pregunta tan conocida, del si o del no, que se formula en  esta ceremonia, Roberto contestó diciendo simplemente: 

    -¡Si!

“Más cuando el párroco, hizo la misma pregunta, a la supuesta Ruperta, presente espiritualmente, solo se dejo escuchar un hondo suspiro, a continuación del cual, el sacerdote dijo:

  -“Descansa en paz Ruperta”.

 Con estas palabras, la señora María dio por terminado el relato, pero en la garganta de todos los presentes, se agolpaban innumerables    preguntas,  acerca  de  los   personajes   de  esta historia, pero antes, que una sola de ellas se pudiera formular, la señora María, comenzó a recitar un poema que decía así:
  -“¡Chinita piasina, papita sin sal!; ¿Por qué te metiste, con tan fiero animal?”

Les causo tanta gracia, a los hijos presentes de la señora María, que todos se echamos a reír a mandíbula batiente y hasta ella, se unió al festejo y cuando ya calmados de los espasmos de la risa, causado por la hilaridad del momento, Eugenio pregunto a su madre:

  -¡Mamá!; ¿que es lo que significa el verso que declamaste?  

Entonces;  la  señora  María miro al hijo que le preguntara e   inicio  otra  narración, que comenzó de este modo:

 “Cuando estuve estudiando en un colegio de Trujillo, durante las vacaciones  de   fin   de   año,   vine   a pasarla aquí; mis padres tenían una casa, la más grande del pueblo,  ubicada  en  la  plaza de armas, en donde tenían un negocio de mercadería; pero como las obligaciones, que mi padre tenía en la hacienda, le exigían una permanencia continua, traspaso el negocio, incluyendo la gran casona, a un señor amigo suyo, pero en el contrato de arrendamiento de la casa, constaba, que un ala de esta, en la  que había un departamento completo, quedaba a disposición de la familia del propietario, para que  pudiera disponer de ella, en el momento que lo creyera conveniente.

“Como es lógico suponer, en cuanto estuve en Parcoy, me instalé con mi dama de compañía, en ese departamento,  aprovechando, que mi padre se encontraba en esos días allí.

“El señor Salvador Urrutia, que no era otro, que la persona que había adquirido el negocio de mi padre, alquilando también la casona, era muy dedicado a su trabajo, dedicación, que le había servido, para hacer prosperar,  en forma por demás floreciente, su negocio; razón por la cual, fue ascendiendo en la escala social, hasta llegar a codearse con la flor y nata de la sociedad parcoyana y patacina.

“Más como todo en esta vida no son flores y alegrías, la vida privada de este señor, estaba llena de sombras y  soledad,  pues  su  gran  habilidad para el negocio, no le había valido, para conseguir una digna compañera y su vida, transcurría por esta razón, sobre todo cuando cerraba su comercio y daba por finalizada la jornada, dentro de una soledad aterradora, moviéndose como una sombra, durante las tardes y feriados, por las diferentes dependencias  de la casona.   

“Además de su falta de habilidad, para buscar mujer, a esta se aunaba, su aspecto exterior, que no llegando a ser repugnante, dejaba mucho que desear, pues habiendo adquirido la viruela de pequeño, esta enfermedad, le había dejado marcas indelebles en el rostro, de modo que, llevaba muy bien ganado, el apodo de fiero o borrado, como suelen llamar a los de estas  características faciales, por esos rumbos.

“Para completar el cuadro de factores negativos, de este señor, sus condiciones de vida en soledad, le habían agriado el carácter, hasta el extremo, que solo era soportado por los que lo rodeaban, debido a sus posesiones temporales, pues a pesar de todo, lo necesitaban.

“El señor Urrutia, había contratado, para los servicios necesarios en la casa, a una buena mujer, que en cuanto a belleza física, no le iba a la zaga, pues tal como el patrón, también había sido señalada por la viruela, debido a lo cual, muchos vecinos dieron en celebrar la coincidencia, con el dicho aquel  que  reza: “Dios los crea y ellos se juntan”, agregando muchas veces otro que reza: “Tal para cual”.

“Leopoldina, que era el nombre de la sirvienta del señor Urrutia, tenía una hija pequeña, que posiblemente se la habían endilgado, durante una noche muy oscura, según aseguraban los vecinos, pues no se conocía el nombre del procreador y otros decían, que posiblemente, era producto del viento, ya que era difícil hallar algún hombre, con el estómago a prueba de malos potajes, capaz de un hecho como aquel.

“No obstante, haber sido procreada por el viento, esa criatura, posiblemente, sería  producto  de  un  bello  viento,   puesto   que poseía, los atributos  de belleza necesarios, como para transformarse, en una mujer, de belleza muy pocas veces vista; aunque habían algunas mujeres, de cierta edad, que aseguraban, que la niña había salido a la madre, pues esta, durante su tierna infancia, antes de ser afectada por la viruela, fue una linda chiquilla, digna de ocupar el altar, junto con los ángeles.

“Selma, era el nombre de la hija de la señora Leopoldina, la que conforme crecía, ganaba tanto en altura, como en belleza, llegando a serlo de tal magnitud, que cuando pasaba por las calles, los que se cruzaban con ella, se quedaban parados, embobados, al contemplar tan sin igual belleza, haciendo correr los comentarios al respecto.

“No pudo el señor Urrutia, dejar de percibir la calidad de la flor, que tenía viviendo bajo el mismo techo con él y cuando Selma, apenas había cumplido los catorce años, se la pidió en matrimonio a Leopoldina, que sin pensarlo más, acepto de inmediato.

“La novedad, corrió en alas del viento y muy pronto, fue comidilla de grandes y chicos, llegando hasta los  confines de la Provincia, de modo que el día señalado para la boda, casi todo el pueblo y sus familiares de pueblos vecinos, estuvieron desde muy temprano, listos para asistir al gran acontecimiento, que prometía ser apoteósico, teniendo en cuenta, la opulencia, en la que se desenvolvía el novio.

“Para la pobre sirvienta del señor Urrutia, la petición de la mano de su hija Selma, que le hiciera el patrón, fue como  un  don  del cielo, que le permitiría, obtener todo lo que la vida le había negado hasta ese  momento  y  casi  cae  de  rodillas,  delante  del patrón, cuando le hizo la propuesta, pero supo contenerse a tiempo y mostrarse casi indiferente, llegando incluso ha hacer ciertas exigencia, como era la de dar la oportunidad a su hija, de estudiar, a costas claro está, del señor Urrutia.

“El señor Urrutia, que ya había pasado    la    barrera     de     los cincuenta años, los que comparados con los lozanos catorce de Selma, dejaba una diferencia considerable, pero esto, tenía sin cuidado a la madre, que aleccionó a la hija, para que se portara, a la altura de una reina con un vasallo, lo cual, agradaba al parecer al señor Urrutia, que cegado por la pasión senil, solo esperaba con impaciencia, el día de la boda.

“No hay plazo que no se cumpla y fue así, que llego la fecha de la boda, que en realidad fue de tal magnitud, en cuanto a boato y abundancia, que pasado mucho tiempo, aún era recordada esa fecha, como aquella en la que los invitados, se atiborraron de comida y bebida, incluso, hubieron muchos de estos, que llevaron a su casa, bolsas repletas de las viandas y potajes sobrantes, sin que nadie se lo impidiera, dilatando de ese modo la celebración, en forma particular  en   algunos  casos,  hasta  por  una  semana  más,  de acuerdo a la cantidad de alimentos y bebidas, que lograron llevar hasta sus domicilios, los asistentes a esa magna boda.

“La señora Leopoldina, en alguna oportunidad, había vivido como sirvienta, de una casa de ricos en la Costa, pero jamás se le había ocurrido, aprender a leer y escribir, utilizando piedritas o maíces, para sacar sus cuentas y  como  a  su  parecer,  no  era necesario leer y escribir, a una mujer en su tiempo, a la hija, también, la había dejado burrita.

“Esta situación, había colaborado, para  colocar  a  los  flamantes esposos, en los extremos totalmente opuestos, en una escala de comparaciones, pues no solo la edad y los atributos físicos los diferenciaban, sino también la educación, lo que al parecer, no había variado un ápice, la voluntad del señor Urrutia, en su propósito de contraer matrimonio.

“Muchos comentarios se tejieron, a consecuencia de estas desigualdades y como algunas de ellas era imposible subsanar, don Salvador Urrutia, se aboco a reparar las que era susceptibles de hacerlo y fue así, que contrató a un señor de edad, que había ejercido la docencia durante su juventud, para que enseñara a leer y escribir,  a su bella y joven esposa.

 “La niña Selma, hacía notables adelantos en sus lecciones, pero la maledicencia de la gente, se cogió de  esa  oportunidad,  para satirizar a la opulenta familia y fue así, que comenzaron a circular, no solo comentarios, sino hasta versos y canciones.

“Un grupo de señoras, cuyas familias habían caído en desgracia económica, viendo en la persona de doña Leopoldina, una tabla de salvación, para solucionar los apuros económicos, por los que pasaban, aparentando favorecerla con su amistad, todas las tardes iban a tomar el té en su casa, organizando de ese modo, una tertulia.

“Una de estas tarde, mientras doña Leopoldina escuchaba atentamente, la conversación de las señoras, intentando aprender algo de ellas, paso por la calle, un grupo de muchachos, entonando canciones de moda y entre estas, por la ventana de la sala, en la que se encontraban el grupo de señoras, se dejo escuchar con toda nitidez, una copla, que a la letra decía más o menos así:

“Una burra linda compro el patrón,
Pero es tan burra, ayayay, ayayay perdón”

“Todas las señoras miraban a doña Leopoldina, para ver como encajaba, el flagrante insulto en su ánimo, pero se dieron con un palmo de narices, cuando esta, muy puesta en razón, a modo de disculpa dijo:

  -La envideyan a mi niña, porque aprende su lesión

“Conteniendo a duras penas la risa, las señoras, buscaron la primera ocasión, para iniciar el desbande, alejándose de este modo, para luego, reunidas una cuadra más allá, reírse a sus anchas y rajar de lo lindo de su benefactora”.

CAPITULO  V

HUESPEDES

Eugenio  vio;   cuando su madre y      hermanos,     a   bordo     en  la  camioneta de don Rafael, partían con destino a Trujillo, de donde continuarían viaje  a  Lima, pues a última hora, habían acordado, que la señora María los acompañara, debido a lo cual el joven Eugenio,  pensó  en  la  soledad,  que  lo  esperaba  a  su   regreso  a  la  hacienda  Bambas,  pero seguidamente, se conformó, pues eso era lo que él había escogido, cuando decidió viajar hasta esas tierras tan lejanas y a continuación, fue hasta el hotel de la señora Dorila, en donde había pasado algunos felices días, en compañía de su madre y hermanos y allí, encontró la mula chola ensillada y el arriero, que su madre había dejado, para que lleve hasta Bambas,  algunas compras hechas allí por ella.

El regreso hasta Bambas, fue sin novedad, no sucediendo durante el viaje, nada digno de ser mencionado; no obstante, en contra de las suposiciones de Eugenio, referente a la soledad en la que pensaba  vivir, en la inmensa casa hacienda, no sería muy dilatada, pues cinco meses después, recibió un telegrama de su madre, avisándole, que a la semana siguiente, estaría en Retamas, para de allí, proseguir viaje hasta Bambas, donde pensaba pasar una temporada, lejos del bullicio y los trajín propios de la ciudad, por prescripción médica.

Los caballos de silla y carga, que Eugenio debía de enviar hasta Retamas, para que su madre viajara, creyó  conveniente  llevarlos él mismo y fue por esta razón, que dispuso lo necesario, para salir, acompañado por un arriero hasta Retamas y  conducir a su madre a Bambas.
Cuando los primeros rayos de Sol, luchaban por la supremacía con las sombras de la noche anterior, Eugenio, después de tomar un frugal desayuno, monto sobre la mula “Chola” y seguido por un muchacho, emprendió la subida, en dirección al Alto del Viento y una vez allí, gozo del hermoso panorama, que ofrecía a la vista, el valle del Apushallas y pudo escuchar, las notas de los cajeros, que al  vaivén  del  viento,  iban  y volvían, interpretando tonadas propias del lugar, llamando de este modo a  la  gente,  que  deseara  ir  a trabajar, en las ciegas de trigo, recibiendo como   remuneración,  únicamente la comida y  bebida en abundancia, según era costumbre ancestral, heredada de los Incas.

Desde donde se encontraba Eugenio, podía ver un amplio panorama, que lo lleno de inefable emoción y que cubría  los  anexos  de  Chicches, Huayaocito  y Vista Florida, este último anexo, recientemente creado, rodeados por las haciendas Aguambuco, La Colmena y Bambas, aunque en realidad, las dos últimas, eran consecuencia, de la repartición de la gran Hacienda Bambas, entre los dos herederos, Jorge, el tío de Eugenio  y su madre.

Era el mes de Agosto y  el Sol hacía refulgir todo, con la tonalidad amarillenta, del color dorado de los trigales, que prometían, proveer de panes, hasta las mesas más pobres en ese año, ya que las espigas de trigo, se podían ver dobladas con el peso de la mies. El Sol acompaño, durante todo el viaje, a Eugenio, de modo que no tuvo que  pasar  ningún  momento  de frigidez y de ese modo, aún no eran las doce, cuando estuvo volteando, al otro lado de las escaleras y luego, el portachuelo, desde cuya cumbre, pudo ver en miniatura, todo el panorama de Parcoy, Ranapampa, La Soledad y Llacuabamba, con Retamas.

Llegando al hotel de la señora Dorila, amiga de su madre, antes de las dos de la tarde, en donde ya su madre, se encontraba instalada, en el hotel de su amiga, por lo cual, al día siguiente, muy de mañana, partieron con destino a Bambas. Ambos jinetes, seguidos por el arriero, que iba tras el único caballo de carga, que habían necesitado para llevar las maletas de la señora María, se encontraban en las afueras del Pueblo de Parcoy, cuando de pronto, en el camino, vieron a un hombre alto, con apariencias caucásicas, que se plantaba en medio y con los brazos abiertos en aspa, les hacía señas, para que se detuvieran y en cuanto estuvieron cerca, sonriendo dijo:

 -¡Alto María!; ¡de aquí no pasas!; hoy nos quedamos en la casa.

La madre de Eugenio, reconoció al instante al sujeto, que de esta manera le impedía el paso y de inmediato, respondió a la invitación,   disculpándose,   por   encontrarse    de    viaje    a    su hacienda, pero de pronto, del interior de una casa, ubicada a la vera del camino por el que transitaban madre e hijo, salió otro sujeto, muy parecido al primero y entre los dos, sin prestar atención, a las protestas de la madre de Eugenio, la hicieron desmontar y mientras uno conducía su caballo, de la brida, a un corralito con alfalfa, al costado de la casa, el otro,  cogía por uno de los brazos, a la señora María y trataba de introducirla en el interior de  esa misma casa, de donde había salido.

De pronto, el hombre que llevaba casi a la fuerza, a la madre de Eugenio,  reparó en  él  y  miro, interrogativamente  a  la  señora María, que interpretando esa mirada dijo:

  -¡Haaa, Federico!; te presento a mi hijo Eugenio, que se encuentra viviendo en Bambas ayudándome en los trabajos.

  -¡¿Así que tú eres Eugenio?! yo soy Federico Wensell, somos primos con tú mamá, pasemos a la casa para que conozcas a la familia.

Y sin agregar una palabra más, cogió por un brazo a Eugenio y lo llevo hasta donde estaba su madre y una vez allí, paso el brazo que tenía libre, por debajo del brazo de la señora María y llevando a cada uno así cogido, avanzo resueltamente, hasta que los tres, pasaron por una puerta de dos manos, amplia, tanto que  cupieron perfectamente por ella.

Eugenio quedo maravillado, de la pulcritud que se observaba, en todos los rincones de la sala, a la que habían ingresado, dándole la impresión, de estar dentro, de una sala de recibo inglesa, que había visto, en algunas películas y sobre todo, su sorpresa llegó al límite, al ver que ningún lugar del suelo o de las paredes, se encontraban desnudos,  pues  los  pisos,  estaban  cubiertos, con muelles y finísimas alfombras, mientras que las    paredes, se encontraban,  recubiertas  totalmente, con infinidad  de cuadros, con fotos o con motivos, de pasajes, de la vida cotidiana, de hacía por lo menos, un siglo atrás y en los lugares, en los cuales no existían estos cuadros, habían alfombras, grandes o pequeñas, de acuerdo al espacio disponible.

Cuando Eugenio se encontraba en esta contemplación, escuchó, como su madre, discutía acaloradamente con  Federico,  acerca del destino que debían darle a sus bestias, ganando la contienda doña   María,  debido  a  lo  cual,  no desensillaron  los  animales, colocándolos en el mismo corralito, en el cual habían llevado a sus caballos, aflojándoles solamente las cinchas, para que pudieran comer con holgura, las brazadas de pasto, que les colocaron por delante.

De pronto, hizo su ingreso a la misma sala, en donde se encontraban Eugenio, su madre y Federico, el otro hombre, tan parecido a Federico, que fue presentado a Eugenio, como hermano del primero, ambos fruto del matrimonio, de la prima hermana, madre de la señora María, con un ingles, que llegó atraído por las riquezas de la zona y se quedo definitivamente allí. 

De pronto, por una puerta lateral, hizo ingreso, una señora muy anciana, que se trasladaba sobre una silla de ruedas; la anciana, con lágrimas en los ojos, increpó a la  señora  María, de ingrata y a continuación, la abrazó y de pronto, interesándose por Eugenio, le ordenó que se acercara y cuando lo tuvo a su alcance, lo abrazó efusivamente, elogiando el parecido que tenía con la familia.

Según se enteró Eugenio, la señora Esperanza, que a pesar de sus años, poseía una lucidez notable, era una anciana de más de cien años, a pesar de lo cual, se mantenía perfectamente lúcida, no necesitando, de ninguna ayuda, para desplazarse en su silla de ruedas. Durante la improvisada invitación al desayuno, ya tardito, Eugenio y su madre, tuvieron oportunidad, de gozar   momentos de gran  alegría,  en  unión  de  la  centenaria  señora Esperanza y en esa oportunidad, fue que Eugenio se enteró, de muchos pasajes de la vida de su bisabuela y de la de su abuela, pero debido a la hora que no espera, tuvieron que partir, dejando para  otra  oportunidad,  el  placer  de  volver  y   escuchar  a  tan  agradable anciana, que con sus dos hijos, Federico y Fritz, vivían en esa dulce casita, rodeada de huertos, llenos de purpuros y toda clase de flores.

El arriero, con los  equipajes  de  la  madre  de  Eugenio,  había seguido adelante y de eso hacia, más de dos horas, de modo, que tuvieron que apurar el paso, para darle alcance en, Las Escaleras y juntos, continuar por Achalala y desde el Alto del Viento, pudieron gozar el espectáculo, que presentaba el GRAN SEÑOR DE LAS ALTURAS, que con sus cuatro cabezas pétreas, parecía vigilar, con  su   milenaria   mirada,   el bienestar de sus hijos, los habitantes del Distrito de Chilia.

Era la hora del atardecer y el crepúsculo,  teñía de rojo, con sus diferentes tonalidades, todos los alrededores, despilfarrando  esa  vorágine  de  colores, que solo se puede apreciar, en muy contadas ocasiones y en lugares muy especiales.  Y fue entonces, que Eugenio se sintió feliz, por pertenecer también a esa tierra y tener insertada en ellas, los cuerpos de sus ancestros, que descansaban en paz, sin amenazas de ninguna clase, que puedan turbar ese descanso, puesto que esa tierra, pertenecía a la familia y al parecer, nunca dejaría   de  pertenecerles, puesto que habían trabajado por generaciones, para que así fuera, reposando en sus tumbas, llenas ya de pisadas, pero no profanadas y así se suponía continuarían, por muchos años más; años que continuarían transcurriendo con beneplácito del “Gran Señor de Las Alturas”.

Al llegar, Eugenio pudo sentir el calor del hogar y un  bienestar que solo se percibe, cuando se es bienvenido, lo invadió, desde la cabeza a los pies y aún más, sintió como lo compenetraba,  en  su más íntima conformación; estaba en casa y a su lado, estaba su madre.

Los perros también se mostraron felices, de volver a ver a sus amos y no dejaban de hacer cabriolas y dar saltos, para de ese modo, mostrar su contento, mientras el rumoroso, entre frotar, de las hojas, de los centenarios eucaliptos, movidos, por el viento del atardecer, parecía una sinfonía vocal, entonada por decenas de miles de las bocas, de esas hojas, que como  si  aunando su canción, en un solo esfuerzo, les dieran la  bienvenida

Desde que Eugenio piso la tierra serrana y en especial la Provincia de Pataz, se pudo dar cuenta perfectamente, del espíritu de hospitalidad, que allí imperaba, pues los habitantes, no perdían ocasión, de agasajar a los visitantes, pidiendo luego disculpas, cosa que lo hizo recordar, aquella anécdota de los soldados chilenos, que una vez que estuvieron de regreso en su patria, añoraban la hospitalidad peruana, diciendo: 

  -“¡Malaya el perdón peruano ñor!”

Pues durante la ocupación de las tropas chilenas, sobre todo en las serranías, no faltaban las familias, que después de agasajarlos, saciado hasta el hartazgo su apetito, se disculpaban diciendo:

  -“’Perdonen ustedes la pobreza”

En Chile, la gente del pueblo, estaba acostumbrada, a pasar hambres, debido a que las tierras chilenas eran tan pobres, que no producían como las del Perú, encontrando debido a esta circunstancia, una abundancia jamás soñada y gente, dispuesta al agasajo,   lo  cual  para  ellos  representaba, “Un  Paraíso  Jamás Esperado”.
Cuando habían pasado varios meses, de la llegada de Eugenio con su madre a la hacienda,  una tarde llego a la casa, un amigo de la familia. Chiliano él, de nombre Ramiro, que por añadidura, había contraído matrimonio, con una prima de la señora María y aunque el matrimonio había fracasado, este señor aún era considerado, como un pariente; además, en su juventud, había alternado amigablemente, con los tíos de Eugenio, siendo esta, una razón más de acercamiento, entre este señor y la madre de Eugenio, debido a lo cual, en cuanto hizo su entrada, por la portada de la casa hacienda, fue recibido e invitado a quedarse.

Después de la cena, como era costumbre, Eugenio, su madre y el invitado de honor, señor Ramiro, pasaron al escritorio, en donde como ya dijimos, el ambiente era primaveral, por la estufa que allí funcionaba; además, para amenizar la reunión, se sirvieron algunos turcos, que calentaron aún más el ambiente, iniciándose todo un servicio de información, de parte del visitante, que puso al tanto a los presentes, de los últimos eventos, acaecidos  en  el pueblo de Chilia.

De ese modo fue, que Eugenio y su madre, se enteraron, del asesinato de un joven, de nombre Armando Cuba, que fue victimado, al ser vilmente apuñalado por la espalda, debido a un asunto de celos.

Por este mismo medio, Eugenio logro enterarse del rapto, de una chica llamada Santos Cuba; este último echo, según llego a enterarse, fue efectuado, por un señor, conocido como “El Loco Edualdo”; después, Eugenio se enteraría de la boda, ceremonia en la que desemboco el rapto.

Cuando ya llevaban bebidos, no menos de tres turcos, llego don Cesar, que ya era Administrador
de la hacienda Bambas, acompañado de dos chicos chilianos, hijos del hacendado de Chinchopata, solicitando en su nombre alojamiento, debido a lo cual, se ordenó, que prepararan algunos alimentos, para agasajar con ellos, a los visitantes de última hora.

Una vez cumplido, con este requisito tan importante, para con los huéspedes,  quedaron  incluidos  en  la  tertulia  del  escritorio  y como es lógico, también les fueron servidos, sendos vasos de turco, logrando de este modo, equilibrar el alcohol, en las venas de los recién llegados, con el que ya circulaba, por las del resto de los presentes.

 Debido a que en esa reunión, la madre de Eugenio, era la única dama, opto por retirarse, dejando solo a los hombres, que ya entrados en confianza, se hicieron confidencias y de ese modo, fue como Eugenio se enteró, por boca del señor Ramiro, que durante la última festividad, de la Virgen del Rosario de Chilia, los había visitado un circo, integrado por una contorsionista muy joven y también, muy bella, así como por un payaso y un mago, que fueron la delicia de los asistentes, a las funciones que presentaron, teniendo lleno completo.

En esa misma oportunidad, la señora Rafaela, conocida ya por nosotros, como aquella mujer  de  bellos  ojos,  que  poseía  una casa en Huayaocito y otra, unas dos cuadras encima de Chicches, en el camino que llevaba desde este anexo, a la casa hacienda de Bambas y también había asistido, a esa fiesta de Chilia, pero no con el afán de divertirse, sino para poner una carpa, en donde vendía toda clase de bebidas y comidas y entre sus asiduos comensales, contaba con la pareja, compuesta por el payaso  y  su esposa, la joven contorsionista, puesto que no tenían tiempo para cocinar, por que todo su tiempo disponible, lo tenían dedicado, al trabajo del circo.

En muchas oportunidades, Adela, que era el nombre de la contorsionista, era la única que asistía, a disfrutar de las comidas, en la carpa de doña Rafaela, llevando en una portaviandas, la ración de su esposo.

Esos momentos, a solas con Adela, fueron aprovechados por la señora Rafaela, para entablar conversación y de este modo, nació la amistad y mediante ella, la joven señora, le hizo ciertas confidencias a doña Rafaela, a las que supo sacarles provecho, como vamos a ver a continuación.

Fue así, que doña Rafaela se enteró, que Adela, había sido raptada del hogar paterno, cuando aún no había cumplido los trece  años  de  edad,  del  fundo   de   su   padre,   en   un   valle interandino de Cajamarca y desde esa época, no había vuelto  a saber de sus familiares. Adela, también hizo la confidencia a la señora Rafaela, de los malos  tratos,  que  recibía  del  marido,  sobre  todo,  cuando  se negaba, a ser amable, con los señores que le daban dinero, para que ella les caliente sus camas; proceder, que en castizo castellano, se le podría calificar de proxenetismo.

Doña Rafaela, conmovida como si de su hija se tratara, ofreció todo su apoyo y aconsejo, desdichada niña, víctima, para que en la próxima ocasión , en la que el malvado payaso intentara, tan solo castigarla, se fuera a su carpa y ella, sabría darle el trato que merecía, a tan desalmado sujeto.

Antes de proseguir con esta historia, tendremos que entrar en autos, para estar bien documentados, respecto a las influencias, que doña Rafaela poseía, con las autoridades y en especial, con la policía; pues debido al elenco de  sirvientas, con ella contaba y siendo los miembros policiales, sus principales clientes, había logrado obtener todo su  apoyo.

No se hicieron esperar, los resultados de esta relación y fue así, que dos días después, que la señora Rafaela ofreciera su decidido apoyo, la joven  Adela, esta llego llorosa y con la ropa rasgada, como patentizando, la gresca que había sostenido con el marido.

La respuesta de doña Rafaela, fue inmediata y después de calmar a su protegida, envió a llamar, al comandante del puesto de la Guardia Civil de Chilia y poniéndolo al tanto, de los antecedentes, hizo asentar una demanda formal, contra el cruel  payaso,  que  fue  acusado de proxenetismo y abuso sexual axial como de lesiones, contra una menor e internado en una fría celda, dos días después, fue derivado a Tayabamba, en  donde  purgo  una condena de dos años, después de la cual, salió libre y desapareció para siempre, de la vida de Adela y su protectora.

Desde el momento, en el cual, la ex raptada joven,  por el malvado payaso, preso en Tayabamba, por orden judicial, ingresara en la carpa de  la   señora   Rafaela,   quedo   bajo   su protección. ya que el juez, en vista del informe recibido, de parte la policía, de la forma tan decididamente, en la que la  protectora, señora Rafaela, actuara en ese caso, había dado a esta, la custodia de la menor, hasta que los padres de la misma, aparecieran o en su defecto, hasta que cumpliera la mayoría de edad.

Las confidencias, de esta chica a la señora Rafaela, continuaron y de esta forma fue, que llego esta señora a enterarse, que en casa de los padres de Adela, era conocida con el apelativo de CHOCHITA, pues al padre, le decían  EL  CHOCHO,  siendo  la procedencia de este apodo, totalmente desconocida, hasta por la Chochita, aunque Eugenio, tejió sus conjeturas, llegando después de un tiempo, a afirmar, que este apodo procedía del fréjol andino de ese nombre.


CAPITULO  VI

D O N   R A M I R O

Cabe aclarar, que desde que la  señora  Rafaela se dedicara al negocio de expendio de comidas y bebidas, había adoptado la costumbre, de reclutar chicas, de Huayaocito y de los pueblos   vecinos, para que la ayudaran en su negocio y así, dar atención a sus clientes  insinuándoles que fueran complacientes con sus parroquianos; pero esto no quiere decir, que cobrara nada por ello, favoreciéndose únicamente, con la afluencia, de consumidores, gracias a estas chicas.

Doña Rafaela, desde que La Chochita, quedó   bajo    su   custodia  y  como es  lógico  suponer,  fue incluida, en el plantel de chicas a su servicio, acrecentando su clientela por esta razón, de varones naturalmente, debido por sobre todo, a la zalamería y ángel, que poseía la ex contorsionista.

Al finalizar, todo lo que  don Ramiro les narró, respecto a la Chochita,  propuso este, ir hasta la casa de doña Rafaela, que en esos momentos, se encontraba en su casa, ubicada encima de Chicches, ya que con ella, estaba aquella bella criatura, que conocían como la Chochita; además, aseguro, que de buena fuente sabía, que era muy complaciente, sobre todo, con aquel que cubriera sus expectativas económicas, sin importar la edad del caballero.

Eugenio, dio órdenes a los pongos, para que ensillaran las bestias de los visitantes, así como la de él y la de Don Cesar y una vez cumplida   esta    orden,   las   llevaran   hasta   el    camino,   con
todo sigilo; todo fue llevado a cabo, tal como ordenara Eugenio, y fue así, que trasladándose el grupo, en silencio, hasta el lugar en donde se encontraban las bestias, perfectamente ensilladas, tomaron la posición ecuestre, alejándose sigilosamente,  camino abajo, en dirección a la casa del placer, en donde cada uno por separado, pensaba obtener el premio mayor, consistente, en la preferencia la  bella niña, por la cual, obnubilados, como consecuencia del alcohol ingerido, se prometían conquistarla, a como diera lugar, sobre todo los jóvenes.

Sin excepción; los integrantes de la cabalgata, hundían sus espuelas sin compasión, en los ijares de las pobres bestias, por la inquietud de llegar cuanto antes, a su destino y poder así, comprobar, que la descripción de esa bella criatura, hecha por don Ramiro, coincidía en forma fidedigna, con el ideal que bullía en sus mentes, siendo  acicateados  de  continuo,   por   los gritos  estentóreos, que don Ramiro, no dejaba de lanzar llamando de esta manera:

 -¡CHOCHITA!: ¡Bella criatura!; ¡espérame que allá voy!

Continuamente, la caballería marchaba de sin orden y atolondradamente, entrechocándose, por las malas maniobras de los jinetes, con lo cual, muchas veces, hacían que su   cabalgaduras,   salieran   del camino, saltando, por sobre las pircas que lo flanqueaban, marchando por esta razón, en forma paralela al resto del grupo, siguiendo por las chacras del los bordes, para luego, a exigencias del jinete, volver a saltar la pirca y unirse a la caballada, realizando estos actos, entre juramentos y denuestos, que solo hacían, que el noble animal, se atolondrara más de lo que   estaba   y el resto, de los juerguistas, celebraran con  grandes  risotadas

 Eugenio, extrajo de la alforja, que había echo poner al anca de su cabalgadura, una botella, conteniendo, el turco aún calientito, que recomendara a los pongos, que colocaran allí. 

Al escuchar el tropel, la señora Rafaela, salió a recibir a tan ilustres visitantes y junto con ella, se asomaron por la puerta, del local de expendio de bebidas, don Carlos Cuba y Juvenal Salas, un joven chiliano este último, tan bebidos, como los recién llegados, aplaudiendo a rabiar, la llegada de los caballistas.

Como quién se disculpa, de algún error, la señora Rafaela, explicó a los recién llegados, que la presencia de don Carlos y el joven Juvenal, se debía, a que hacía pocos momentos, habían llegado a su casa, solicitando bebida y como ella se dedicaba a su venta, los había hecho pasar.

Al parecer, ninguno de los llegados recientemente, le presto la menor atención, a estas explicaciones, puesto, que solamente era su deseo, echar una mirada, a  la  bella  criatura,  descrita  por  don Ramiro, con tanta ponderación y desplegar, todo el embrujo posible, para obtener el premio mayor, que eran sus favores.

Pronto los recién llegados, estuvieron confundidos, en continuos abrazos, con don Carlos y el joven Juvenal, que se desenvolvían en esa cantina, como si  estuvieran  en  su  casa  y como para mostrar opulencia, desenfadadamente, ordenaron les llevaran un cartón de cerveza, que comenzó a  circular,  en  las  manos    de   los   presentes,   que   con  velocidad  pasmosa,  la hicieron desaparecer, dejando escuchar los consabidos dichos y refranes de los asiduos bebedores, como aquellos que rezan:

 -¡Al encoger este codo y al estirar este  brazo,  me lo  tomo todo!

O aquel que dice:

-¡Vino vivificatis; Agua mortalitatis, no entraras en corpus mea, porque creas gusarapis!

De pronto, un tocadiscos, comenzó a emitir música bailable y como si esto fuera una señal, don Ramiro, comenzó a reclamar, la presencia de la tan mentada Chochita como al parecer, el objetivo del viaje desde la casa hacienda de Bambas, había sido desplazado, por el ansia de beber, sobre todo por Eugenio y el resto de gente joven, don Ramiro volvió a insistir, pero en esa oportunidad, lo hizo ante la señora Rafaela, la que en vista de tanta insistencia y sobre todo, al percatarse del silencio, que como consecuencia de esta reclamación, se había suscitado en el local, temerosa de un desbande de sus parroquianos, ofreciendo volver con la estrella de la noche, salió, para al poco momento, regresar con unas niña, que intentaba desasirse de la mano de su opresora, que a viva fuerza, la introdujo allí, como quien la arrojara a los lobos, en este caso, los varones presentes.

El local se llenó de risotadas y algunas voces de sorpresa y no faltaron algunos impacientes, que intentaron tocar a la niña, objeto de su observación,  pero  esta,  reacciono  de  una  forma inesperada, dando un manotazo, en la mano del importunado, el cual, siendo el objeto de la mofa, de el resto de  los  presentes, se retiró avergonzado, a un rincón del lugar, mientras que  doña Rafaela, con ademanes similares a los de la gallina, que intenta proteger, a uno sus polluelos.

Llevo a la niña trás del mostrador, desde donde la así protegida, comenzó a lanzar furtivas miradas, examinando a los presente, deteniendo su examen, sobre alguno de ellos. Luego; tirando de uno de los costados, de la falda de su protectora, como hacen los críos con sus madres,  acercando su boca al oído de doña Rafaela, le comentó  algo, que la hacía reaccionar, dando por contestación, un movimiento afirmativo     de       cabeza     y a   continuación,   esbozar    una sonrisa, como si hubiera comprendido perfectamente, la explicación de la niña y estuviera de acuerdo con ella.

Cuando Eugenio  volvió  a  mirar,  hacia  el  lugar  en  el  que  se encontraba aquella niña, que suponía era la Chochita, con el objeto de examinarla con mayor detenimiento, vio sorprendido, que junto a ella, se encontraban tres chicas más, pero comprobó, que ninguna de ellas, poseía las finas facciones y el candor, que de la Chochita emanaba y le dio la razón a don Ramiro, que para ese entonces, dormía profundamente, con la cabeza sobre el mostrador, sin la preocupación, que lo había llevado hasta allí.
La Chochita, era una miniatura de mujer, pues el cuerpo que una mujer echa y derecha puede poseer, ella lo tenía, pero de acuerdo a su estatura, más lo que llamó por sobre todo la atención de Eugenio, fue, su modo tan profundo de mirar, que en cuanto cruzo su mirada con la de él, este sintió un ramalazo, como de un rayo, cayendo sobre su cabeza y desde ese instante, estuvo plenamente convencido, que haría lo que estuviera a su alcance, para poseer a esa bella miniatura de mujer y  cosa curiosa,  ella,  pareció  comprender  su intención, pues bajo la cabeza y cubriéndose la boca con ambas manos, le dio la impresión   que  sonreía  y  envalentonado,  por  el  alcohol  que circulaba por sus venas.

Eugenio se adelantó y ante la mirada de todos los presentes, estiro una mano, invitando a la  Chochita  a  bailar; ella se encogió, aún más sobre sí misma, mostrando la gran vergüenza que la poseía, pero entonces, la señora Rafaela, como un general que envía al sacrificio a uno de sus efectivos, sin esperar réplica de ninguna clase, le dio una sola mirada y como aún vio resistencia, para que su muda orden fuera cumplida, dijo:

    -¡Chochita!; ¡hija mía!; no dejes en desaire a don Eugenio; ¡es el hacendado de Bambas!

Deshaciéndose de toda inhibición, cambio totalmente, el aspecto de la pequeña criatura, que se asió de la mano de Eugenio, que permanecía tendida y pegando su cuerpito al de este, le paso la mano por la cintura, puesto que no alcanzó, ni siquiera a ponerla sobre su hombro, sin tener que estirarse, gracias a la gran estatura que Eugenio poseía.

Como si esto, fuera una señal preconcebida, los otros tres jóvenes, se lanzaron sobre las otras chicas, que se encontraban sentadas tras el mostrador, sacándolas a bailar y fue como un despertar de la alegría y Eugenio, encogiéndose todo lo que le fue posible, logro alcanzar el oído de la Chochita, para decirle:
 
-¡Eres muy bonita y me gustas mucho!; si me aceptas, yo te daré todo lo que necesites y no tendrás que merecer nada, a nadie más que a mi.

Sin levantar la cabeza, La Chochita solo respondió:
 
 -¡No se!; dígaselo a doña Rafaela.

Aprovechando el desconcierto, que logro hacer sentir a Eugenio, se deshizo de sus brazos y corrió a refugiarse, detrás de la señora Rafaela. El momento de desconcierto, sufrido por Eugenio y la franca huida de la Chochita, bajo la tutela de doñas Rafaela, fue aprovechada por los dos chicos  de  Chinchopata  y  sobre  todo por uno de ellos, que se acerco hasta donde se encontraba la  niña y cogiéndola por un brazo, la llevo casi a rastras al centro de la habitación y se pusieron, a bailar un wayno, que en ese momento, se dejaba escuchar, del aparato musical que allí había.

Eugenio se acerco entonces, hasta donde don Cesar, que se encontraba bebiendo solo, pues don Carlos y don Ramiro, ya habían rendido su tributo a Baco y se encontraban en los brazos de Morfeo, durmiendo como unos angelitos.

Después de beber un vaso de cerveza, Eugenio se retiró del mostrador, en donde se encontraba, recostado bebiendo y con el vaso en la mano, fue hasta donde se estaba doña Rafaela, invitándola a bailar, lo cual fue aceptado de inmediato y a continuación, se sumaron las otras parejas, que entusiasmadas, parecían querer agujerear, al piso con los pies, al son del alegre wayno ancashino, que se dejaba escuchar en esos momentos.

Mientras bailaban, Eugenio aprovecho, para declararle a la señora Rafaela, que amaba entrañablemente a la Chochita y que estaría dispuesto, ha hacer todo lo que ella le pidiera, haciéndole recordar, que en Bambas, existían muy buenas tierras, que podría dejar que las siembre, con tal, que permitiera, un   encuentro   a   solas, con ella,   para   lo   cual,   utilizó las siguientes palabras:
 
-¡Rafita!; esa chica, a la que llaman Chochita, es muy bonita; me gusta mucho y estaría dispuesto, a servirte como tú me lo pidas, con tal de hacerla mía; ¿Por qué no le dices que me espere en el cuarto contiguo?; mira que yo sabré recompensarte. 

La señora Rafaela, miraba encandilada a Eugenio, pues veía en ese deseo del joven, la oportunidad de obtener alguna ventaja e intentaría, que  esa  ventaja,  fuera  de  tal  magnitud,  como  para asegurar su futuro, pero también, estaban los hijos del hacendado  de  Chinchopata,  que  bien  podrían,  colaborar  con algo, como para que pudiera hacerse merecedora, a un doble y si fuera posible, triple premio, por lo cual, ladinamente, respondió a la pregunta, que la había hecho Eugenio, de la siguiente manera:
 
  -¡Hay papacito lindo!; pensando en usted, es que he traído a esta chinita; ella es para usted papito, pero tiene que tener paciencia lindito; yo se la llevaré mañana al Número Ocho, mañana en la noche, para que la lleve a su cuarto y la tenga toditita la noche; ahora, ¡deje que esos chiquillos de Chinchopata, consuman mi cerveza!

Y mientras decía esto, aprovechando que Eugenio se había sentado en una silla, doña Rafaela, sonriendo bonachonamente, le sobaba las piernas, mostrándole una picaresca sonrisa. Eugenio, queriendo cortar esa conversación y no deseando ver el asedio, al que los chicos de Chinchopata, someterían a la Chochita, disimuladamente, salió al patio  frontal  de  la  casa  y allí, encontró a don Cesar, acomodando la cincha de su cabalgadura, con intenciones de retirarse e imitándolo, juntos jalaron de la brida a sus caballos, como para no llamar la atención, de los que se quedaban y una vez a una distancia prudencial, montaron sobre ellos y emprendieron el regreso a la casa hacienda.  


En cuanto puso la cabeza sobre su almohada, Eugenio se quedo profundamente dormido, debido más que todo, a la gran cantidad de licor que habían bebido, pero estaba feliz, pues tenía la promesa de la señora Rafaela, que le había prometido, llevar a su pupila  al día siguiente,  al  Número Ocho y  dejarla  con él,  para que la tuviera hasta el amanecer y Eugenio, sabía por experiencia, que esa señora cumplía lo ofrecido; al menos, nunca le había fallado, cumpliendo siempre, en cada ocasión, en la que le había hecho algún encargo, relacionado con alguna chica del lugar y su último pensamiento fue, para recordar, esa linda carita, candoroso e inocente, opinión, que con el tiempo, cambiaría radicalmente, cuando conociera la madera, de la que la famosa Chochita estaba hecha y todo él, se hundió en la bruma de la inconsciencia, pues ya pasaban de las dos de la mañana.

Don Ramiro, llegó a la casa hacienda, cuando el Sol, aun no se mostraba francamente y fue directamente al dormitorio de Eugenio, quejándose amargamente, por haberlo dejado borracho, en casa de la señora Rafaela y fue allí, cuando Eugenio le hizo comprender, el riesgo contra su integridad física, que hubieran corrido, de intentar llevarlo hasta la casa hacienda, en el estado tan deplorable, en el que se encontraba y al final, comprendiendo esas razones, solo busco descanso, en una cama que había al costado de la de Eugenio, quedándose  dormido  de  inmediato, vestido como se encontraba, sin preocuparse, por sacarse ni tan solo las botas, cosa que Eugenio se vio obligado ha hacer por él, debido a que lo estimaba y al fin y al cabo, era buena persona y sobre todo, era amigo de su madre y había sido muy amigo de sus tíos hermanos de su madre, Jorge y Felipe.

Cuando la madre de Eugenio se levanto, este le explicó, que don Ramiro continuaba durmiendo, pues los turcos que había bebido, habían sido excesivos, pero se guardo mucho, de  hacerle conocer, acerca de la incursión de la noche anterior, a la casa de la señora Rafaela y de todos los vasos de licor, que había  bebido,  pero  después,  cuando  pudo  analizar,  tanto   la  expresión  de  la  cara de su madre, como las palabras que  había utilizado, para explicarle los supuestos acontecimientos, en el escritorio de la casa hacienda.

Sumando todo esto, al precedente de haber comprobado, en más de una ocasión, el doble juego de los pongos, que aseguraban ser fieles a él y sin embargo, para obtener alguna  ventaja ante  los  ojos  de  su madre, no tardaban en ir hasta su cuarto y en cuanto la encontraban a solas, llevaban todas las noticias, ciertas y falsas, de todo cuanto ella les preguntaba, debido a lo que no le quedo duda, de que si en ese momento, no sabía todo lo ocurrido con pelos y señales, no llegaría al fin del día, sin que su madre este enterada plenamente, de todo lo sucedido, como si hubiera estado presente con ellos.
Por otro lado, el nerviosismo que mostró Eugenio, durante casi todo ese día, lo delataba, pues no veía como podría hacer, para que el Sol se oculte más a prisa y así, llegue el momento, que tanto esperaba y poder tener con el a la Chochita, que pensaba tener en su cama toda la noche.

Eugenio, ceno más a prisa esa noche, que en ninguna otra oportunidad anterior, como si de esa forma, pudiera adelantar el reloj y cuando una vez terminada la cena, su madre y don Cesar, pues don Ramiro, había proseguido viaje, con destino a Huaylillas, como las diez de la mañana, fueron como de costumbre, hasta el escritorio, inquietando a Eugenio, para jugar un Tresillo.

Fueron momentos insoportables, aquellos en los que él, a propósito, perdió toda su acción, con intenciones de dar por terminada la sesión, pero su madre, le pidió que continuara jugando y para conseguirlo, de común acuerdo con don Cesar,   le  propuso,  darle   una  nueva  oportunidad, perdonándole su deuda, para volver a empezar el juego.

Eugenio, no pudo negarse, teniendo solo, que agradecer tanta gentileza, aunque en realidad, no le interesaba perder, lo que fuera esa noche, con la condición, que todos se fuera a dormir en ese momento y así, quedar libre, para irse  al Número Ocho, a esperar a la señora Rafaela, que le traería la felicidad.

Después de casi una hora, de tormento sin cuento, Eugenio quedo libre de toda atadura, pudiendo de ese modo, encaminarse al Número Ocho, temeroso, que la señora Rafaela con la Chochita, se hubieran marchado, pues ya eran las ocho de la noche pasadas, cuando llegó allí, debido a que unos minutos antes, su madre se había retirado a su aposento.

Tal como lo temía, en el Número Ocho, no había nadie y a la luz de una incierta Luna, que parecía temerosa de mostrar su cara, ocultándose tras las únicas nubes existentes en el cielo, maldijo su mala suerte y  tomo  asiento,  sobre  una  piedra,  en forma de batan, que había en la parte, en la que existía un camino casi imperceptible, que llevaba a Chicches, por el borde de las chacras y decidiéndose a pasar allí la noche, esperando que doña Rafaela aún no hubiera llegado.

En varias oportunidades, estuvo tentado, de emprender el camino de bajada e ir hasta la casa de la señora Rafaela para reclamarle, cumpla con su ofrecimiento y de ser posible, pasar la noche con Chochita, allí mismo; pero luego, pensó, que podrían cruzarse, si es que ellas hubiera tomado otro camino, lo cual lo decidió, a continuar esperando, no sabiendo que hacer, puesto que en varias oportunidades, intentó dormir, lo cual le era, materialmente imposible, en el estado de exasperación en el que se encontraba.

 De pronto, todo un ramalazo de energía, le recorrió  el  cuerpo  y
hasta le pareció percibir, un fogonazo en el cerebro, que lo espabilo por completo, pues había escuchado, el rumor como de una piedrecilla, que en  alguna  cercana parte  del  camino,  había rodado, posiblemente a consecuencia, de haber sido desplazada por un pie y hasta le pareció escuchar, un rumor de pasos, que le alborotaron la sangre en las venas, haciendo que su corazón, diera un vuelco, desencantándose luego, al comprobar, que solo había sido una falsa alarma.

Tal como había visto hacer a los Pieles Rojas, en y todas las películas Norteamericanas del Oeste, después de pasados unos momento del primer fiasco sufrido, se tendió en tierra y colocando una oreja en el suelo, escuchó; no, no cabía duda, se escuchaba claramente, el apagado rumor, de los pasos de más de una persona, por lo cual, Eugenio fue hacia la piedra, en la que había estado sentado esperando y sacando la  lengua,  tal  como había leído, hacían las grandes bestias carniceras, para aperturas más aún, el conducto auditivo y de ese modo, acrecentar su percepción, escucho y su alegría llego al extremo, pues claramente, pudo percibir, las piedrecillas del camino rodando, al ser desplazadas por unos pies, que intentaban apresurar el paso y hasta escucho, el jadeo acompasado, que demostraba, que una persona por lo menos, subía en esa dirección.

Primero, fue un bulto amorfo, que se destacaba, dibujado contra el horizonte y luego, fue mostrándose con mayor claridad, hasta que pudo determinar, que se trataba de una persona algo obesa, detrás de la que iba otra más menuda, dando por sentado, que eran las personas que él esperaba.

Olvido al instante, sus resquemores y sentimientos negativos, para  dar  rienda  suelta,  a  su  inmensa  alegría,  que  llegó  a  tal extremo, que tuvo que morderse los labios, para contener el grito eufórico, que pugnaba por salir de su garganta, teniendo además, que sentarse en cuchillas y abrazándose  fuertemente  a sus rodillas, se estrujo de este modo el pecho, hasta tranquilizarse, de modo que, cuando doña Rafaela, precedida por la Chochita, llegaron a donde estaba Eugenio, este ya era dueño absoluto de sus actos y con gran serenidad y parsimonia, hablo de esta forma:
 
  -Creí que ya no venían; ¿Acaso les sucedió algo?

Doña Rafaela se disculpo, diciendo:

  -Los panzones de mis hijos, no querían dormirse y a esas hora, se le ocurrió al popote del mi hijo mayor, ir a ver el ensayo de Las Pallas, que van a salir en Navidad, no pudiendo salir de mi casa, hasta que este basilisco se fue.

A Eugenio, no le interesaba ya nada de lo que hubiera acontecido, antes de la llegada de la señora Rafaela, la que llevando consigo a la Chochita, lo cual era de suma importancia para él, lo había hecho sumamente feliz, así que casi no prestaba interés, a lo que esta señora decía, pero por un mínimo sentido de urbanidad, la escuchaba, sin entender nada de lo que decía, pero para guardar las apariencias, movía la cabeza, como dándole la razón y mientras todo esto sucedía, la Chochita, escudándose en el voluminoso cuerpo de su protectora, atisbaba tímidamente a Eugenio, sin pronunciar palabra.

No obstante, era elocuente su comportamiento, ya que una sonrisa picaresca, apenas asomaba de sus labios, pero trataba de aparentar, una timidez, que al parecer, estaba muy lejos de sentir, con el dedo índice derecho, rascándose el labio inferior, Eugenio fingía no mirar a la Chochita y después de escuchar todo un discurso, de boca de la señora Rafaela, lleno de recomendaciones  para   él,  acerca  del buen trato a su pupila y sobre todo, para que la llevara consigo de regreso y ponerla en su casa, por la mañana muy temprano, antes que amaneciera, abruptamente, tal como había comenzado su discurso, la buena de doña Rafaela, lo corto y haciendo adiós con la  mano,  se  dirigió,  por  el  mismo  camino, por  el  que  había llegado, dejando sola, a la Chochita con Eugenio.

Eugenio, sentíase algo corto, más que todo, por la apariencia de ingenuidad, mezclada con ciertos aires  picarescos,  de  la  niña, que estaba a su lado y no sabiendo como iniciar la conversación, solo fue a sentarse en la piedra, que estaba a un costado del Número Ocho y por donde comenzaba el camino, que llevaba a Chicches, por un costado de las chacras y fue ella, la que dio el primer paso de acercamiento, yendo a sentarse sobre las rodillas de Eugenio y mientras lo miraba hacia arriba, sin mover la cabeza, de modo que parecía, que sus ojos se iban a introducir, por encima de las cuencas de sus ojos, poniéndole la punta del dedo índice derecho, en la punta de la nariz, con una voz muy fina y melodiosa, le preguntó:
 
  -¿Y como se llama el señor?

Eugenio, que estaba verdaderamente sorprendido,  por  el   comportamiento, tan desembarazado  de la niña, que estaba con él, tanto, que hacía pensar, que era una mujer mayor, pues en momentos tan embarazosos, como el que estaban pasando, se mostraba con tanto desparpajo- Eugenio,   no   sabiendo   que   responder,   durante  los  primeros instantes; pasados unos breves instantes, logro reponerse y tratando de mostrarse lo más secamente posible, respondió diciendo:
 
  -¡Eugenio!; mi nombre es Eugenio; ¿no te lo dijo la señora Rafaela antes de venir?

La Chochita, lo miraba con curiosidad y de pronto, cambiando de  actitud, con un tono en su voz,  que denotaba cierto grado de ironía, volvió a la carga, esta vez, con  una  andanada  de  preguntas, que desconcertaron a Eugenio, cuando la escucho decir:

   -¿Y el señor tiene edad?; ¿es acaso viejo o joven?; ¿vive en la hacienda?; ¿Por qué vive allí?

Después de estas preguntas, Eugenio no tuvo otra cosa, sino responder de esta manera:

 -¡Un momento!; vamos por partes; contestare una por una a tus preguntas, pero vuelve a repetirlas.

La Chochita entonces, riéndose disimuladamente, lo miró,  con una sonrisa pintada en la boca, una sonrisa, que era una réplica, de aquella enigmática de la Monna Lisa, de por si, desconcertante, razón por la cual, Eugenio llegó a pensar, que estaba delante de una enana calculadora; si, una enana muy bien formada anatómicamente, muy bien configurada, a tal punto, que le causaba arrobamiento, no solo por su enigmática mirada, sino también, por la condición en la que se encontraban sus vestidos, con agujeros en varios lugares, que mostraban sus carnes; blancas como la  leche,  teniendo  que  refugiarse  en  su  propio  silencio, hasta que de pronto, volvió ha abrir la boca y  así  poder preguntar:

  -¿Tiene edad usted?

En ese momento fue, cuando Eugenio miro con más detenimiento al pedacito de mujer que semejando un dije,  un adorno,  estaba sentada en la piedra del Numero Ocho y a la luz de la luna, pudo con mayor facilidad, aquilatar su físico y nuevamente dijo para si mismo:

  -Esta niña vieja, es verdaderamente bella, pero que pena que este trillando un camino tan lleno de espinas.


CAPITULO  VII

LA CHOCHITA

Nunca antes a Eugenio, le había dado tanta vergüenza decir su edad, pues al hacerlo, pondría en evidencia su condición de mayor, comparando la edad de esa niña, que sabía no pasaba de quince años, con la que él tenía, debido a lo cual, pensó en rebajársela, pero de inmediato, sintió el peso de su conciencia, que lo acusaba de falsario, al mismo tiempo que de infanticida y todos los epítetos que le puedan corresponder a un ser tan vil como el se sentía, por intentaba imponer su condición económica y social y así, obligar a esa pobre y desventurada niña, a irse a su cama.

Pero esto solo fue un instante, pues de inmediato, puso en el otro lado de la balanza la disculpa, que consistía en que si no era él, tal vez esa noche se acostaría con otro y posiblemente no solo esa noche, sino posiblemente a la noche siguiente y otras más, con otro hacendado o togado, con menos escrúpulos que los de él. Además; si no se portaba varonilmente con ella, podría ser puesta en tela de juicio su hombría, así que imponiéndose a si mismo, solo contestó:

  -Si; claro que si, tengo veinticinco años

La niña, sin dejar de mostrar aquella enigmática sonrisa del cuadro famoso de la Monna Lisa, después de mirar intensamente a Eugenio, volvió a preguntar:

  -¿Y porqué es que siendo tan viejo el señor, juega fútbol?

Esta pregunta, le dolió al joven, ya que  ponía  en  evidencia,  la kilométrica diferencia de edades, pero al mismo tiempo, surgió aquel prurito de orgullo, del interior de Eugenio, que sabiéndose joven contestó:  

 -¿Porque no creo serlo?; además, ¿acaso a los veinticinco años, un hombre ya es viejo?
 
  -¡Haaa!; entonces lléveme a un lugar, en donde no haga tanto frío como aquí.

Estas últimas palabras, dichas por la Chochita, tuvieron la virtud, de volver a la realidad a Eugenio, que debido al proceder inusitado de la chica, se había olvidado, del objeto por el cual estaban allí, así que, levantándose con ella en brazos, como si fuera un bebé, la llevó hasta aquella cuevita vegetal, en donde en épocas pasadas, tenía sus encuentros con Elsa y con muchas otras e improvisando un lecho, con su poncho de lana y una casaca de cuero, forrada con piel de carnero, que tenía por costumbre usar, para que lo libre del frío, la poseyó y para su sorpresa, aquella chiquilla, de apariencia tan inocente, que de inocencia, solo la apariencia tenía, se comportó,  como toda una experta, en los asuntos del himeneo.

Habiendo saciado a la pequeña mujercita, esta se quedo profundamente dormida, acurrucada en su pecho, pero no había pasado mucho tiempo, cuando despertó, a consecuencia de las mordidas del intenso frío serrano y entonces, Eugenio pensó, en la posibilidad, de llevarla, a pasar la noche con él en su lecho.

Ya en otras oportunidades, había metido mujeres en su cama y teniendo en cuenta, la miniatura de mujer que en ese momento, llevaba    en   sus   brazos,   no    le    pareció    tarea     tediosa   y trasladándola hasta su cuarto, sin novedad, pues todos dormían, fue escoltado, por el “Mala bulla” y el “Pluto”, grandes y temibles perros de la casa hacienda.

El temor, que sintiera la Chochita, al ver y sentir tan cerca, a los enormes perros, hicieron que se acurrucara aún más, contra el pecho de Eugenio, que divertido, continuó caminando, como si no llevara peso alguno, eludiendo las  lengüeteadas,  de  los fieles perros, que insistían en jugar con él.

Cuando Eugenio despertó, vio que su reloj marcaba ya, las cinco de la mañana, hora  que debía aprovechar, para sacar del  cuarto a la Chochita, sin que lo advirtieran, los numerosos sirvientes de la casa hacienda, que más o menos a esa hora, acostumbraban a levantarse y al primero de los sirvientes que encontró, le ordeno ensillar un caballo manso.

Sin hacer ruido y mientras este llevaba a cabo esa labor, aprovecho para sacar a la Chochita y llevarla hasta la cueva vegetal, en donde la poseyera por primera vez y luego, regreso y llevando el caballo, por el cabestro, hasta el camino, al llegar a la altura, en donde se encontraba su pequeña amante esperándolo, la llamó y después de hacerla montar sobre  la silla, él lo hizo al anca y de esa forma, fue que se trasladaron hasta la casa de doña Rafaela, a donde llegaron, aún antes que amaneciera.

Eugenio se sentía feliz, con grandes deseos de cantar, pues había logrado culminar con su deseo y por lo que hablo con la Chochita, podía considerar, que tenía una amante segura, la cual, a cambio de cubrir sus necesidades y alguno que otro regalito, sería solo para él y si bien era cierto, que se podía decir que solo era una miniatura de mujer, en cambio, logro satisfacer sus deseos más ocultos con  una  maestría innegable, como  si  fuera una maestra en el arte de amar y hubiese leído a Ovidio en su inmortal obra de consejos al respecto, dando la sensación de practicar el Kamasutra Indio.

Mientras era suya, la  Chochita  le  declaró,  que  su verdadero nombre, era Adela Baltasar Lescano; era natural de Cajamarca, de un lugar llamado Jesús y su  padre,  era un  pequeño, pero próspero propietario, de un  fundo a orillas del río Marañón; además, que la procedencia del mote de Chochita, devenía del apodo de “El Chocho”, con el cual era conocido su padre, al cual temía, por su carácter de excesiva severidad y que debido a esto, una vez que se libero, de poder del “Matraquero”, sobrenombre con el cual era conocido, el payaso que la raptara de su casa, no se atrevía a regresar.

Eugenio, concertó con la señora Rafaela, que a cambio del arriendo de una hectárea de chacra, en el lugar conocido, con el nombre de “Motacara”, renombrada por su gran producción, ella, llevaría todas las noches, hasta el Número Ocho, a la Chochita, en donde él, las estaría esperando y en la madrugada, la llevaría de regreso, tal como esa madrugada, hasta la casa de doña Rafaela y fue así, que el fuego, que por su juventud emanaba de su interior, era apagado todas totalmente, por esa pequeña mujercita, llamada Adela y apodada Chochita.

Todos los días, después de proporcionarle mucho placer a Eugenio, pues sabía donde exactamente debía tocar y sobre todo, en que momento hacerlo, la Chochita,  era llevada hasta la casa de su protectora, en donde se entregaba a los quehaceres domésticos, sin mostrar cansancio en lo absoluto, en cambio Eugenio, sentíase desfallecer y durante todo el día, Eugenio estuvo soñoliento y apático, desmadejado e indolente, moviéndose casi por inercia. Esta situación, no paso desapercibido, para la madre de Eugenio, que algo alarmada, un día lo llamo y le dijo:

  -¡Hijo!; se que eres mayor de edad y tienes el discernimiento suficiente, como para saberte cuidar y sobre todo, mantenerte sano; pero se también, que eres joven y debido a esto, puedes llegar, a enviciarte en el uso del sexo; te recomiendo pues, que controles esto, pues no quisiera tener, un hijo enfermo  por  esta razón.

Al llegar a esta altura de su conversación, la señora María callo, pero luego, tomando al hijo entre sus brazos, le acaricio la cabeza, mientras le decía:

   -¡Mesúrate hijo; mesúrate!

Después que la señora María, estuvo acariciando a su hijo, por algunos minutos, de pronto, lo miro a los ojos y sin previo aviso, comenzó a narrar la siguiente historia:

  -“Hace ya de esto, muchos, pero muchísimos años, tantos, que lo que voy a narrarte, se ha perdido en la bruma de los tiempos, sin embargo, ha quedado gravada, una enseñanza imperecedera, para la humanidad, que pude servir, para aquellos seres sensatos y mesurados, en todo lo que siendo necesario, hay que dosificar, pues de lo contrario, resulta perjudicial para la salud”.

Al llegar a esta altura del relato, la señora María se acomodo en el sillón, sobre el que estaba sentada, mientras que Eugenio, ocupó un lugar en el suelo, apoyando la cabeza en las faldas de su madre, dispuesto a continuar escuchando, las palabras, que saldrían de la  boca  de  ella,  la  que  continuo  así,   hablando  de
la siguiente manera:

“Tendremos que trasladarnos en el tiempo, para proseguir con mi relato, hasta llegar a aquella época, en la que reinaba el Inca Pachacutec, que alarmado por las noticias, que le llegaban, de cierto sector de su imperio, referente a una epidemia de locura, que se había extendido tanto, que los lugares destinados, a servir de albergue, a los atacados por este mal, llegaron a ser insuficientes, debido a lo cual, se traslado con su  séquito,  sentando  sus reales, en las afueras de esa población y enviando,

de inmediato a sus emisarios, para que averiguaran todo lo referente a esa enfermedad, les ordenó, no regresar, sin las manos vacías; no tardaron mucho en regresar, llevando con ellos, a una mujer, de aspecto encantador, que no bien se encontró delante del Inca, se ofreció a ejecutar una danza en su honor.

Pachacutec, le dio permiso y la misteriosa mujer bailo y bailó y bailó, ejecutando una danza misteriosa, como ella misma lo era, nunca antes vista y mientras bailaba, cantaba, con una voz embrujadora, que hacía olvidar, a todo el que la escuchara y la viera bailar, hasta su propia existencia, perdiendo totalmente el juicio, a tal grado, que los soldados que se encontraban presentes, soltaron sus armas y se unieron a la danza”

Al llegar a este punto del relato, la madre de Eugenio, que continuaba acariciando la cabeza del hijo, tomo aliento y a continuación, prosiguió con su relato, de la siguiente manera:

“Para el bien del imperio, el Inca Pachacutec, que por ser algo mayor, no fue afectado, por el embrujo, del baile y canto de la misteriosa mujer, sabiamente, envió para que prendieran a la bailarina, a los soldados más  viejos  de  su  ejército,  pues  se había percatado,  el  embrujo y locura,  solo  afectaba  a  los  muy
jóvenes”.
                               
Nuevamente la señora María, tomo aliento, para al cabo de unos instantes, continuar hablando de esta forma:

 “El Inca, un hombre sabio, ordenó a estos soldados, que llevaran a la mujer, a un lugar cerrado, en donde no entrara la luz del Sol y no se pudiera escuchar su voz, dejándola allí para siempre”

Cuando la señora María hubo concluido su relato, Eugenio levantó  la  vista  hasta ella, para
hablarle de la siguiente manera:

  -¡Mamá!; tú relato es muy ameno y agradable, pero no se,  ¿como es posible, que una mujer embruje a los hombres con su danza y canto, al extremo, de hacerlos perder la cordura?; solo cabe la posibilidad, que se llegue a esos extremos, usando drogas.

   -¡Hay hijo mío!; efectivamente, esta narración fue inventada, tratando de personificar como a una mujer, a la coca, porque tanto la una como la otra, extremando su uso o mejor dicho, haciendo abuso, bien sea del sexo o de la coca, se puede llegar a la locura y una muestra de esto, son los celos desmedidos, que muchas veces, se confunden con amor.  Ten presente siempre esto y no caigas nunca, en el abuso del sexo y en cuanto a la coca, mejor es no aventurarse, ni siquiera a probarla.

No obstante, la sabia advertencia, que la señora María hiciera a su hijo, este continuo explorando, por los vericuetos del placer, manipulado, por las expertas manos, de  tan   tierna  criatura,  que gracias a sus innatas  cualidades,  acrecentadas,  por  su  gran experiencia, obtenida durante los casi dos años, en los que estuviera en poder de su proxeneta marido el Matraquero, sabía como desempeñarse, de acuerdo a las debilidades, del hombre que tenía delante y así fue, que continuó yendo al Número Ocho, todas las noches, para recoger, a la promotora, de sus excitantes noches de placer y antes que amaneciera, llevarla a la casa de doña Rafaela.

Pero ese despliegue de energía, era imposible de ser ejecutado, sin recibir la correspondiente factura, llegando un momento, en el que Eugenio se dio cuenta, que  el  placer,  había  huido  de  su cansado cuerpo y se había convertido, en un martirio, convirtiéndolo   en   un   guiñapo  de  hombre,  bajo  la  severa  y acusadora mirada de su madre, que no dejaba, de hacer alusiones al respecto.

Pero llegó un momento, en el que Eugenio creyó conveniente, por sobre todas las cosas, dosificar sus encuentros con Adelita y fue por eso, que mando construir un cuarto, adosado a la casa de la señora Rafaela, en donde instaló a su amante, con todas las comodidades necesarias para ese entonces y accesibles en el lugar,  dejando  desde  ese  momento, de servir a su protectora, liberada de esta servidumbre, gracias a la generosidad de Eugenio.

Desde ese día, Eugenio solo iba a visitarla, las noches que creía conveniente y se sentía capaz de cumplir, con las expectativas de su amante y para que se sintiera contenta, durante su ausencia, le obsequió ropas, zapatos y muchas otras chuchearías, que las mujeres aprecian.

La belleza de Adelita, se vio acrecentada  con  los  vestidos  y  la buena alimentación, en su nueva vida, siendo esto razón suficiente, como para que fuera asediada, por los jóvenes de las cercanías y aún, de lugares algo distantes, hasta donde llegó su fama, de modo que Eugenio, se vio acosado por los celos, convirtiéndose en perro guardián, de algo imposible de guardar, pues el apetito por hombres de su amante, crecía día a día, siendo esta la razón, para que el joven se sintió muy desdichado.

Acreditado Eugenio, como marinovio, de la ex-fámula de la señora Rafaela, se dedicó a imponer respeto, lo cual ocasiono, toda clase de ironías, de parte de los moscones, que solo esperaban la ausencia de él, para atiborrarse de miel y en presencia del ogro, como dieron en llamarlo, disimuladamente,  hacían señas obscena, a la inocente Adelita, que se hacía la desentendida  y se disculpaba así  ante s amante, no teniendo el joven Eugenio, otra alternativa, que creer todas las disculpas, que le daban, resignándose a compartir con otros, los placeres que Adelita sabía proporcionar

Pero continuó aparentando enfado, en cada una de las oportunidades, en las que algún desesperado jovenzuelo, ignorante de su papel de seudo marido de la Chochita, intentaba obtener, los favores de esta, sin importarle la presencia de Eugenio. Llegó la ocasión, en la que la madre de Eugenio, viajó a la Costa, lo cual dio motivo, para que este se sintiera con más libertad y pueda de este modo, entrar  y  salir  de  la  casa   hacienda, a  la hora que le venía en gana, solo o  acompañado.

En compensación, por las continuas infidelidades de Adelita, Eugenio dio en buscar relaciones, con otras chicas, en especial, con aquellas del entorno de su amante y como esta, era una experta   en   el   engaño,   Eugenio   no   pudo   hacer   pasar  por estas infidelidades y como consecuencia lógica, al parecer, la Chochita sintió celos o en su defecto, al ver amenazada su vía o canal para obtener recursos económicos, no vio otra forma, más adecuada de reaccionar, que los celos y aplico a Eugenio, el mismo tratamiento, que él había utilizado con ella, al comienzo de su relación, consistente, en exigirle continuos actos sexuales, aún de día y en cualquier lugar, para de ese modo, agotar sus energías y así, no dejarle opción, para pensar en aventuras amorosas, con otras mujeres.

Este sistema de agotamiento, al que la Chochita sometió a Eugenio, dio como resultado, llegara el joven, a tener síntomas del garrotillo, que lo hacía sufrir mucho, por haber adquiriendo extrema sensibilidad, siendo para él, terriblemente doloroso, cualquier rozamiento, debido a lo cual, tuvo  que  acondicionar, con gasas y algodones, una especie de nido, de modo tal, que le evitaran contactos no deseados y de ese modo, librarse, de los dolores que sufría.

Pronto, Eugenio se desentendió de su amante, evitando por todos los medios, encuentros no solo con ella, sino con cualquier otra chica y hasta dio en ausentarse, haciendo viajes sin razón alguna, a Chilia, Parcoy o Huaylillas, los que trataba de prolongar, en la mayor medida posible.

Gracias a este comportamiento, Eugenio logro curarse, de tan molesto mal, pero una noche, encontrándose, en el escritorio de la casa hacienda, jugando rocambor con su compadre Carlos y don Cesar, vio la luz de una linterna, que intermitentemente, se apagaba y encendía, como si alguien intentara hacer señas, para mostrar el lugar en donde se encontraba.

No solo Eugenio se percató de aquella luz, pues tanto don Carlos, como su hermano Cesar, le llamaron la atención al respecto, debido a lo cual, Eugenio ordenó a uno de los pongos, que fuera para ver de que se trataba.

 Cuando el pongo regresó, desde la puerta del escritorio, hizo unas  señas  a  su  patrón  y  cuando  estuvo  con  él,  le explicó, que la señora Rafaela, acompañada de la Chochita, deseaba hablar con él urgentemente, para lo cual, le pedía que salga  al camino  

  -¿Qué le sucede don Eugenio?; ¿Acaso ha visto algo malo en mi casa?

Fueron las palabras, con las que la señora Rafaela, recibió a Eugenio, el que por evitar, enzarzarse en una discusión vana, fue hasta donde estaba la Chochita y abrazándola, dio respuesta a la pregunta de la señora Rafaela, de la siguiente manera:

  -Ya hablaremos de eso en otra oportunidad, pero ahora, me quedo con mi amor y gracias por haberla traído, la tratare como yo solo se tratar a mis amores.

Al ver la buena disposición de Eugenio, la señora Rafaela, se calmó, pensando, que no debía echar más leña al fuego, ya que con la astucia, lograría hacer retornar a su casa, con la asiduidad pasada, al huidizo Eugenio y sin pronunciar una sola palabra al respecto, se despidió, recomendándole al joven, buen trato para su pupila.

Eugenio, una vez a solas con Adelita, la condujo por un callejón muy oscuro hasta su  cuarto  y  una  vez  que  la  dejo cómodamente instalada, fue hasta el escritorio, en donde encontró a sus invitados, esperándolo, solo para despedirse, pues al parecer, se habían percatado, del asunto en el que Eugenio se encontraba envuelto.

Desde aquella noche, no faltaba una, en la que no recibiera la visita de la señora Rafaela, acompañada de la Chochita, a la que dejaba en poder de Eugenio y el que nuevamente, comenzó a sentir los efectos de esas noches, en las que Adelita, se esmeraba en dejar a su amante, en calidad de limón de emolientero, sin fuerza, ni siquiera como para ir a dejarla, de regreso en casa de doña Rafaela.

En esos días, llego de la Costa,  un grupo de chicas, que después de haber estado trabajando allá, regresaban, para pasar una temporada junto a sus familiares. De entre este grupo, había una, que era pariente de la señora Rafaela y destacaba de entre el grupo de chicas de viaje, por poseer un cuerpo espectacular. 

La señora Rafaela, solicitó a los padres de Romelia, que era el nombre de su sobrina,  la dejaran quedarse en su casa; teniendo Eugenio, la oportunidades de conocerla, y pudo así, trabar amista, conversando con ella de continuo, quedándose muchas veces a solas y como en “arca abierta el justo peca”; los jóvenes se sintieron atraídos mutuamente, pero lo disimularon tan bien, que nadie se percató de ello y cuando llego la ocasión, la pasión se desbordó, ocurriendo lo que tenía que suceder.

Paralelamente a esto, que le ocurría a Eugenio con Romelia, Javier, primo de Eugenio, ya había conocido a Romelia con anterioridad y como ya dijimos que era bella y sabía mostrar esa   belleza,   no   pudo   menos   que   enamorarse    y    tratando    de aprovechar la circunstancia, que Eugenio  tenía  entrada  libre,  al entorno cercano de Romelia, hablo con él y le rogó, que intercediera por el, frente a la bella chica, para que le diera una oportunidad, de mostrarle cuanto la amaba. Y asó fue que cierto día, en el que celebraban  el  cumpleaños  de  Adelita,  se bebió más de la cuenta y todos, incluso Romelia, resultaron beodos.

 Eugenio, nunca pudo saber, como fue que sucedió, pero lo cierto fue, que de pronto se encontró, entrelazado en un apretado nudo de amor con Romelia y lo peor de todo fue, que la Chochita los encontró. Pero felizmente, llegó, cuando ya todo contacto íntimo, había concluido y conversaban, haciendo planes para el futuro, en el que por supuesto, Adelita estaba excluida.  Entre las brumas alcohólicas, Eugenio recordaba casi al amanecer, cuando despertó en la cama con Adelita, las últimas palabras de Romelia, al despedirse, diciéndole:

  -¡Eugenio!; espero que desde mañana, siempre y cuando claro esta, que me ames como dices, dejes de frecuentar esta casa y con más razón, la cama de la Chocha; iré a buscarte a la casa hacienda y planearemos nuestro futuro.
Eugenio, no recordaba con claridad, que era lo que había ofrecido a Romelia, porque unos momentos después que se despertara, la puerta del cuarto de la Chocha, en donde se encontraba con ella muy  abrazado, se  abrió   violentamente, empujada  por  Romelia, cuya silueta se dibujo en el umbral de la misma, pero solo dio media vuelta y se alejo diciendo:

  -¡Haaa ya!; esto era precisamente, lo que deseaba comprobar; ¡Chao!

Adelita, también despertó, sin llegar a comprender, con mucha claridad, lo que ocurría, pero si pudo ver y escuchar todo y muy alterada pregunto a Eugenio:
 
-¿Qué es lo que ha sucedido anoche entre ustedes?

A continuación; la Chochita, armó toda una escena de celos, amenazando con quitarse la vida y llego a tal extremo el escándalo, que la señora Rafaela, tuvo que intervenir, tomando partido por su pupila, debido posiblemente, a la directa participación que tenía, de las utilidades que obtenía, gracias a la generosidad de Eugenio y viendo Eugenio, el cariz que tomaba la situación, creyó conveniente favorecer a Romelia, introduciendo la duda, respecto a lo que había sucedido entre ellos, alegando, que solo conversaba, tratando de convencerla, respecto a las propuestas de su primo Javier, que estaba enamorado de ella y le había encargado que intercediera a su favor. La señora Rafaela, viendo la conveniencia, de eliminar a la rival de su protegida, haciendo posible el idilio, entre Romelia y Javier, primo de  Eugenio,  accedió, para  que  al  día  siguiente,  su sobrina y la Chochita, salieran al Número Ocho, lugar al  que  Eugenio  llevaría  a  su primo.

Previamente a  la  salida  concertada,  la  señora  Rafaela  hablo seriamente con Romelia, la que no queriendo malquistarse con la tía, acepto acudir a la cita, en buena  disposición  de  ánimo,  para dar una oportunidad  a Javier, de mostrar el amor que muchas veces le había jurado.
.
Cuando Eugenio, le dio a conocer a su primo, acerca de su gestión, como celestino con Romelia, ocultándole claro está, todo lo que había sucedido entre ella y él, este bailo de contento y fue entonces, cuando Eugenio, recordando que Javier, convivía ya con la señora Amelia, al mismo tiempo que lo hacía, con unas de las hija, de la profesora de la escuela de Chicches, le espetó la siguiente pregunta:

  -¿Y como quedaras con la señora Amelia?

  -Te la regalo socio
 
  -¿Y la hija, de la profesora de la escuela de Chicches?
 
  -También te la regalo socio; Romelia es un lote, que merece cualquier sacrificio; estuve rondando a esa chica, por largo tiempo y solo me respondía con desplantes; no se que cosa habrás hecho socio, pero te has ganado un poroto.

Y sin poder contenerse, abrazó a Eugenio, que avergonzado por la mala jugada, que había hecho al primo, evitó mirarlo frente a frente y procuró despedirse lo antes posible, pero antes, fue a ver a don Adolfito y le rogó, dejara salir a Javier a Bambas, para que almorzaran juntos al día siguiente.

Ese día, tal como habían acordado, Javier llego a la casa hacienda, antes de las once de la mañana y eufórico, continuó mostrando, su agradecimiento a Eugenio, que proseguía avergonzado, pero  tuvo  que  sobreponerse,  pues  sentía  que  el sentimiento de culpa, le encogía el corazón.

La  juventud  tiene  la virtud,  de  hacer  que  aquel que la  posee, olvide pronto los malos sentimientos, debido a lo cual, Eugenio, disculpándose consigo mismo, se sintió mejor, diciéndose:

  -Si es que cometí una deslealtad, al fin y al cabo, esta  servirá, para que mi primo logre su anhelo y esta tarde tendrá a la mujer que tanto deseó.

Cuando faltaba poco, para que el reloj de Eugenio, marque las dos de la tarde, hora que había sido fijada previamente, para el encuentro  del  cuarteto;  Eugenio,  en  compañía  de  Javier, se dirigió al Número Ocho, en donde encontró a la Chocha, jugando voleibol, en compañía de Romelia.

Desde el primer momento, del encuentro del cuarteto, Romelia mostró su descontento y enfado, apartándose del grupo y yendo a sentarse sobre una piedra, al borde de la pequeñas meseta, que conformaba el Número Ocho, lo que fue aprovechado, por Javier, para acercarse y trabar conversación con ella, pero de pronto, la Chocha, hecho la pelota a una chacra de maíz, que había al pie del Número Ocho y como si esta fuera una señal convenida, Romelia corrió tras ella y Javier, sin pensarlo un solo segundo, fue tras ella y fue entonces, cuando la Chocha tomo de la mano de Eugenio y lo llevo casi a rastras, hasta un lugar más alejado, desde donde era imposible, poder ver, que era lo que sucedía en la chacra de maíz, a donde se habían metido, uno en pos de otro, Romelia y Javier. 

Eugenio, aún deseaba a Romelia, pues estaba convencido, que esa chica, sería más leal en su trato con él, que lo que era la Chochita, pero no deseando perder toda opción, de tener un lugar seguro y en el, una chica que  lo  esperara, como  hacía  la  Chochita,  que   a   pesar  de  tener  muchos  amantes,  él  era   el  predilecto;  sabía,  que Romelia prefería mil veces, volver a la Costa, a quedarse allí.

Cuando la Chochita y Eugenio, regresaron al Número Ocho, encontraron a Javier y Romelia, Jugando michi sobre la tierra, utilizando como punteros, unas ramas de Shiraj y al ver a la pareja, que se acercaba a ellos, se pusieron a reír; todo rencor que hubiera existido, estaba olvidado y desde ese instante, se había formado, tácitamente un cuarteto, entre los que existiría, una relación de franca camaradería y desde ese día, Javier y Eugenio, hicieron planes de carácter nocturno, en los cuales, estaban consideradas, las salidas de La Chochita y Romelia con ellos, de la casa de la señora Rafaela, para ir a pasar la noche, en la casa hacienda.

Javier, aún era hijo de familia, debido a lo cual, para poder cumplir con lo planificado, respecto a la Chochita y Romelia, Eugenio tuvo que ir a la Esperanza y pedir permiso a sus padres, con el pretexto, que necesitaba a su primo, para que le hiciera compañía.

Desde ese día, todas las tardes salían los jóvenes, cabalgando cada uno de ellos, un caballo blanco, con los cuales, iban hasta la casa de doña Rafaela y haciendo subir, en la montura de cada uno  de  sus  caballos,  a  su  pareja,  montaban  ellos al anca y utilizando un camino secundario, que iba por el borde de las chacras, hasta la casa hacienda, que dicho sea de paso, se encontraba vacía a esas horas,  puesto  que previamente,

Eugenio, había dado órdenes a los sirvientes, para que se fueran a sus dormitorios temprano, cada pareja, ocupaba una habitación, en donde pasaban la noche, tranquilamente, sin que nadie osara interrumpirlos. Esta situación, se prolongó, durante algunas semanas, hasta que un día, Romelia anunció, que tendría que volver a Lima, en donde la esperaba su trabajo de mucama, en una casa de una familia de ricos, pues Javier, que como ya dije, era hijo de familia, no podía hacerse cargo de sus necesidades y ella, lo que buscaba, era quien se haga cargo de estas.

          

CAPITULO  VIII

LOS  CUARTETOS

El cuarteto había funcionado a la perfección, hasta que falto uno de sus puntales, lo cual les hizo pensar, que eso era fácil de remediar y buscaron la solución, tratando de encontrar alguna chica, que pudiera reemplazar a Romelia.

Después de hacer muchas propuestas a Javier, para reemplazar a Romelia, recibiendo siempre negativas, pues ninguna de las candidatas que Eugenio le proponía, le satisfacían, llegando el momento, en el que Eugenio vio a una chica, que era conocida con el mote de PULGA PRIETA y que estaba trabajando en la casa de la señora Rafael, la que desde hacía algún tiempo,  había recogido de Huayaocito, después que el padre la botara, al descubrir que estaba embarazada.

Eugenio y muchos de los alrededores, nunca pudieron saber, el verdadero nombre de esta chica, que la señora Rafaela guardaba celosamente, cuyo apodo, se debía, tanto al color de su piel, como a lo delgada que era, todo esto, unido a la agilidad, con la que acostumbraba moverse y realizar todos sus actos y pesar de los dos meses de embarazo que presentaba, Javier le dio su preferencia, para que sea ella, la que ocupara el lugar, que  Romelia había dejado vacante en el cuarteto.

Por eso fue, que después de hablar con doña Rafaela y esta dar su aprobación, nuevamente se volvió a conformar el cuarteto y todas las noches, los blancos subían con su  doble  carga,  desde la casa de la señora Rafaela, hasta la casa hacienda, en donde las dos parejas, vivían momentos de amor, que  los   trasladaban al  éxtasis;  eran felices, a pesar que según comentaron entre los primos, cada día estaban más débiles, debido, a que las energías de ambos jóvenes, no siendo capaces, de cumplir con las exigencias de sus eventuales parejas, tuvieron que recurrir a ciertas estratagemas, para no tener que verse envueltos, en el tratamiento devastador, que la Chochita, había querido aplicar a Eugenio, en los primeros días de su relación.

Una de estas estratagemas, que les dio magnífico resultado, fue la de decir a las chicas, que Javier tenía que cuidar a su padre, que se encontraba delicado de salud y que Eugenio, en reciprocidad con su primo, tenía que acompañarlo, debido a lo cual, solo podían conformar el cuarteto, tres veces por semana, secuencia, que les daba el respiro tan necesitado.

Si bien es cierto, que la situación de los jóvenes, mediante el uso de las estratagemas, que hemos descrito, les permitieron un descanso, en sus actividades sexuales, mejoraba a ojos vista, su aspecto general, en cambio, las noticias que le llegaban a Eugenio, respecto al comportamiento de su pareja, lo enfurecía de celos, pues según ellas, no existía un solo joven, que no estuviera en la lista de esta chica, por haber sido su amantes y si es que alguno se hubiera salvado, no descansaba, hasta lograr que así fuera..

En cuanto a lo referente al primo de Eugenio, este pronto perdió a la Pulga Prieta, que fue recogida por su padre, el que la llevo a la Costa, en donde posiblemente dio luz

El recuerdo de la Pulga Prieta, se perdió en la vorágine, de la azarosa vida de juventud, de los primos, pero quedo para siempre grabada,   la    imagen    de   dos    caballos  blancos,    subiendo, Bambas, bordeando las chacras y el camino real.

Este recuerdo era utilizado por Eugenio, para mofarse de su primo, delante se sus padres, sin que ellos se dieran cabal cuenta, de esto y fue así, como cierta tarde, en la que don Adolfito,  padre   de   Javier,   invito  a Eugenio, a tomar el lonche en la Esperanza, encontrándose también presente Javier, Eugenio sorprendió a su  primo, preguntándole:

  -¡Socio!;  ¿Cuándo  salen   los blancos?

El susto que Javier se dio, en aquella oportunidad, fue tan grande, que hasta se atragantó y mientras su padre, lo atendía muy preocupado, dándole golpecito en la espalda, para hacer que el aire vuelva a circular por su garganta, el, muy disimuladamente, lanzaba  torvas miradas de rencor a Eugenio, el cual, mediante grandes esfuerzos, lograba sostener la risa que lo ahogaba y que pugnaba por romper el cerco, que este le ponía, para manifestarse ruidosamente.

Una vez, que los primos y amigos, estuvieron a solas, Javier intento regañar a su primo, por poner en evidencia, cosas de su intimidad, como eran las relaciones, que habían mantenía, con sus enamoradas, entonces, Eugenio le refuto ese punto de vista, diciéndole:
 
  -¡Oye socio!; ¿Cómo se te ocurre, que otra persona aparte de nosotros, pueda siquiera imaginarse, que cuando hablamos de los blancos, lo hacemos en recuerdo de las noches aquellas, cuando conformábamos el memorable cuarteto?; ¡no pues socio!; ¡no te orines fuera del bacín!; ¿O acaso has dicho a tú papá, que salíamos en las noche con los blancos?

En cuanto Eugenio terminó de hablar, ambos abrazados, se dirigieron hacia la casa, riéndose a carcajadas y cuando don Adolfito, le preguntó a Eugenio, acerca del chiste, que tanto festejaban, esta pregunta, sorprendió en primer término a la pareja, pero luego, Eugenio salió del paso diciendo:

  -Recordamos de aquella vez, que se rompió la cincha de mi cabalgadura y yo, me caí del caballo, bien  sujeto a la montura.

Después de esto y teniendo como raíces, no solo esos capítulos, de devaneos amorosos en equipos, sino otros tantos inolvidables, ambos jóvenes se volvieron inseparables y fue así, que en cierta oportunidad, en la que fueron a Chilia, conocieron allí, al hijo del cura, que sin inmutarse, por tener al sacerdote de ese Distrito, como padre, lo disculpó preguntando:

  -¿Qué puede haber de anormal, que un cura tenga sus hijos?; ¿acaso no es un hombre como cualquiera de nosotros?; lo aberrante sería, ser hijo de un maricón o nacer por otro orificio, no destinado para ese objeto.

Cuando hacían el camino de regreso, Eugenio le preguntó a Javier, acerca del porque, a las mujeres de los curas, les decían mulas, ya que estas podían parir, en cambio las hibridas de yegua y burro o sea las mulas, no. Javier, como quién recita algo aprendido de antaño, muy
docto, hablo de la siguiente manera:

  -Existen muchos cuentos, muy difundidos algunos, de épocas  pasadas, asegurando, que estas mujeres, por ser causa del pecado mortal, en el que cae un sacerdote, al copular, desentendiéndose del juramento, que para ordenarse hizo, comprometiéndose formalmente, a   guardar   celibato. Durante  las  noches, cuando están  entregadas al más profundo sueño, se transforman en mula, a las que el demonio cabalga, correteando por los campos, en busca de las almas de  pecadores. Que son generalmente, aquellas personas recién fallecidas, y llenas de pecados, para llevárselas a los infiernos.

Eugenio, muy interesado, por  lo  que estaba  escuchando, que consideraba sumamente folklórico le prestó, toda su atención y este, en vista que Eugenio, continuaba pendiente de su palabra, prosiguió  hablando  de  la siguiente manera:

  -También cuentan por allí, que no solamente la mujer del cura, es cabalgada, durante las noches por Satanás en persona o sus lugartenientes, sino que también, las hijas del cura, recorren los caminos, transformadas en mulas, jineteadas por el diablo, que las llevan; “COMO ALMA QUE LLEVA EL DIABLO.

La narración de Javier, continuó, descubriendo a su primo, muchas anécdotas, tejidas alrededor, de este quebrantamiento, del juramente de los sacerdotes, respecto al celibato prometido, lo cual, trajo a   su   memoria,    los    muchos cuentos de brujas y duendes, contadas durante su niñez, por su abuela y sus hermanos mayores, que luego, ya adulto, examinó con mayor detenimiento, llegando a la conclusión, que la raíz de todas estas historias, no eran, sino pertenecientes al conjunto de medidas, tomadas por el clero europeo, para combatir, a los detractores de la religión católica y de paso, justificar los ajusticiamientos, llevados a cabo, durante la tenebrosa época, de la Santa Inquisición.

Los amigos, prosiguieron su camino, siendo propicia la ocasión, para que Eugenio, tergiversara el asunto y pensando en las tantas oportunidades, en las  que  viajando  por  lugares muy desolados, en especial, en aquella ocasión, en la que se fue caminando hasta

la Selva de San Martín y en la que hubo momentos, en los que le hubiera gustado, que esa ley de la transformación, de una mujer a mula y viceversa, se hubiera verificado, transmutándose, de mula a mujer y de mujer a mula, la cabalgadura que llevaba consigo, en cada oportunidad en la que así lo deseara, con tan solo tocarle el párpado, de modo tal, que hubiera tenido, una mula durante el día, que se transformaría en mujer, durante la noche y de ese modo le sirviera como hembra en las noches, para pasarla muy feliz y como cabalgadura durante el día y si acaso, como le ocurrió en ese viaje, en el cual fue hasta Tocache y encontró una palizada, que no le permitió proseguir en mula, de inmediato, ejecutaría el cambio, para que una vez  transformada  en mujer, pudiera de se modo, pasar por encima de la palizada, sin tener mayores problemas

Todas estas elucubraciones, iba confiando Eugenio a Javier, cuando de pronto se le ocurrió, que para manejar mejor la situación, podría utilizarse una especie de llave maestra, por medio de la cual, la transformación de mula a mujer y viceversa, se pudría verificar, en el instante deseado, con solo, por ejemplo, tocarle el párpado, bien sea a la mula o a la mujer, para que se lleve a cabo la transformación.

Así riéndose de esa loca idea, no se apercibieron que avanzaban, hasta que de pronto estuvieron, delante de la portada de Bambas, en donde se despidieron.

Unos días después, Eugenio, tuvo necesidad de ir a Huaylillas, para llevar a cabo algunas diligencias, lo que puso en conocimiento de su primo Javier, que sintiéndose obligado, por la amistad que existía  entre  ellos,  se ofreció para acompañarlo y partieron juntos.Durante el caminó, tanto de ida como de regreso, no ocurrió nada digno de ser narrado, pero en cambio, cuando llegaron a Huaylillas, fueron invitados para almorzar, en casa de un señor, amigo y pariente de los dos, invitación, que fue aceptada de inmediato por ambos.
                
Gonzalo, que era el nombre, del anfitrión que con motivo de su cumpleaños, había organizado ese ágape, también había invitado a una digna señora, muy bella y culta, tanto, que cuando fue presentada a nuestros amigos, sintieron cierta cortedad, pero supieron disimularla y cuando fueron llamados, para ocupar un asiento, en la mesa del cumpleañero, Eugenio escogió, un lugar frente a su primo Javier, en cambio a este, le toco en suerte, sentarse junto a la dama en mención y a raíz de esto, comenzó ha hacer muecas y gestos a Eugenio, como dándole a entender, que había ganado un prestigiado lugar.

Momentos antes, de ir a ocupar sus asientos, en la mesa del señor Gonzalo, nuestros amigos, se enteraron, que la señora Rebeca, era hija de un cura, que ejerciera su ministerio, algunos años antes, en el Distrito de Parcoy, pero esto, no creo que fuera un demérito y si un mérito, el hecho que esta señora, poseyera una cultura superior, sin competencia aún por varón alguno y en muy pocas oportunidades, vista en la Provincia de Pataz, cosa que demostró en esa ocasión, al llevar todo el peso de la conversación, dejando embelesados, a todos los que participaron de ese almuerzo.

Hay que tener en cuenta, que cuando una persona, posee un alto grado cultural y conocimiento de muchas ramas de la ciencia, por  no  decir  todas,  lo  demuestra,  cuando  logra  acaparar  la atención de todos  los  presentes  a  una  reunión , a  pesar  de  los diferentes grados culturales de estos y eso precisamente fue, lo que logro hacer esta señora.

Una vez, que hubo consumido todo lo comible, los invitados, se dedicaron a beber con más entusiasmo y muchos, pasaron a un salón adyacente al comedor, en donde además de beber, comenzaron a bailar.

Aprovechando, que el asiento a un costado de Javier, se encontraba vacío, Eugenio lo ocupó y desde este privilegiado lugar, continuó escuchando, lo que la señora Rebeca, conversaba con su primo, que como embrujado, no perdía palabra de las opinión, que esta señora vertía, respecto a la teorías de la Relatividad, de Albert Einstein, aplicada a las diferentes facetas de la vida.

Fue entonces, que Eugenio, pegándose lo más que pudo, a su primo, depositó en su oído, muy discretamente, las siguientes palabras:

  -¡Por el amor a Dios, no le vayas a Tocar el párpado!

Posiblemente, tanto Eugenio como Javier, se imaginaron a la señora transformada de pronto en mula, saltando por sobre la mesa, apasionando con esta actuación, un gran alboroto.

Poco le faltó a Javier, para que en la ofuscación, el vaso de cerveza que tenía en la mano, fuera a parar a la faldas de la ilustre señora Rebeca y una tos incontenible, que de pronto le sobrevino, lo obligó a retirarse, alarmando, a los que se entretenían bailando.

Como es natural, Eugenio preocupado, por los  resultados  de  su broma, siguió a su primo hasta un patio interior, en casa del señor Gonzalo y cuando intentó socorrerlo, este muy enojado lo rechazó y una vez que recobro la facultad del habla, ante la insistencia de su primo, que trataba de explicarle algo, de lo relacionado a lo que le había dicho el oído, Javier lo reconvino diciéndole:

  -¡Que animal eres!; ¿como se te ocurre, hablar del párpado de la señora, delante de ella?; ¿Y si se da cuenta?

Eugenio;  haciéndose el inocente y mostrando en forma por demás patética, su buena voluntad, replico:

  -¡Hay socio!;  ¿como puedes decir eso?; ¿acaso tú le dijiste a la señora Rebeca, acerca de nuestra conversación del párpado, como llave de transformación, para las mulas?

Javier comprendió, que todo el problema, solo era él,  ya que en realidad, tal como ocurrió con los caballos blancos, nadie sabía de sus locuras y menos aún, a lo que se referían.

Algo más calmado, acompañó a su primo, hasta el interior de la casa, en donde se había generalizado el baile y la señora Rebeca, con algunas copas de más, demostraba, que también ella, sabía mover el cuerpo, cuando la ocasión llegaba.

Más tarde; Eugenio bailando con la señora Rebeca,  se  cogía  de continuo el ojo y mirando a Javier, con mucho disimulo, le hacía señas, como indicándole que esa acción no daba resultado alguno con la señora y seguidamente, ambos se reían, hasta más no poder, pasando como consecuencia de esto, un gran momento de jocosidad.

Pero lo más costeante del asunto, fue, cuando algunos de los bailarines, creyendo que ese ademán de cogerse el ojo, era algún paso del baile, también lo imitaban y no paso mucho rato, para que todos, resultaran haciendo el mismo además, inclusive la misma señora Rebeca, dando ocasión, para que los jóvenes, festejen esto jocosamente, sin que nadie llegara a enterase, del verdadero significado de esa acción.

Cuando Eugenio y su primo Javier, regresaban de Huaylillas, cansados y afectados por la flatulencia, que les había dejado como saldo, los excesos de bebidas y comidas, a los que habían sometido a sus cuerpos, durante la celebración del cumpleaños del señor Gonzalo, Javier confió a Eugenio, el deseo que tenía de casarse muy pronto, con una señorita de Buldibuyo, emparentada con Sarita, a lo que Eugenio le dijo:
 
  -Respecto a tú matrimonio, te diré, que solo tú y ella, pueden decidir; si la amas y ella te ama, a buena hora.

CAPITULO  IX

AMORES DE HACENDADOS

Eugenio; solo en algunas ocasiones, visitaba a la Chochita, distanciándose de ella, cada vez más, pero este proceder, al parecer, le agradaba a la aludida, siempre y cuando la asistencia del joven hacendado, no dejara de llegar.

Cierto día, llegaron de la Costa, dos hijos ya adultos de la señora   Rafaela, que de inmediato, engrosaron las filas de los jóvenes, con los que la Chochita tenía sus devaneos amorosos y Eugenio, ante lo inevitable, cortos definitivamente relaciones con ella, asi como su asistencia económica.

La Chochita, ante esta actitud, inicio una serie de movimientos, ayudada por doña Rafaela y otras personas,  pretendiendo, volver a recuperar a Eugenio y sobre todo su protección económicamente. 

Eugenio; volvió a su vida habitual, dedicado a los trabajos en el Naranjal, tronqueando y sembrando, pero ya no con el mismo entusiasmo pasado, por los muchos fracasos, a consecuencia de las sequías, que azotaban a la Sierra del Norte del Perú, por ese entonces, dejándole un saldo trágico, económicamente hablando.

Durante las épocas de estío, cuando faltaba el agua, necesaria para los trabajos agrícolas y como consecuencia de esta carencia, el trabajo y la vida fitógena, se paralizaba, Eugenio  llenaba  estas  horas  de  ocio,  tocando  su guitarra o leyendo y releyendo algunas obras que lo merecían; pero también, estaba pendiente, de los trámites de sus celestinos, a los que pagaba, para que le consigan entrevistas amorosas, con algunas jovencitas de los alrededores, especialmente, con aquellas, que habiendo regresado de la Costa, para pasar unos días con sus familiares, necesitaban   dinero, para poder regresar a integrarse a sus trabajos, siendo por esta razón, más asequibles, a las pretensiones del joven Eugenio.

Respecto a la Chochita, se encontraba sumamente extrañado, del silencio que había dado en guardar, pues hacía algún tiempo, que no recibía sus papelitos, pidiéndole que fuera a verla y él, dolido por su liviandad, había dado con ignorarla, a pesar, que no podía olvidarla totalmente.

Era un día soleado y Eugenio se encontraba sentado, sobre una perezosa, en medio del patio de la casa hacienda, gozando, de las travesuras, de los personajes de Charles Dickens, cuando de pronto, le pareció escuchar, que alguien, cantaba desde el camino, interpretando una chuscada, como aquellas que suelen cantar, para las despedida y cuando levantó la vista, vio, justamente frente a donde se encontraba y en el camino real, un grupo de viajeros, que se trasladaban montados a bestia unos, mientras, iban a pie y entre los que iban a pie, distinguió claramente a la Chochita.

Entre los abestiados,  reconoció a los hijos de la señora Rafaela, los que posiblemente, regresaban a sus labores en la Costa, relacionando de inmediato este hecho, con el retorno de los muchachos a la Costa, en donde tenía entendido, estaban trabajando y como era lógico suponer, necesitaban alguien que los   atienda  y   esa,   era   precisamente   la   Chochita,  a  la  que llevaban en esa oportunidad con  ellos,  para  que  les  preste atención hogareña, incluyendo otra de tipo relajante, especial para jóvenes como ellos

Una nube roja de ira, que pronto fue reemplazada, por un hondo pesar, lleno al joven Eugenio, al imaginarse, la forma de atención, que los hijos de la señora Rafaela, esperaban de la Chochita  y  sintió  celos,  si,  terribles  celos,   pero   no  quiso, continuar haciendo cálculos, al respecto, puesto que se sentía sumamente ofendido y sin comprender lo que leía, para guardar las apariencias, continuó haciéndolo hasta que pasados unos minutos, no pudo resistir más y arrojo lejos a Dickens, gritando:

  -¡Villachica!; ensilla mi mula; ¡pero ya!

Cuando subió sobre su cabalgadura, pensó en dar alcance al grupo de viajeros y pedirle a la Chochita, que lo acompañara, para reiniciar sus relaciones amorosas,  pero  en  cuanto  llego al camino, se dio cuenta que lo que intentaba hacer, no estaba al nivel de su condición, así que tomo el camino a  Chicches  y una vez allí, fue a ver a su compadre Carlos, el que se encontraba ecuánime y con el y su comadre Clarita, almorzaron, haciendo algunas reminiscencias del pasado, que lograron calmarlo, olvidando los pesares que lo agobiaban.

Pasaron los días, hasta que llegó a su conocimiento, que su primo Jorge, había llegado de Trujillo, reiniciando su vida de soltero en La Colmena, en donde estando el patrón presente, la actividad creció, al unísono con la concurrencia, de algunos comerciantes y personas, que deseaban hacer algún trato.

En  esos  días,  se  dio  la  coincidencia,  que  la  señora  Teresa, esposa del  ingeniero  Juvenal,  el  hacendado  de  Aguambuco,  viajó a Trujillo, con el fin de atender a sus hijos, que se encontraban estudiando y como resultado de este acontecimiento, don Juvenal se quedo solo.

Don Juvenal, aún era joven y aunque no mucho, tenía deseos propios de los hombres y no encontró mejor compañía, para echar algunas canitas al aire, que su dilecto sobrino Jorge y con él, decidieron correr mundo, para llevar a cabo, fantasías, que como una segunda oportunidad, se le presentaba.

Conformando una pareja, en busca de los mismos objetivos y no deseando dejar oportunidad pendiente, para que las malas lenguas, tuvieran tela suficiente, como para contar, optaron por fijar su campo de acción, algo distante a sus lares, debido a lo cual, enviaron a sus embajadores, en busca de terreno fértil, en donde poder sembrar, la semilla, extraída de sus corazones, hambrientos  de  afectos.

Los celestinos, asalariados por don Jorge y don Juvenal, cubrieron en muchas oportunidades, la distancia desde el valle del  Apushallas,  hasta  el pueblo de Chilia, en donde primero, con misivas llenas de promesas y  luego,  con  algunos  presentes, tocaron puertas y ventanas, hasta que al fin, regresaron con noticias positivas.

Acordaron, hacer un primer viaje como  de reconocimiento, para lo cual, se organizó una pequeña fiestecita, muy íntima por supuesto, que como preámbulo, tuvo la aceptación de parte del ingeniero, que también aceptó el hospedaje que le ofrecía la señora viuda, en cuyo domicilio se llevaba a cabo la fiestecita mencionada, para cuya celebración, se buscó un pretexto cualquiera.
-                                  
Jorge, el que, durante sus encuentros amatorios, no pudiendo estar presente, busco otros lugares, en donde apacentar y fue así, que cierto día, con motivo de una fiestecita, que celebraban en el pueblo de Jucusbamba, distante solo, a una legua de Chilia, mientras el tío se refocilaba, en compañía de su amante, el asistió a Jucusbamba.

En esa ocasión, fue cuando Jorge, el hacendado de La Colmena, conoció a una hermosa mujer, casi tan alta como él y de un porte imponente, que de inmediato le lleno el ojo y ni tardo ni perezoso, inicio el asedio, con tal suerte, que lo mismo que él había sentido por esa mujer, ella también lo había sentido por él y en cuanto se presentó la ocasión, resultaron comprometidos, jurándose amor eterno.

Cuando Jorge no estaba con la señorita Jesús, que era el nombre de su amada, ambos sufrían lo indecible y solo se contentaban, bebiendo el aire, el uno de la boca de la otra y viceversa.

Pero Jorge, tenía obligaciones, para cumplir en su hacienda, debido a lo cual, todos los viernes, salía de La Colmena y montado  en  una  mula,  que  había  comprado con el único propósito, de que lo transportara con seguridad, hasta Jucusbamba, a cualquier hora del día o la noche, para cobijarse en los brazos de la mujer que anhelante lo esperaba, emprendía viaje.

El tiempo transcurría y Jorge, arrullado por los cantos de sirena, del amor que la bella Jesús le prodigaba, veía peligrar su libertad y como siempre había dicho, que él; “NO ERA RATON DE UN SOLO HUECO”, dio en dedicarse a practicar, algunos escarceos amorosos, con otras damas,  que  dieron  como  resultado, que  la

La  viuda, joven aún, preparo una habitación, para que en ella durmiera su huésped, no obstante, esa cama, nunca fue utilizada, pues el agasajado prefirió, pasar esa y muchas otras noches más, entre los cálidos brazos de la hermosa viuda. 

A pesar de los cuidados  que  se tomaron, como para que todo sea tan discreto, de modo que nadie pudiera enterarse, de los escarceos idílicos, entre el ingeniero y la señora Rosa, que era como se llamaba la bella viuda de marras, pronto estuvieron circulando en corrillos y toda clase de reuniones, las noticias, aumentadas por supuesto, del intercambio de fluidos, que llevaban a cabo, entre los enamorados otoñales, en las oportunidades, en las que don Juvenal, llegaba a Chilia.

Pronto, se enteraron, los hijos ya jóvenes de la señora Rosa, de lo que venía sucediendo, durante los ocultos encuentros, entre su madre y su huésped y fue así, que acordando, llevarse con ellos a la Costa, a la promotora de sus días, desagilizando las lenguas mal intencionado y con este proceder, dejaron al pobre enamorado, sin tener donde recurrir para consolarse de su soledad.

No obstante, ya la costumbre de filtreos y concertaciones ocultas, se había establecido y nuevamente, se pusieron en movimiento, los celestinos contratados, que trabajaron finamente y  picaron  el  prurito  de  la  ambición,  de  una  chica, no menos de veinte años que el ingeniero; además,  existía la curiosidad, por saber como se desempeñaría    en   lides   amorosas, el  señorón pretendiente, curiosidad en realidad del sobrino, para lo cual concertaron una cita, para poder llevar a cabo la realización de las actividades amatorias, mediante un encuentro casual, en la cual llegarían a un acuerdo, para conformar una pareja eventual.

Por esos días, dio la casualidad, que un señor de nombre Felipe, rico comerciante chiliano, celebraba su cumpleaños y para la ocasión, organizó un almuerzo, que finalizaría, con una nocturna reunión  danzante. 

Figuraban, en la lista de invitados, los personajes más visibles de la localidad, así como sus familiares y como es lógico suponer, el señor Felipe, fue influenciado por los emisarios del señor Juvenal, para que invitara a la señorita Marenga, así como al ingeniero y fue así, que todo se arregló, para que la pareja se encuentren durante esa invitación, en forma por demás casual.   

La señorita Marenga, había sido muy bien educada e instruida, en muy buenos colegio de la Costa, pues su padre, rico hacendado, en mejores épocas, no escatimo centavos, para invertirlos en pulimentar a su hija, debido a lo cual, pudo sostener, una alturada y animada conversación, con el ingeniero, durante todo el tiempo, en el que la invitación transcurrió y no solo eso, sino que resultó tan ameno el diálogo, que don Juvenal, quedo profundamente impresionado tan linda e instruida dama, prometiéndose, no perder la ocasión, para ahondar esa naciente amistad.

Poco antes, que los últimos invitados, se retiraran a sus domicilios, ahítos de comida y bebida, don Juvenal, aceptó la invitación, de la madre de la señorita Marenga, para hospedarse en su domicilio, cuando le dio a conocer, que se había tomado la libertad, de prepararle un aposento, en su domicilio.

No se puede saber con exactitud, que día fue aquel, en el que se inició el idílico encuentro, que fuera el  comienzo  de  una  serie de  encuentros  de  cálido  ambiente,  que  restó   al   aspecto   del ingeniero, algunos años, pero  lo  que  si se  pudo  determinar fue, el hecho que, un apasionado coloquio amoroso vivió esa parejita, hasta que un aciago día, como dijera un poeta: La muerte la celosa; por ver si me querías, como una margarita de amor te deshojo.

Si, la señorita Marenga, dejo este mundo, apaciblemente, cuando el corazón le fallo, siendo encontrada ya cadáver, una aciaga mañana, sobre su cama. El ingeniero Juvenal, por discreción, no asistió  al funeral, pero envió, un hermoso arreglo floral, confeccionado con flores silvestres, en el cual, había una tarjeta que decía: -“Ten por seguro que nos volveremos a ver” La tarjeta no llevaba firma, ni siquiera un indicio de su procedencia, pero nadie necesitó, algo que indicara, quién era la persona que lo había enviado.

El   hombre,   de    esa    manera maltratado en su otoñal amor, buscó en otros labios, la ternura, que calmara la sed, dejada por su amada Marenga, pero cansado de deambular, aposentos extraños, percibiendo claramente, frígidas, detrás de la cual, estaba el interés el vil metal, comenzó a pensar en ir a radicarse a Trujillo, para lo cual, inició sus preparativos.

Cierto día, llegó una notificación de la Oficina de Reforma Agraria, en la que le daban una semana de plazo, para hacer entrega a una comisión de esa institución, su hacienda, siendo esta, la gota que colmó la copa y mediante la cual, precipitó su  decisión de viajar y dejando un administrador, partió. El compañero inseparable  del  ingeniero   Juvenal,   era  su  sobrino

Jorge, el que, durante sus encuentros amatorios, no pudiendo estar presente, busco otros lugares, en donde apacentar y fue así, que cierto día, con motivo de una fiestecita, que celebraban en el pueblo de Jucusbamba, distante solo, a una legua de Chilia, mientras el tío se refocilaba, en compañía de su amante, el asistió a Jucusbamba.

En esa ocasión, fue cuando Jorge, el hacendado de La Colmena, conoció a una hermosa mujer, casi tan alta como él y de un porte imponente, que de inmediato le lleno el ojo y ni tardo ni perezoso, inicio el asedio, con tal suerte, que lo mismo que él había sentido por esa mujer, ella también lo había sentido por él y en cuanto se presentó la ocasión, resultaron comprometidos, jurándose amor eterno.

Cuando Jorge no estaba con la señorita Jesús, que era el nombre de su amada, ambos sufrían lo indecible y solo se contentaban, bebiendo el aire, el uno de la boca de la otra y viceversa.

Pero Jorge, tenía obligaciones, para cumplir en su hacienda, debido a lo cual, todos los viernes, salía de La Colmena y montado  en  una  mula,  que  había  comprado con el único propósito, de que lo transportara con seguridad, hasta Jucusbamba, a cualquier hora del día o la noche, para cobijarse en los brazos de la mujer que anhelante lo esperaba, emprendía viaje.

El tiempo transcurría y Jorge, arrullado por los cantos de sirena, del amor que la bella Jesús le prodigaba, veía peligrar su libertad y como siempre había dicho, que él; “NO ERA RATON DE UN SOLO HUECO”, dio en dedicarse a practicar, algunos escarceos amorosos, con otras damas,  que  dieron  como  resultado, que  la prueba del cariño que le tenía y después de muchos dimes y diretes, resultaron huyendo de la casa de los padres de Jesús, quedando constituidos en pareja, que solo esperaban el reconocimiento oficial, de Dios y los hombres, puesto que comenzaron a convivir, como marido y mujer, en la casa de un buen hombre, de la campiña  chiliana,  al  que Jorge, le dio algún dinero, para que se la cediera, por una semana.

Al cabo de esa semana, aprovechando, que su pareja dormía apaciblemente, después de una activa noche de amor, Jorge, salió sigilosamente, ensilló su mula y partió como alma que lleva el diablo, en pos de la soltería, que lo aguardaba en La Colmena.

La pobre Jesús, al despertar, se encontró, con el dueño de casa, que le exigía, desocupe su vivienda de inmediato, por haberse cumplido, el término del contrato, firmado con don Jorge, debido a lo cual, recogiendo, los pocos trapos que había llevado con ella, fue  casi arrastrándose, hasta la casa de sus padres,  en  donde espero inútilmente, el retorno de su amante y cansada al fin, convencida de la burla, de la que había sido objeto, decidió quitarse la vida.

Antes de llegar a esta decisión fatal, Jesús estuvo orando, clamo a Dios y a todos los santos, para que el hombre al que ya consideraba su esposo, regresara arrepentido, de su mala acción, de la que la había hecho objeto y la recogiera y si es que no deseaba casarse, al menos la tuviera como amante, en algún lugar, en donde pudiera verlo todos los  días,  para  amar  y  ser amada, con la misma intensidad, con la que lo había sido, durante aquella venturosa semana, en la que pasaron unidos, en cuerpo y alma.

En su casa, la madre y los hermanos, pues padre no tenía, no  le dijeron nada, pero ella, se sentía tan culpable, como el vil hombre, que se había burlado de ella, en forma tan alevosa, cuando confiada en la caballerosidad, de aquel hombre, descendiente de tan alta alcurnia, se dejo llevar, por la adoración, que sentía por él y después de pensarlo durante toda la noche, cuando los gallos anunciaban la llegada del nuevo día, alisto una cuerda y con ella se colgó, de una viga de su dormitorio.

Para felicidad de la familia y especialmente de Jesús, la soga no corrió, casualidad unida a la mal calculada altura, hecha por la  suicida, fueron los factores suficiente, como para que la caída no la desnuque, quedando de puntillas, parada en el suelo, pendiendo de la viga, con la soga al cuello. Los parientes, al escuchar el rumor, ocasionado, por el pataleo que Jesús, con las ansias que la asfixia y su instinto de conservación natural, la obligaban a ejecutar, fueron hasta su aposento y al verla en tan peculiar situación, colgada con una soga al cuello, se apresuraron a descolgarla, con vida aún.

Después de esta traumática experiencia, Jesús se vio obligada, a guardar cama, durante una semana y a continuación, viajó a Trujillo, para someterse a un tratamiento siquiatrico, después del cual, logro encausar su vida y consiguiendo un hombre, que la supo aquilatar, en su justa valía, fue felizmente casada, llegando a tener dos hermosos hijos, olvidándose  de  ese  amor de adolescente, que casi le costara la vida.

En cuanto a Jorge; el día, en el que dejando a Jesús, en casa ajena, abandonada a su suerte, burlada en lo más íntimo de su ser, llegó a La Colmena, yendo luego hasta la hacienda de su tío, para narrarle, acerca de su última  aventura amorosa, como si   lo  que acabara de hacer, fuera una hazaña, digna de un semi dios o de un héroe de la antigüedad, pero se dio con dos palmos de narices, pues don Juvenal, que era todo un caballero, lo reconvino, haciéndole ver, que lo que acababa de hacer, era una vil canallada, que se podría catalogar como indignante para su prosapia, de la que si llegara el caso, que su abuelo o bisabuelo, resucitarían, volverían a morirse, llenos de vergüenza, por tener un descendiente, capaz de acciones de la naturaleza, que él había cometido.
-
Gracias a los regaños del tío, Jorge llegó a darle el verdadero valor, que merecía su vil proceder  y sobre todo del daño que había ocasionado y muy avergonzado, fue a esconderse en la casa  de su hacienda.

Con unos pongos, mando llamar a sus primos, entre los que se presentaron, Eugenio, Javier y los hermanos Walter y Sergio Cuba, que al verlo tan deprimido, intentaron levantarle el ánimo, con chistes narraciones jocosas.

Se encontraba el grupo ya mencionado, reunido en la sala de la casa hacienda, cuando llegó la noticia del suicido de Jesús, lo que acabo de exacerbar los ánimos y Jorge no sabiendo que otra cosa hacer, le rogó a su primo Javier, para que fuera en su mula, hasta Jucusbamba y averiguara, que cosa de cierto había en las noticias recibidas. 

Desde la hora en la que partiera Javier, en busca de noticias,  el grupo de condolientes, permaneció junto a Jorge, tratando de reconfortándolo y sobre todo, darle  compañía, hasta que ya de noche, vieron la luz de una linterna de pilas, que hacía señas, desde el Alto de  los  Guargos.

Jorge,  con la certeza que se trataba, de su correo enviado, que  regresaba,  después de haber cumplido su misión, grito hasta desgañitarse, gritos que si bien no fueron entendidos por Javier, al menos, comprendió la necesidad, que tenía de transmitir el resultado de sus indagaciones, por eso fue, que a todo pulmón contestó:

 -¡¡Vive! Jesús vive!

La   alegría,  de encontrarse libre  de culpa,  por  ser el factor incidental,  de un suicidio, hizo saltar a Jorge de alegría, como nunca antes quizá, lo había echo y junto con él, todos festejaron, bebiendo y bailando entre hombres, dejándose escuchar de vez en cuando, las vivas, que los presentes lanzaban y que más o menos decían así:

  -¡Viva Jesús!; ¡viva por siempre!


CAPITULO  X

REFORMA  AGRARIA

Desde hacía algunos años, habían llegado noticias, que una Ley de Reforma Agraria, se debatía en el congreso de la República, cosa que tenía sin cuidado, a los hacendados, debido a la ya sabida lentitud, con que se llevaban a cabo, las discusiones de leyes, que nunca llegaban a ser aprobadas

No obstante; en esa oportunidad, un hermano de don Rafael, que trabajaba como asesor en el gobierno central, le paso la información, que en esa oportunidad, si se iba a dar una ley, que a la larga, perjudicaría a los hacendados, sobre todo, a los que poseían, grandes extensiones de tierras, mal trabajadas y como ya he comentado, en alguna oportunidad, en la Provincia de Pataz, no existían haciendas, que estuvieran bien trabajadas.

La madre de Eugenio, aconsejada por su esposo, comenzó a vender algunas tierras, escogiendo de preferencia, aquellas que   era notoriamente, muy pobladas.
También se practico, la política de preferencia, para con los peones y yanacones de la hacienda, dándoles facilidades, para que puedan pagar, recibiendo no solamente dinero en efectivo, sino también animales o cualquier otra cosa de valor.

En esta política de ventas, también intervenía, el recuento de los años de servicio, que los obreros, habían prestado en la  hacienda  la hacienda, ellos como  sus padres  y  hasta  sus  abuelos. Esta modalidad de ventas, origino una reacción de crítica, del resto de propietarios de tierras, de la Provincia, que llegaron a calificar de locos, tanto a la señora María, como a su esposo e hijo, pero el tiempo, se encargaría, de dar la razón, a la propietaria de la hacienda Bambas, cuando llegó a conocimiento de todos, que la Ley de la Reforma Agraria, era un hecho.

 Volviendo al asunto que nos ocupa, diré, que para que estas ventas, fueran legales o sea, reconocidas por las autoridades, debían ser refrendadas por un notaria, debido a esto, fue que la señora María, envió por el notario de Tayabamba, que en cuanto recibió el recado, viajo de inmediato, instalando su oficina, en un cuarto, que para ese objeto se le cedió, en la casa hacienda de Bambas.

El PAJARITO; que era como conocían, a este peculiar personaje, que lucía una estrafalaria indumentaria, que hacía juego con su personalidad, todo lo cual, bien podría encajar perfectamente, en algún personaje de Dostoievski, en especial en aquella titulada; “Los Hermanos Karamazof”, encarnando aquel  de nombre “Pavel Pablevich”, por lo ridículo de sus poses y la descripción del atuendo, que según el autor, lucía este
.
Para comenzar y llevar a cabo, una descripción más o menos real, de su atuendo, diremos, que si bien llevaba, una camisa de lana a cuadros, de uso común en esa época y en ese lugar, en cambio, llevaba un pantalón de montar, con los bombachos de los    costados,    desmesuradamente   amplios   y    unas   botas relucientes, hasta la exageración, que a costas de tanto frotamiento recibido, a través de los años,  presentaban  manchas,

de tonos diferentes, del color marrón original, del que eran y posiblemente habían sido; una bufanda roja, le cubría el cuello y  encima de todo esto llevaba, una casaca gruesa, de lana marrón, que le llegaba hasta un poco más debajo de la cintura, lo cual me traía a la memoria, la moda aquella, que imperó en Lima, años atrás, cuando dieron en usar, unos ternos, cuya altura de los sacos,  solo  llegaba,  por  encima del lugar, en donde termina el honesto nombre de la espalda.

Este era tal como, la casaca que usaba el Notario Pajarito, pero esta moda, no permaneció en vigencia, por mucho tiempo y a los que persistieron en usar esos saquitos, les decían que era; “SAQUITOS DE CORRE QUE ME CAGO”, lo cual daba pábulo  a  que  se  discutiera  acaloradamente,  pasando  de las palabras altisonantes,  a las agresiones verbales y de estas, a las físicas, llegando muchas  veces  a  degenerar,  en  batallas  campales, en las que intervenían familiares y amigos, de ambos bandos.

Al tomar proporciones de asonada, llegaba la policía, que dejaba en las calles, en donde se habían producido los hechos, contusos y gran cantidad de palos y piedras, utilizados cono armas ofensivas y defensivas, por los protagonistas de tan insólitos actos.

Solo faltó, que mediante un decreto presidencial, se  prohibiera el uso de tales prendas, pero al parecer, los fanáticos usuarios de ellas, desistieron, presionados por las personas de su entorno, que aseguraban, que de persistir en el uso de esa prendas, los arrojarían de sus casas y también de sus barrios y como  tanto  sus   compañeros   de   trabajo,   como   sus   jefes, repudiaban dichas prendas, les pusieron como una espada de Damocles, la seria advertencia, de dejarlos cesantes y retirarle hasta el saludo, llegando al extremo de  ignorándolos, en caso persistieran en el uso de aquellas prendas.

Volviendo al personaje que nos ocupa, solo nos  queda por mencionar, su prenda de cabeza, la cual consistía, en un sombrerito hongo, de esos que en un tiempo ya distante, de la era Victoriana, estuvieron de moda, en la vieja Inglaterra, expandiéndose la costumbre de esta moda, por toda Europa.

Pero no hubiera sido nada extraño, el usar un sombrero como aquel, si no fuera que esa prenda de cabeza, acompañada   por   el  atuendo, como el  ya descrito,  usado por  el Notario y que para  ridiculizar aún más su presencia, era mucho más pequeño, que la cabeza del usuario, que dicho sea de paso, si se le decía cabezón, creo que el apelativo se hubiera quedado corto.

Persistiendo en la referencia  a la cabeza del Notario, tendremos que decir, que era varios números más grande, que la que correspondería, al resto del cuerpo con el que se mostraba; pero ya que hemos hablado, de la cabeza de este ilustre personaje, proseguiremos describiendo, algunas partes de su anatomía, que eran por demás inusuales y en tal situación, caían sus ojos, verde oscuros, pero saltones, hasta dar la sensación, que en cualquier momento iban a saltar fuera de sus órbitas, debido a lo cual, cualquier médico, interesado en su integridad, le recomendaría, no estar presente en situaciones, que ocasionen asombro extremado.

Ahora bien; no solo su presencia, era objeto de asombro, sino que a todo lo descrito, lo acompañaba, la expresión que daba al conjunto de su fisonomía, con sus ojos saltones, que hacían presumir, en algunas ocasiones, estar frente a un loco de atar, refrendado más aún esta opinión, las narraciones que hacía, de diferentes   sucesos,   acaecidos   durante   su   vida,  debido  a  la

Las ventas, se fueron llevando a cabo, con el concurso primero de don Rafael, oficiando de mensurador y Eugenio, como ayudante, pero cuando don Rafael tuvo que ausentarse, Eugenio, con lo que había aprendido de él, prosiguió con las mensuras y de ese modo, procuraban ganarle al tiempo, pues según   informes   fidedignos,   recibidos   del  hermano  de  don Rafael, esa ley de Reforma Agraria, debería estar aplicándose,  en el perentorio plazo de un año.

En forma paralela a estos acontecimientos, otros merecedores de ser mencionados, se venían sucediendo en el valle y los alrededores y uno de estos fue, que era cierta la confesión, que Javier le hiciera a Eugenio, respecto a que estaba enamorado, primera, vez de verdad, debido a lo cual, todas las semanas viajaba Buldibuyo, en donde pasaba no menos de un día, para visitar a su adorado tormento.

Javier, había inquietado a Eugenio, en varias oportunidades, para que lo acompañara a visitar Buldibuyo, pero este, había declinado la invitación, en todas las oportunidades, debido a que no deseaba encontrarse con su pasado; más de pronto, surgió una razón poderosa, como para ir a Buldibuyo, cuando simultáneamente, llegaron dos invitaciones, a las manos de Eugenio en Bambas.

Una, cursada por los muchachos del club Alfonso Ugarte de Buldibuyo, solicitando al joven, para que les reforzara, en un  encuentro,  que  este  club  sostendría,  con  el representativo similar, de uno de los Clubes, que habían en Tayabamba; este encuentro se llevaría a cabo, el Domingo siguiente, a la fecha que recibiera Eugenio la invitación; la otra invitación, había sido enviada, también por medio de un oficio, al representativo de fútbol, del anexo de Chicches, para jugar con el chiliano,  dirimiendo  superioridades,  en  un encuentro de ese  deporte, a llevarse a cabo, en el pueblo de Chilia, quince días después de enviado, con motivo de la celebración, de las fiestas de los carnavales, que comenzaban, dos semanas después.

En Chicches, se encontraban en ese entonces, además de Augusto y Roger Cuba, hijos de don Augusto, uno de los hijos de don Zenabio Reyes, conocido como el Negro Segundo, que sabía tratar muy bien a la pelota; pero esto, no les pareció suficiente, tanto a Javier, como a Eugenio, debido  a  lo   cual   enviaron la respuesta a Buldibuyo, proponiéndoles, que si Eugenio jugaba por ellos, les cedieran en reciprocidad cinco jugadores, para que reforzaran al equipo de Chicches, en el encuentro, que tendrían ante los chilianos.

La condición fue aceptada de inmediato y Eugenio, se trasladó a Buldibuyo, acompañando a Javier, que feliz, iba al encuentro de su amor, sin importarle nada más por el momento, que su inminente encuentro, con su amada.

En Buldibuyo, se llevo a cabo el encuentro deportivo, colaborando Eugenio, con dos goles, merced a los cuales, Buldibuyo se impuso a Tayabamba, después de lo cual, los buldibuyanos quedaron seriamente comprometidos y cinco de sus jugadores, viajaron a Chicches y desde allí, se trasladaron hasta Chilia, integrando la delegación chicchesina; los jóvenes, que reforzaron a Chicches en esa oportunidad, fueron; El Chayo Jorge; el Cachetón Wilder; Alejo el Galo, así como su hermano y por último, como arquero fue, el Shilico Pereyra.

Todo se fue desarrollando, conforme lo habían planificado y fue así, que el Domingo muy temprano, partió una cabalgata, compuesta  por  veinte  caballistas,  entre  jugadores  y  barristas, siendo, los obligados asistentes como hinchas, los compadres Carlos Cuba y don Zenabio Reyes.

 Cuando el grupo deportivo, se encontraba en el alto de los vientos, una tormentosa lluvia con truenos y rayos, cayó sobre ellos de improviso, no obstante, la cabalgata prosiguió adelante, llegando por fin, al pueblo de Chilia, por cuyas calles, corría el agua como ríos, no viéndose en ellas, alma viviente. No había comisión de recepción, como si nadie estuviera enterado, que Chicches y su delegación deportiva, los visitaría ese día.

Todo parecía ser obra de un bromista, que habiendo enviado un oficio, desafiando a realizar un encuentro de fútbol, entre los representantes de Chiches y los supuestamente chilianos

Y que en esos momentos se encontraría, bajo una protectora sombra, observando el desconcierto de los muchachos de Chicches y mofándose de ellos.

El grupo, se dirigió hacia la plaza de armas, montando sobre  sus caballos, bajo la torrencial lluvia, que menuda, continuaba cayendo, formaron en dos filas, frente a la casa del señor Felipe y permanecieron  allí,  sin  moverse,   hasta   que   este   salió  y acercándose, pidió disculpas diciendo:

  -Creímos que por la lluvia, ya no vendrían.

Por versiones del mismo Felipe y de muchos otros, nuestros jóvenes deportistas, se enteraron, que en Chilia había llovido, desde la madrugada de ese día, pero lo fundamental fue, que todo estaba aclarado y se encontraban allí, invitados por los chilianos, dispuestos a divertirse, aunque no se llegara a jugar.

Solo por un milagro, se lograría jugar fútbol ese día y ese milagro se  dio, pues no hacía aun media hora, que la delegación de Chicches había llegado a Chilia, cuando un Sol esplendoroso, comenzó a brillar, de modo que a las tres de la  tarde, después de haber participado en un opíparo almuerzo, ambas escuadras, se  encontraban  frente  a  frente,  esperando   solamente,  que  el señor árbitro hiciera  sonar  el  silbato,  para  que  se  diera  inicio a la contienda deportiva, a pesar que muchos chilianos, al percatarse del potencial chicchesino, hicieron lo imposible, para que el encuentro, no  se  llevara  a cabo.

Los chilianos, también se habían reforzado, pues no solo contaban en sus filas, con hasta cinco muchachos, que estudiaban en la Costa, sino que por motivo de las fiestas carnestolendas, muchos chilianos trabajadores en las minas de Parcoy, en donde tenían oportunidad de aprender a jugar el fútbol, viendo hacerlo a jóvenes costeños, que movían la pelota con singular destreza, fueron reclutados por don Felipe y los dirigentes deportivos del pueblo, con el fin que defiendan los colores chilianos y de ese modo obtener un triunfo.

Desde el pitazo inicial, los chilianos fueron apabullados por sus eventuales rivales, sin poder detener la avalancha que se les vino encima, constituyéndose los visitantes en sus maestros en el arte futbolera y dándoles una lección,  de  técnica,  Chicches  anotó  por seis oportunidades, mientras las tribunas, mostraban su descontento, con un silencio absoluto; no obstante, después del cuarto gol, los asistentes, comenzaron a aplaudir algunas jugadas de lujo, que conforme pasaban los minutos y teniendo seguro el triunfo, menudearon, al querer cada uno de los jugadores, mostrar sus habilidades y lucirse.Lo que si cabe mencionar fue, la limpieza con la que se jugó en esa oportunidad, lo cual fue un factor prioritario, como para que se viera técnica futbolística, no solo por la parte de la escuadra de los visitantes, sino también de parte de los chilianos.

Después del partido, haciendo honor a la fama de hospitalidad, que detentaba Chilia, los anfitriones, atendieron a sus invitados, durante los tres días de carnavales, los que bebiendo, comiendo y bailando, la pasaron como jamás se lo hubieran imaginado; pero fue durante la primera noche, en la que uno de los fanáticos chiliano, dio muestras, del dolor sentido por la afición, cuando mientras se brindaba por Chiches, grito a todo pulmón;

  -¡Vivan los buldibuyanos!

Y a continuación, también a viva voz, explicó, que Buldibuyo era el equipo que había goleado a Chilia, pues los cinco refuerzos que Chicches había llevado de Buldibuyo, eran los gestores del triunfo.

La tercera noche, que pasaron los Chicchesinos en Chilia, fueron invitados a casa del profesor Manuel Urbina, en donde se bebió, comió y bailó, tanto o quizá más que las noches anteriores.

Allí, también estuvo presente, el Director del Colegio Fiscal de Jucusbamba, Maestro Elviro Maguiña, el que al calor de las copas bebidas y cuando  el entusiasmo del baile estaban en su apogeo, invitó de viva voz a la delegación chicchesina, para que fueran al día siguiente al pueblo de Jucusbamba, en donde se llevara a cabo, un encuentro futbolístico, entre los muchachos visitantes y la representación de Jucusbamba, haciendo honor al Miércoles de Ceniza.

El grupo de muchachos, habían salido de sus casas, con intención de divertirse y no podían desperdiciar, la ocasión que se les presentaba, para continuar divirtiéndose, así que, sin  pensarlo dos veces, con grandes gritos de entusiasmo, aceptaron. Eugenio y Javier, conscientes, del compromiso deportivo que se avecinaba, reclutaron a todos los jugadores, llevándolos a descansar a viva fuerza, pues tres noches de jaraneo y despilfarro de energías, podían echar por la borda, el gran triunfo obtenido, el Domingo de Carnaval en Chilia.

Muy temprano, los once jóvenes, que habían jugado y goleado a Chilia, montaron sus cabalgaduras y se dirigieron hacia el pueblo de Jucusbamba, pero cuando ya estaban en camino, se unió al grupo, el Manco Gerardo y  media hora más tarde, estaban llegando, sin inconveniente de ninguna clase, pues el Sol brillaba con todo se esplendor, como un día de verano.

El recibimiento que hicieron a lo once jugadores e inclusive al Manco Gerardo, fue apoteósico, pero cuando se dieron cuenta, del subterfugio, del que  se  habían   valido   los  chilianos,  para desquitarse   de   la  goleada,  que  habían  sufrido  el  domingo anterior, ya era demasiado tarde y solo tuvieron que resignarse, a lo que viniera.

Cuando hablo de subterfugio, me refiero, a que el profesor Elviro, en connivencia con sus colegas chilianos, se había confabulado, para que una vez maltratados, los jugadores que habían goleado, al representativo de Chilia, volvieran a jugar con ellos y de allí, partió la invitación, para que fueran  a jugar a Jucusbamba, en donde el supuesto representativo de aquel pueblo, que solo  tenía  el  nombre  de  este,  ya  que  en  realidad, estaba conformado, por los  chilianos  en  su totalidad.

Este equipo se presentó en el campo, ante la mirada atónita de nuestros  jóvenes amigos, imposibilitados de reclamar, por los cinco jugadores de Buldibuyo, que tenían en sus filas.Durante el encuentro, que fue de igual calidad, que el disputado en Chilia, a pesar de los esfuerzos del equipo de Eugenio, cayeron derrotados, por falta de fortaleza, para oponerse a un equipo de futbolistas chiliano, muy bien  descansado y al final, el encuentro concluyó 3 á 2 a favor de Chilia, gracias a que cuando Eugenio y sus amigos, se encontraron sin energías, se pusieron a la defensiva, transformándose el encuentro, en un ataque y defensa.

Cuando concluyó el encuentro, los chilianos, trataron de regodearse de su triunfo, pero entonces, los amigos de Eugenio, les sacaron cuentas, ya que en dos encuentros, Chiches había marcado ocho goles y Chilia solo tres, lo cual les daba de ventaja, una diferencia de cinco goles.

Esa noche, la comisión de deportes de Jucusbamba, organizo un baile social, en el local escolar,  en honor a los visitantes, los que a pesar de estar adoloridos, por  los golpes recibidos esa tarde y de las malanoches que llevaban encima, se divirtieron en  grande.

Después del baile social, todos los jugadores y el manquito Gerardo, fueron hospedados en casa del Maestro Elviro, para lo cual designo una amplia habitación, en donde tendieron, camas en el suelo entablado, durmiendo todos entreverados. Pero no se puede decir, que durmieran muy  bien que digamos, pues casi toda la noche se la pasaron, jugando entre ellos, tirándose almohadonazos y arranchándose las cobijas los uno a los otros, llenando el ámbito de risas

En la mañana, durante el desayuno, servido en una gran mesa,  una señora, contratada ex profeso, para que atendiera a los jóvenes huéspedes, les fue sirviendo a cada uno, un plato lleno con pavo horneado, que como estaba de tan buen ver ocasionó, que uno del grupo, le robo la presa al vecino y este, hizo lo propio con el suyo, degenerándose de tal modo ese desayuno, que al final, tenían que comer muy ligero, para no quedarse sin presa, haciendo un cerco con sus brazos, alrededor de sus platos, pero el Manquito Gerardo, se encontraba en inferioridad de condiciones, porque solo tenía un brazo,  no obstante para que no le roben la presa, simplemente, escupió sobre ella, salvándose así, de perderla y quedarse de hambre..

Don Elviro, los colmo de tantas atenciones, durante los días que permaneció el grupo en su casa, que a pesar de haber terminado la fiesta, ninguno de los invitados, hacía mención del regreso a su casa .y así paso otro día y otro más.

La permanencia de los invitados, amenazaba prolongarse hasta solo Dios sabe cuando, debido a lo  cual,  don  Elviro  tuvo  que tomar ciertas providencias, para sin ser grosero, mostrar el camino de regreso, a las casas de sus invitados.

Amaneció un día más y la mañana avanzaba, sin que ninguno de los huéspedes, hiciera ademán de marcharse, entonces don Elviro, después del desayuno, que transcurrió en esa oportunidad en paz y bajo la observadora mirada del anfitrión, de pronto, tomando la palabra, les hablo de la siguiente forma:

  -¡Estimados amigos!; la fiesta ya ha concluido hace unos días; yo y mi esposa, tenemos que atender la escuela, la señora que los atendió hasta  el día de ayer, ha regresar  a su casa, de  modo  que no hay quién los atienda; además, ustedes también, seguramente tendrán mucho que hacer en sus casas, debido a lo cual, me he tomado la libertad, de ensillar sus bestias, para que viajen; les agradezco la visita; les deseo buen viaje y les pido disculpas, por cualquier deficiencia, que hubieran podido encontrar en mi casa.

El grupo de muchachos deportistas, tomaron sus cabalgaduras y partieron tristes, porque la fiesta para ellos, había terminado; llegando a Chilia, los chicos de Buldibuyo, tomaron el camino, que por la “CUEVA DEL PISTACO”, los llevaba hasta se pueblo, mientras que Eugenio con los chicchesinos, tomaban el camino de Los tres Ríos, que los llevaba a sus respectivos domicilios.

Una vez en Bambas, Eugenio volvió a enfrentarse a la posibilidad, de marcharse de Bambas, pero solo encontraba, alguna ventaja en la Selva, además, sentía temor, de perder todas las facilidades, con las que contaba, en la hacienda de su madre, además, aún tenía fresco el recuerdo,  de  su  traumático viaje a Tocache, guiado por su primo Jaime, lo cual, lo hacía titubear, pero en varias ocasiones, había confiado toda esta inquietud, a su primo Javier.

Como reciprocidad a la confidencia de Eugenio, su primo Javier también le confió, que  había roto relaciones con la señora Amelia, así como con cualquier otra chica con la que hubiera tenido amores; pues deseaba ser un hombre fiel a su futura esposa o al menos, lo intentaría y para eso, comenzaba por olvidar su pasado;

También confió a Eugenio, que habían llegado a sus oídos, la noticia, que el ex marido de la señora Amelia, andaba buscando, la oportunidad para matarlo y esto no era un juego, así que ni tardo ni perezoso,  comenzó a buscar la forma, de evitar un encuentro tan indeseable.

Era pues esta, la principal razón que tenía Javier, el primo de Eugenio, para haber pensado en poner tierra de por medio, o mejor dicho, desaparecer por algún tiempo prudentemente, para de este modo enfriar los caldeados ánimos del marido celoso.
Eugenio, que había hecho ya un viaje con anterioridad a esas misteriosas tierras selváticas, era el sindicado para servirle de compañía y guía, así que sin pensarlo más, hablo con el y de mutuo acuerdo, pensaron en organizar lo necesario para este viaje.

CAPITULO XI

OTRA VEZ T O C A C H E

Ya en alguna oportunidad, Javier, había recibido informes de su primo,  sobre  el  viaje  a Tocache, que lo veía,  como  una  de  las posibilidades, de evadir un encuentro, con el ex marido de la señora Amelia; pero lo que no sabía, era, que Eugenio le había ocultado, muchos de los sufrimientos que había tenido que pasar, tanto en la ida, como en el regreso a la Selva.

Un día, Javier le dijo a Eugenio, que deseaba viajar hasta Tocache, para de esa forma, eludir los propósitos de venganza, del ex marido de la señora Amalia y después de hablar, mucho sobre la Selva y el camino hasta allí, no solo Javier se entusiasmo, sino también sus padres.

Fijaron, una fecha para la salida, que debido a la experiencia vividas por Eugenio, en su viaje anterior, recomendó, que la fecha fijada para realizar este, sea en el mes de Agosto y así, evitar las avenidas de agua,  de las épocas de lluvia. Debido a esto fue, que jinetes en sendas mulas, partieron una mañana muy de madrugada, cargando, los pertrechos necesarios para el viaje, luego de haberse despedido, de los padres de Javier, que recomendaron a Eugenio, una y otra vez, viera por su hijo.

Los jóvenes, llegaron sin novedades a Tayabamba, hospedándose en el hotel del señor Mario del Castillo, que también poseía un restaurante, conocido por servirse en el, apetitosos platillos cajabambinos;  allí fue en donde les dieron de comer y después   de  cenar,  fueron  a  dar   serenatas,  en   unión   de   sus  algunos jóvenes amigos, ente los que estaban, Delgado y Miranda, que se despidieron, cuando los relojes marcaban las dos de la mañana, hora en la que nuestros amigos viajeros, fueron a dormir.

Muy temprano, a pesar de la malanoche, cuando aún los rayos solares no se manifestaban, reemprendieron el viaje, en el que gracias al verano que se manifestaba en esa época, pudieron  avanzar, sin novedad de ninguna clase, hasta llegar a la puerta del monte, lugar conocido con el nombre de Marcos, desde donde comenzaba prácticamente, al monte propiamente dicho.

Desde Marcos; prosiguieron viaje, jinetes en sus mulas, sin ningunas novedad, hasta llegar a Shunte, debido a que la municipalidades de Tocache, de acuerdo con la de Tayabamba, enviaron gente y atacando por los dos frentes, acondicionaron el camino, abriendo palizadas y excavando en donde se necesitaba, así como colocando puentes.

Después de estos trabajos, quedó un camino expedito, como para poder ser  transitado, por  viandantes  e  inclusive por jinetes; en Shunte, pasaron la noche, en casa de Cristian Bogarín, tayabambino que estaba establecido allí, con su flamante esposa  y como paisano, les dio una atención óptima.

Este viaje, podría calificarse como de placer, pues los jóvenes viajeros, no encontraron, impedimento alguno durante el y así, llegaron a Palo blanco, donde el propietario, también paisano patacino, los agasajo, como si fueran parientes.

Ese día, no pudieron continuar el viaje, constituyéndose don Santos Gonzáles, en su anfitrión, que los agasajó, con una apetitosa   cena   y  un  suculento  desayuno,  concluido  el   cual, prosiguieron viaje, al día siguiente.

Tocache Viejo, fue el lugar a donde llegaron, en tan solo media hora desde Palo Blanco y no bien lo hicieron, fueron a ver el río Tocache,  que tendrían que vadear, para llegar a la chacra de don Moisés Díaz, colono notable y muy conocido, que poseía shiringales, lo que nuestros amigos buscaban, para hacer enjebar las telas que habían llevado con ellos, con la intención, confeccionar ponchos de agua, para darle una razón, a ese viaje que realizaban, pero antes, tendrían que ir a Tocache Nuevo, para hacer algunas compras.

Javier, aduciendo que tenía que lavar ropa, se quedo en Pueblo Viejo y Eugenio, se ofreció para ir hasta Tocache, pues conocía el camino, aunque la verdadera razón, para que Eugenio deseara ir hasta allá, por el recuerdo de Ethel, aquella chiquilla que conociera hacía ya un año, recuerdo que lo injoneaba, con el deseo de volverla a ver.

Así pues, solo Eugenio fue en esa oportunidad hasta Tocache, montado en su mula y al llegar allí, se hospedo en casa de un shilico  amigo, que tenía sus padres y hermanos viviendo en Chilia. Su nombre era Octavio y se porto a la altura que Eugenio se había imaginado, tratándolo como un pariente y declarándose decididamente su verdadero amigo.

Aún era temprano, cuando Eugenio fue hasta el malecón, encima del río Huallaga, en donde esperaba ver a Ethel o al menos, obtener noticias suyas, pues tenía verdadera necesidad de saber de ella, pues  una  de  las   razones  por  las  que  había  hecho  su hecho ese viaje, era volver a mirarse en la claridad de sus expresivos ojos..

 Eugenio, tal como lo hiciera en su viaje anterior, se ubicó, sentándose en el murito del malecón y desde allí, sirviéndose como atalaya, se dedicó a mirar, tanto a las personas, que subían o bajaban por las escalinatas, como los botes, que  discurrían tranquilamente, sobre las aguas del río Huallaga, llegando y yendo hacia ignotos lugares.

Pronto vio a una chiquilla, que con una tinaja, llena de agua sobre la cabeza, ascendía por la escalinata, mostrando la grácil forma de moverse, tan peculiar de las mujeres selváticas y que le trajo el recuerdo, de otra similar, que viera allí mismo, algo más de un año atrás y que le ocasionara tanto impacto, que se llego a enamorar locamente de ella y no pudo evitar, que en sus labios, se modulara el nombre de Ethel y hasta le pareció ver, que era ella, la que venía a su encuentro sonriendo, como dándole la bienvenida.

La mirada coquetona de la chica, que caminaba hacia él y que  después de haber ascendido, los interminables escalones, que habían desde el río hasta el malecón, le dio el ánimo necesario, para hablarle, ya que como aparentaba, ser de la misma edad que Ethel, podría darle noticias de ella.

  -¡Ola!; ¿Conoces a Ethel?

La chiquilla, que cuando Eugenio hiciera la pregunta, ya estaba junto a él, dio clara muestra de desconcierto, que se podría traducir en desengañó, pues al parecer, habría abrigado esperanzas,  de  ser   causante   de  las  miradas,  que  un  hombre ofrece a una mujer de su agrado, pero casi de inmediato, volvió a sonrió, para contestar:

    -¡Si!; ¡claro que si!; la conozco, estudiábamos juntas, hasta que  se fue a Huánuco, en donde continúa estudiando.

Después de esta contestación, la chiquilla volvió a la carga, dedicando una mirada llena de coquetería a Eugenio, como la primera y cuando estuvo a su lado, como deseando, envolverlo en su embrujo, coquetamente le preguntó:
 
  -¿Tú eres Eugenio?; Yo soy Helma.

Muy extrañado Eugenio, por la pregunta tan directa, ya que no creía conocer a esa chica, solo atinó a contestar, haciendo un movimiento afirmativo con la cabeza, pero reponiéndose de inmediato y con la sorpresa aún pintada en el rostro, miro a la chiquilla que tenía delante, que por cierto era muy bonita, tanto, que se vio sumergido en su verde mirada, deseoso de naufragar en ese mar de esperanza, para llevar adelante, una relación afectiva, pero sobreponiéndose, no obstante que la cercanía de esa chiquilla lo enervaba, preguntó:

   -¿Cómo sabes mi nombre?

  -Ethel y yo, no solo estudiábamos juntas, sino también éramos amigas y cuando te conoció, me hizo la confidencia, de todo lo sucedido entre ustedes y también me contó, que estaba esperándote, para que huyeran juntos.
 
  -Cuéntame más sobre Ethel; ¿Cómo podría hacer para verla?, ¿No dejo acaso algún mensaje para mí?

Helma sonriendo, picarescamente se mantenía callada, observando, como Eugenio se exasperaba, ante la noticia de la ausencia de Ethel, por eso fue que respondió diciendo:
  -Yo vivo allí; ¡ven!; vamos a mi casa, en donde te podré contar, muchas cosas de Ethel.

Mientras hablaba así, Helma señalaba una casa, que estaba ubicada, justamente frente a la casa de Ethel, hacia donde guió a Eugenio, mostrándole el camino, al ir andando delante de él, sin dejar de llevar, su tinaja sobre la cabeza. De pronto, la puerta de esa casa de abrió e hizo su aparición, una chica muy parecida a Helma, como si fueran mellizas y que daba la impresión, de haber estado esperándolos.

Era  una chica, como un año menor que Helma, la que al estar frente a su hermana, la miro como preguntándole algo y fue entonces,  cuando  Helma,  sin bajar la tinaja que tenía sobre la cabeza, como si fuera solo un simple sombrero, mirando primero a Eugenio, dijo: 

 -¡Eugenio!; ella es mi hermana Érica.

Y a continuación, mirando a su hermana dijo:

  -El es mi amigo Eugenio.

Después de las presentaciones, los tres ingresaron a una sala de recibo muy bien arreglada, con muebles como en cualquier ciudad costeña; alfombra y una profusión de cuadros y fotografías, adornaban las paredes. Helma, después de disculparse, desapareció por una puerta, al fondo de la sala, posiblemente, para cambiarse de ropa, pues la que llevaba puesta, se e3ncontraba mojada, dejando a su hermana, con Eugenio a solas.

Ese fue el momento propicio, como para que Eugenio comprobara, lo desenvueltas que son las chicas de Oriente, sobre todo, al tratar a los del sexo opuesto, pues Érica, sin inmutarse, se sentó en el brazo del sillón, en  el que estaba Eugenio y ofreciéndole su verde mirada, parecida, a la que le había prodigado su hermana en el malecón, hasta que lo llevo a su casa, le preguntó. 
 
  -¿No deseas tomar una AGUAJINA?

Aclarando, tengo que hacer saber a mis lectores, que la “aguajina”, es una bebida refrescante, que se acostumbra beber en el Oriente y esta es preparada, a base de un fruto llamado AGUAJE.

Volviendo a las acciones, que se desarrollaban en esa ocasión, entre las hermanas de Helma y Eugenio, este, ofuscado, por la forma de mirar de Érica y deseoso de romper ese embrujo, acepto de inmediato diciendo:

 -¡Si!; claro que si, hace mucho calor, ¿no es cierto?

Pero Eugenio no logro estar solo, tal como lo deseaba, aunque fuera por breves momentos, pues vio, que por la  puerta,  por  donde hacía  solo  un instante, había salido Érica, ingresaba Helma, ya cambiada de ropas, las que lucían  totalmente secas y de mejor ver. 

Helma, ocupó el lugar que había dejado su hermana y tal como ella lo había hecho, miro a Eugenio, con esa verde mirada, que provenía de sus ojos, color verde Nilo y encontrándose, como si intentara hipnotizarlo, de pronto ingresó en la sala un señor, como de unos cuarenta años y al ver, que allí estaba una persona extraña, pidió disculpas e inició la retirada.

Fue entonces, cuando llegó Érica, con una bandeja, conteniendo una garraba, llenos de un líquido amarillo encendido, rodeada de vasos vacíos.

Mientras esto sucedía, Helma se adelanto, hasta donde se encontraba el señor, que habiendo ingresado a la salita, intentaba retirarse y tomándolo por una mano, lo arrastró hacia donde se encontraba Eugenio, mientras le decía:

-¡Ven papá!; te voy a presentar a mi amigo Eugenio.

El señor, al que Helma  llamara papá, se adelantó y estirando la mano derecha hacia Eugenio, dijo:
 
-¡Pío Quinto!; a sus órdenes jovencito; sea usted bienvenido, esta usted en su casa.

Casi de inmediato, volvió a darle la mano a Eugenio, para despedirse, al mismo tiempo que decía:

  -Me va a tener que disculpar, pues tengo una bodega y mi clientela espera; se queda en su casa joven.

Eugenio, se quedo a solas con las hermanas, que lo miraban, como si  de  un   apetitoso   pastel   se  tratara  y  a cada  instante, intercambiaban miradas entre sí, para seguidamente, reírse, tratando de asordinar sus risas, mientras escuchaban a Eugenio, que les iba narrando, sobre el viaje, que había realizado desde la Sierra.

Esta situación, puso sumamente nervioso a Eugenio, pero a continuación, sobreponiéndose, se reprendió a si mismo, pues no era posible, que un joven como él, de veinticinco años de edad, se ofuscara, ante dos chiquillas como las que tenía delante.  Ambas, escuchaban embelezadas, las narraciones que Eugenio les hacía, de su vida en la Costa y luego en la Sierra, remojando la palabra de vez en cuando, con generosos tragos de aguajina. Hubo un momento, en el que Helma, se agachó para coger un vaso  y ponerlo en la bandeja, movimiento que tuvo la virtud, de mostrarle a Eugenio, sus aparentemente, virginales pechos y él, inconscientemente miro.

Esa mirada, no paso desapercibida para la chica y cuando Eugenio levantó la vista, se encontró con la verde mirada de Helma, que sonriéndose, parecía alentarlo, para que continúe mirando y desde ese momento, cada vez que Eugenio la miraba, veía sus ojos clavados en los suyos que sin decir nada, parecía decir mucho.

Enteradas, de la existencia de Javier, primo de Eugenio y de que este viajaría a Pueblo Viejo, para encontrarse con él y así juntos, regresar al campamento de don Moisés Díaz, en donde le habían encargado, que les enjebara unas mantas, las chicas muy interesadas al respecto, le hicieron prometer, que a su regreso, iría a verlas a su casa, para en compañía de su primo, al que  tenían muchos deseos de conocer.

Serían las ocho de la noche, cuando Eugenio, llegó a la plaza de armas de Tocache Nuevo, en donde, sentado en una esquina, sobre una perezosa, vio a un señor, que aparentaba tener mucha edad y según se enteró luego, por boca de algunos curiosos que lo rodeaban, era el hombre más viejo del pueblo y quizá del Distrito.

Cuando Eugenio, pregunto la edad que ese señor tenía, le contestaron, que algo más de cien años y no pudiendo permanecer impasible, ante tal hazaña,  ejecutada por ese señor, sin tener necesidad de hacer otra cosa, que continuar viviendo,  hecho por el cual, era digno y merecedor, de un trofeo; se acerco y pasando por en medio de los curiosos, que lo tenían totalmente rodeado, se puso en primera fila.

Al escuchar el rumor, que Eugenio ocasionaba, tratando de colocarse en primera fila, el hombre más viejo del Distrito, levantó la vista, a la altura de donde se encontraba el joven, la que hasta ese momento, había tenido fija en tierra y mirándolo, pareció reconocerlo, pues le habló de esta manera:

-¿Acaso tú eres el shishaco millonario, que ha llegado a Tocache?

Sin saber que responder, ante tal título, Eugenio miro avergonzado   a  su interlocutor, al que tenía la certeza, de no haberlo visto antes, a pesar de que él si parecía conocerlo y como ya estaba enterado, que su nombre era Eleuterio, contesto a la pregunta, de la siguiente manera:

  -Ya sabe usted don Eluquito (diminutivo de Eleuterio), como son  las habladurías de la gente y lo exageradas que son, pues  en realidad, no soy ni lo uno ni lo otro, puesto que si se tratara  de buscar en mi casa, tanto lo uno como lo otro, la  persona sindicada para tener tales títulos, sería mi madre, rica hacendada de la Provincia de Pataz; yo solo soy su hijo, nacido y criado en la Costa.

Todo esto lo dijo Eugenio, como tratando de limpiarse, del deshonroso título, que representaba en esos momentos y en ese lugar, ser shishaco (serrano), pues aún era joven y no quería parecer menos, a los ojos de esa gente.  Al perecer, todos los que rodeaban a don Eluquito, no estaban allí solo para mirarlo, enterándose luego nuestro joven amigo, que lo que deseaban, era hacerle preguntas, debido a lo cual, el veterano, sin más preámbulos, le dijo a Eugenio:

  -¿Y que es lo que deseas saber tú Jovencito shishaco, que dices no serlo?; pregunta nomás. 

Eugenio se quedo sorprendido, por lo imprevisto de la pregunta y no encontrando en su cerebro, otra cosa que preguntar, le hizo a don Eleuterio, la siguiente interrogación:

  -¡Dígame don Eluquito!; ¿conoce usted o ha conocido, a Pío Quinto Mores?

Don Eleuterio miro, con suma curiosidad a nuestro joven amigo y después de dibujar una tenue sonrisa en sus finos y arrugados labios, contesto de la siguiente manera:

  -¿Así que eso es lo que deseas saber?; pues bien, te diré que  si, conozco a ese jovencito y lo he conocido mucho, casi  desde que nació; pues serví en el ejército junto con su abuelo, con el que éramos nacidos en el mismo pueblo.

Al llegar a este punto, don Eleuterio dejó de hablar, para mirar con cierto aire de malicia a Eugenio y a continuación, le hablo de la siguiente manera:

  -¡Te he visto picaron!; pero ten mucho cuidado, pues te puedes quemar las alas y quedar definitivamente sentado en tierra, como el pobre de Pío Quinto.

Eugenio se sonrojo y todos los que estaban allí, lo miraron, no faltando algún comentario picante, que algunos del grupo, dejara escuchar, pero entonces, Eugenio reacciono y mostrando en sus palabras, cierto grado de cólera, dijo:
 
-¿Y qué?; ¿acaso sería normal, que buscara un zambo?

Después de algunos murmullos de aprobación, a las preguntas dejadas en el aire por Eugenio, todos volvieron su atención a don Eleuterio, que sin darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor, después de mirar a lo lejos, el cielo cuajado de estrellas, comenzó ha hablar, haciéndolo de esta manera:
 
  -El abuelo, el padre y el mismo Pío Quinto, fueron de muy buena madera y Pío, a pesar de todo lo ocurrido, aún lo sigue siendo; ¡lástima de muchacho!

Llegando a esta altura de su elocución, dejo de hablar, para a continuación, mirando a lo lejos en el firmamento, con la mirada perdida, llevarse una mano sarmentosa por la edad, hasta la nuca y rascándola con cierto aire de displicencia, miro a  con cierto aire ausente a los circundantes y seguidamente a Eugenio, en quién planto la mirada, pero sin verlo, para proseguir hablando de esta manera:

-¡Lástima de muchacho!; como ya dije, lo conocía desde antes que naciera; sí, fue cuando aún se encontraba en el vientre de su madre; luego nació y seguidamente creció y creció, cada día que pasaba, lo veía más grande, hasta que llegó a ser un jovencito muy simpático, que se fue al ejército, como todos en  la  Selva  y después de servir a su patria, regreso de la frontera, trayendo consigo una hermosa mujer brasileña.

Al llegar a esta altura de su relato, don Eleuterio se detuvo, como si estuviera evocando algo muy grato y pasados unos breves instantes, continuó hablando así:

  -Si; Érica era muy hermosa; ¡toda una real hembra!; como nunca antes habíamos visto por acá. Pero Pío tuvo que pagar el precio, que le salió muy caro por  cierto,  tan caro, que hasta ahora continúa pagándolo.

Al llegar a este punto, don Eleuterio se detuvo y comenzó ha hacer movimientos afirmativos con la cabeza y después de unos momentos, en los que se percató, de la existencia del grupo que lo rodeaba, continuó hablando de esta manera:

  -Cada vez que Érica iba por agua al río, lo cual hacía todos los días a las dos de la tarde, dejaba embelezado, a todo cuanto joven se congregaba en el malecón y hasta algunos ya no tan jóvenes, que iban hasta allí, solamente, para verla subiendo las escalinatas, con su tinaja llena de agua sobre la cabeza, lo cual daba la impresión, de ser toda una exótica danza, teniendo pendiente de ella y sus movimiento de cadera, a todo aquel que la veía, quitándoles el aliento. Las escalinatas del malecón en esa época, eran de piedra con barro y nadie o casi nadie, usaba zapatos, por eso era, que posiblemente, la cadencia y gracia,   con   la   que Érica se movía, era inigualable;  pero lo cierto fue,  que  todas las chicas, que acostumbraban a ir por agua al río Huallaga, comenzaron a imitarla y muchas, llegaron a moverse tal como ella lo hacía.

Nuevamente don Eleuterio, tomo un respiro, pero pasados unos breves instantes, prosiguió con su narración, de la siguiente forma:

  -Cualquier marido, se hubiera sentido orgulloso, de poseer una hembra de esa categoría, pero ella, no estaba contenta con ser únicamente admirada y fue así,  que comenzó  a ser  infiel  a  su esposo, siendo la primera vez, una noche, en la fiesta de San Juan, cuando Pío se emborracho y desde esa oportunidad, se empeñó en no dejar títere con cabeza, arrasando con toda la juventud del pueblo, para a continuación, seguir con los hombres maduros y por último, llegó a no tener en cuenta esta cualidad y se acostaba con cualquiera, sea el lugar, hora o situación en la que se encontraran y como si el peso de los cuernos, atontara al pobre de Pío, este, ya no decía nada, solamente se hacía el sordo y ciego.

Nuevamente;  tomo aliento don Eleuterio, como para descansar y a continuación, prosiguió su narración, como si paladeara cada oración,  prosiguió de esta manera:

  -De pronto, toda esta situación pareció terminar, cuando Érica resultó embarazada y durante los nueve meses, que duro el embarazo, volvió a ser una mujer intachable, dedicada a su esposo y a su casa y durante el tiempo de lactancia, observó la misma actitud de recato y

cuentan que en cierta ocasión, en la que un jovencito  petulante,  intentó  sobrepasarse,  le  hizo  una marca en un brazo, con un cuchillo que siempre llevaba con ella y que por cierto sabía manejar.

Otro descanso y don Eleuterio, casi de inmediato, prosiguió  hablando así:

  -Antes que Érica, dejara de amamantar a su pequeña Helma, nuevamente resultó embarazada y otra vez, durante los nueve meses de gestación, se dedico al marido, al que de pronto, había cobrado gran afecto, hasta el extremo de rendirle adoración y la misma conducta prosiguió observando, durante la lactancia; pero en cuanto destetó a su pequeña Érica, volvió a las andadas  y cuando Pío, le llamaba la atención con dureza, ella también   se altivaba y hasta le ofreció abandonarlo, siendo entonces, cuando Pío se humillo y le pedía de rodillas, que no lo abandone con sus hijas.

A esta altura, nuevamente don Eluco, tomo aliento, para luego proseguir de esta manera:
 
  -Una tarde, atraco en el puerto una balsa, cuyos bogas habían instalado un xilófono, hecho con botellas vacías, llenas de agua a diferentes niveles, de modo que a cada botella, se le sacaba una nota diferente, a las que las otras daban, interpretando por esta razón, melodiosas piezas musicales.

  -Atraída Érica, por esas melodías, fue hasta allí y se puso a beber y bailar con los balseros y un grupo de algunos jóvenes, hombre y mujeres del pueblo, pero cuando todos se fueron a sus domicilios, Érica se quedo a Dormir con los bogas.

Pío Quinto, fue muy temprano en busca a su mujer y se dio con la sorpresa, que la balsa había soltado amarras y había zarpado; Pío, en compañía de medio pueblo, se emborracho y lloró la ausencia de su amada, pero tal como el lo sentía, todos  los  jóvenes   y   aún   algunos   hombres   ya  maduros,  también  lo   sentían  y  lo demostraban, cosa que fue aprovechada, por un palomilla, que dijo:

  -“ En el dolor hermanos”-

Don Eluco se detuvo en su narración, para enseguida continuar hablando de este modo:

  -Un día, Pío tomo un peque-peque (bote fuera de borda con un motor acondicionado, por medio de un eje) y partió en busca de la balsa, en la que se había ido su mujer y al cabo de cinco días, regresó taciturno y sin deseos, de comunicar a nadie, lo que le había sucedido, más al cabo de unos días hablo.

Allí contó, que había encontrado, los restos de la balsa quemados, a consecuencia de una explosión, pues al parecer, en esa balsa, llevaban algunos cilindros de gasolina y estando borrachos los bogas, habían originado, que estos explotaran, a consecuencia posiblemente, de haber fumado indiscriminadamente, muriendo todos los tripulantes, incluyendo la   bella  Érica;  pero  unos  meses  más  tarde,  unos  tocachinos, juraban haber visto a la Érica, borracha, bailando sola, en una plazoleta de  Iquitos.

Las pequeñas hijas de Pío y Érica, han heredado la gracia y donaire de la madre, así como ese embrujo tan especial, que posee a todos los hombres que tratan con ellas.

A continuación, don Eleuterio callo, pero de pronto pareció recordar algo y mirando muy fijamente a Eugenio le dijo:
 
  -Mucho shishaco, no te vayas a quemar las alas y al cabo de un tiempo, tendremos que decir: ¡Pobre Shishaco!


CAPITULO  XII

D O N   M O S H O

Muy temprano, Eugenio viajó a Pueblo Viejo y de allí, él y Javier, ayudados por un hijo de don Moisés Díaz, vadearon el río Tocache, pero lo hicieron por etapas, pues este río tenía tres brazos, más al atravesar el segundo, Eugenio escucho, una voz fina que lo llamaba por su nombre y al mirar hacia ese lugar, vio a Eva, aquella chiquilla, que conociera durante su primer viaje a la Selva y que a pesar de solo tener trece años, le causara tanto impacto..

Pues bien; Eva estaba allí, a unos cuantos metros más allá, pero había crecido y formado más cuerpo, a tal extremo, que se le veía como toda una mujer; no estaba sola, pues la acompañaban otros chiquillos y más que todo, debido a la premura del tiempo y a los gritos con que lo llamaban sus compañeros de viaje, no pudo hablar con ella y se contentó con hacerle un saludo con la mano, que Eva contestó desde lejos. Una vez que atravesaron, los tres brazos del río Tocache, Hipólito, que era el nombre del hijo de don Moisés, los llevo por unos senderillos, casi ocultos entre el monte, hasta llegar a la casa de su padre.

Durante  el  camino,  cuando   nuestros jóvenes viajeros, le hicieron saber a Hipólito, que deseaban enjebar algunas telas, este a su  vez, les informó, que su padre estaba  muy ocupado, pues había sacado muchas obras de enjebado y  no  contaba,  con personal suficiente, como para poder  cumplir, con sus compromiso,  pero  luego,  se  comprometió,   para  enjebar  las mantas, que nuestros amigos, él personalmente.

Durante el viaje, Hipólito también les explico, que debido a las constantes pérdidas de los shiringales, que eran derribados muy a menudo, por los nuevos colonos, que hacían rozos indiscriminados, para implantar nuevos cultivos, lo cual hacía desaparecer las estradas (estradas.- conjunto de árboles del jebe) y existiendo cada día, mayor cantidad de comerciantes en ese rubro, los shiringueros eran muy solicitados, abundando el trabajo de enjebados. Al llegar al fundo de don Moisés, Eugenio, vio que tenía muchas plantaciones de café, así como platanales y yucales, aunque se entero, que también sembraba fréjoles, maíz y arroz.

Don Moisés, era un hombre de regular estatura, pues  no tenía menos de un metro setenta; era moreno morisco, con muchas característica de los españoles toledanos o granadinos, de mucha ascendencia morisca; porte atlético, ojos pardos y cabello y barba negros como boca de lobo, resaltando sobre todo,  su  barba  tan  negra,   que daba la sensación de ser azul, lo que le había valido el mote, de “BARBA AZUL”.

En cuanto a su modo de ser, era sumamente jovial y siempre encontraba, algo que decir en tono jocoso, aún en situaciones extremas, pero eso si, era como los caballeros antiguos, que cuando comprometía su palabra, no retrocedía y cumplía con lo ofrecido, a rajatabla. En cuanto les echo la vista encima a nuestros amigos, que llegaban, cada uno en su mula y acompañados por Hipólito, don Moisés, les dijo:

  -¡Pases, pasen jóvenes!, aquí somos pobres, pero eso se soluciona, porque nuestros corazones son grandes.

Mientras los jóvenes se apeaban, don Moisés examinaba a las mulas, con ojos de buen conocedor y cuando se encontraban de pie, les estrecho la mano y sin dejar de mirar a las mulas, a modo de cumplido, les hablo de la siguiente manera:
 
  -¡Esas mulas, parecen de hacendado!;  ¿de donde vienen? 
 
  -De Chilia.

Fue la seca respuesta que le dio Eugenio y con la intención de dar a conocer que no era un novato, en cuanto al conocimiento de la Selva, agregó:

  -Hace  más de un año que vine a Tocache, con Paco Chávez y mi primo Jaime; me fue imposible llegar hasta aquí, debido a que me cayo una infección en el pie, a consecuencia de unas heridas, que me hice durante el viaje.

Posiblemente Jaime, había propalado la noticia, acerca de lo inútil que era Eugenio, para los viajes que se tenía que hacer en esa época y axial poder ingresar a la Selva, pues don Moisés, le atajo la palabra, diciéndole:
 
  -Si joven, ya se toda esa historia.

Tanto Eugenio como Javier, recordaron de pronto, sobre su amigo Luís Costa, que estaba establecido por esos rumbos, así que tratando de indagar, acerca de su paradero, preguntaron casi al unísono:

   -¡Don Moisés!; ¿conoce usted a Luís Costa?

El aludido miró sonriente a su interlocutor para a continuación contestar diciendo:

  -Claro que lo conozco; se ha establecido en un lugar llamado CAÑUTILLO, en donde tiene sus vacas, las  que  trajo desde la Sierra;  al  parecer, estas se han aclimatado muy bien y ya algunas han parido sus becerros y el hombre esta gordo, tomando leche y comiendo quesillos con yuca.

Al escuchar esto, Javier tomo la palabra y hablo de esta manera:

  -¡Don Moisés!; ¿Y no se podrá encontrar un sitiecito, como para mí?

Don Moisés sonriente, miro a Javier y mientras lo hacía, se rascaba la barbilla, como si con este gesto, pusiera en duda la capacidad del joven, para vivir allí y contestó:
 
  -¡Si!; claro que si!; podremos ir a ver algún lugarcito, en donde se le pueda ubicar.

Y no bien había acabado de hablar, miro hacia un gran galpón, que había frente a donde ellos se encontraban y estirando el cuello gritó:

   -¡Lilia; mata una gallina con huevo al culo y prepara un buen caldo como para resucitar muertos!

Y no bien acabo de gritar, dirigiéndose a nuestros jóvenes amigos dijo:

   -¡Pero pasen!; y pónganse cómodos,  que  ya  la  señora,  está preparando un caldito de gallina de chacra, de aquellas, que  solo se encuentran  en mi casa.

Mientras así hablaba don Moisés, Hipólito, acomodaba unos cojines sobre una banquita rústica, preparada con trozos de madera redonda y el asiento, hecho de rajas de una madera negra, llamada CHONTA y que en esa época abundaba.

  -¡Pasen, pasen por aquí y pónganse cómodos!

Esta vez, fue Hipólito el que habló y mientras acababa de acomodar los asientos; nuestros amigos, pasaron por sobre una acequia,  que  servía  de gotera y  tomando asiento, estiraron las piernas, como para desperezarse, pues se sentían rendidos.

Don Moisés, tomo asiento, en una banqueta de madera sin desbastar, que saco del interior de la vivienda, mientras Hipólito su hijo, se ponía en cuclillas delante de los huéspedes, e inicio con su padre, la siguiente conversación:

  -¡Papá!; los jóvenes dicen, que han traído veinte mantas para enjebar; ¿Qué le parece a usted?
 
  -¡Hijo!; ya sabes que estamos hasta el cuello de trabajo
 
   -¡Pero Papá!; yo podría tomar ese trabajito, al fin, allí están las estradas de Cañutillo y lo que falta es mano de obra, que yo podría ponerla personalmente.
 
  -¡Bueno!; tendremos que hablar de eso, primero con Shato, el que me según creo, hoy en la tarde va ha bajar de Cañutillo para acá y después que él me informe sobre el estado del trabajo, podremos saber a que atenernos.

Mientras padre e hijo, hablaban de esta manera, Eugenio y Javier, miraban a su alrededor y así fue, como tiempo después, Eugenio pudo dar una descripción más o menos real de ese lugar y sus alrededores, la cual, pasamos ha hacer del conocimiento de mis lectores:

 “Era un lugar amplio, totalmente desmontado, en donde se veían, algunos bosquecitos de guabas sembradas, que servían como sombra a los cafetales; una ancha calle, como si fuera, el proyecto futuro de una gran avenida, se abría ante su vista, yendo esta a topar, contra el monte real, que imponente se destacaba al fondo.

ambos lados de esta avenida, se veían tambos de material rústico, edificados con cercos de un carrizo conocido allí como CAÑABRAVA, atadas entre si, con una soguilla de nombre “TAMISH”, muy fuerte por cierto, tanto, que soportaba la podredumbre, semejando por su consistencia al alambre; el techo había sido confeccionado, con una palmera llamada SHAPAJA y atadas unas al lado de otras,  de tal manera, que daba la sensación visual, de encontrarse frente a un petate gigantesco, asegurado a las maderas de la armazón del techo, con la misma soguita Tamish”.

El lugar en donde se encontraban nuestros jóvenes amigos, eran dos grandes tambos, con las mismas características y edificados, con los mismos materiales ya descritos, con la única diferencia, que eran mucho más grandes que los otros, tan grandes, que a ojo de buen cubero, Eugenio calculo, que cada uno de ellos, mediría, no menos de veinte metros de largo, por diez de ancho; uno de ellos, en cuyo corredor se encontraban sentados nuestros jóvenes amigos, servía de dormitorio, en cambio, el de un costado de donde se encontraban, por el humo abundante que salía por entre la Shapaja del techo y  la   Cañabrava  del   cerco,  era  muy  fácil  deducir, que se trataba de la cocina y seguramente, alguna otra dependencia para algún uso afín.

Estuvieron conversando de diferentes asuntos, pero al fin, esta recayó sobre nuestros jóvenes amigos, cuando don Moisés, dirigiéndose a Eugenio le preguntó:

  -¡Don Eugenio!; ¿es usted acaso, pariente de los hermanos de la Riva. Creo que se llamaban Jorge y Felipe y eran hacendados?

El aludido se sorprendió, debido a que en un lugar tan alejado, se tuvieran conocimientos de la existencia de sus dos tíos, pues habían fallecido hacía algunos años, no obstante, contesto presto diciendo:

  -¡Si!; claro que sí, eran hermanos de mi madre; pero ya fallecieron hace algunos años, no teniendo el placer de conocerlos.
 
  -¡Cuanto lo siento!; fuimos amigos, nos conocimos, en la fiesta de Santo Toribio de Tayabamba y por cierto, la pasamos muy bien; esos muchachos eran muy alegres y sabían para que existía el dinero.

Después que don Moisés, hablara de esta manera, miro a Javier y le preguntó:
 
-¿Y usted jovencito; no es pariente  de  don  Adolfito,  hijo del señor don Adolfo?
 
  -¡Si!; efectivamente, don Adolfito es mi padre y don Adolfo era mi abuelo; ¿usted acaso los conoció?
Ante esta respuesta, don Moisés se levantó de su asiento y estrechándole la mano a Javier, volvió ha hablar de esta manera:
 
-Don Adolfito es mi amigo; ¿Por qué aún vive, no es así?; en cambio a don Adolfo, lo conocí por la fama de gran chalán que poseía, pero no tuve oportunidad de tratarlo mucho, pues yo, aún era muy joven.

A continuación, don Moisés siguió hablando, para decir:

  -Cuando llegue a Buldibuyo, huyendo de la justicia por contrabandista, allí me radique y comencé  a  venir  a  la  Selva, para llevar ponchos de jebe; pronto me di cuenta, que yo mismo podría enjebarlos, para lo cual, alquile unas estradas; el dueño de estas, mi compadre Manuel Díaz, estaba ya viejo, así que me las traspasó y aquí me tienen; ya estoy viviendo aquí, casi veinte años y salgo de vez en cuando a Lima y desde allí, voy a mi tierra Bambamarca.
De pronto, desde el galpón, en donde se suponía que funcionaba la cocina, salió una voz de mujer, que gritó:

  -¡Moshito!; ¡pueden pasar, ya el caldo esta servido!; ¡lávense las manos antes!

Una vez que se hubieron lavado las manos, los cuatro pasaron al interior del galpón, en el  que se venía observando, como salía humo por entre las pajas del techo; allí, pudieron ver, que en el centro del gran recinto, había una mesa, constituida con una gigantesca aleta de árbol, teniendo por patas, unas maderas redondas,  que  encajadas   en    la    aleta,   por   unos  orificios horadados en ella  y luego se asentaban  en  tierra,  en  donde  las habían introducido, de modo que la mesa no podía moverse.

Como asientos, habían usado el mismo sistema, que para las banca, en las que se habían sentados nuestros jóvenes viajeros. Estas, rodeaban toda la aleta, que servía de mesa y tal como esta, también estaban fijas en tierra. A un costado, tras una gran ruma de trozos de leña, estaba el fogón, separado así, por un muro de  leña, del resto del recinto.

El fogón, estaba encima de un muro de barro macizo, sobre el cual, habían colocado piedras unidas con barro, para formar el hogar, teniendo encima de estas, una gran lata, preparada de un cilindro estirado y que lo cubría todo, encima de la cual, colocaban las ollas, el humo salía por los costados, por donde también se alimentaba de leña, la que debido a las altas temperaturas del lugar, no tenía mayor importancia la pérdida de calor.

Desde el primer instante, en el que los jóvenes viajeros, hicieron su ingreso a la cocina, lo primero que les llamó poderosamente la atención, fue la mesa, por estar preparada con una sola aleta de árbol, lo cual, no paso desapercibido, para el anfitrión, que de inmediato, se creyó con la obligación, de satisfacer la curiosidad de sus huéspedes, haciéndoles la siguiente aclaración:
 
  -El tablero de esta mesa, ha sido preparado con una aleta de RENACO; árbol gigantesco, que llega a medir hasta cien metros de alto y que para poderse sustentar sin caer derribado por los ventarrones que de vez en cuando se dejan sentir, la naturaleza, le ha permitido, tener esas aletas, pues los lugares en donde  este árbol gigante crece, son generalmente muy húmedos,  constituyendo, las llamadas COCHAS o AGUAJALES, lugares pantanosos, ideales para albergar ofidios como la boa y como en la  Selva,  no  abundan  las  piedras,  en  la humedad sería  difícil, que estos árboles gigantes, puedan mantener de pie, sobre todo, siendo tan altos y pesados.

Mientras don Moisés, hacía esta exposición, sus huéspedes iban dando cuenta, del suculento caldo de gallina que tenían delante, debido a que estaban verdaderamente hambrientos y seguidamente, el anfitrión continuó hablando, pero esta vez, acerca de su proyecto, de fundar lo que con el tiempo según él, sería una gran ciudad, a la que pondría por nombre, NUEVO BAMBAMARCA, en recuerdo del lugar en donde había nacido.

Esa  fue   la   oportunidad,   para que don Moisés, haga saber a sus huéspedes, que ya los trámites solicitando el reconocimiento de Nuevo Bambamarca y el nombramiento de una plaza docente allí, estaban en marcha.

Durante ese almuerzo, que transcurrió entre risas, a consecuencia de las bromas, que don Moisés hacía a los jóvenes; también se enteraron, que su anfitrión, tenía totalmente desprovistas de monte, cuarenta hectáreas, que pensaba donar, para que se constituyan, en el primer terreno del futuro, Nuevo Bambamarca y que las casas que se veían a lo largo de la avenida, eran de los obreros, que con sus familias vivían allí, por haber recibido esos lotes, como obsequio de su patrón.

Además de don Moisés; Eugenio y Javier, tuvieron oportunidad de conocer a Don Avelino Aguirre, uno de los más antiguos obreros de su anfitrión, que vivía con su esposa, una cajamarquina rolliza y sonrosada y sus seis hijos,  entre varones y mujercitas, cuyas edades fluctuaban, entre catorce y cuatro años de edad. Vivía  allí,  dedicado  al  cultivo   de   su   propio cafetal, Propiedad que lo había convertido, en un hombre  libre  y sin compromisos. En ese momento, don Avelino y su esposa Valentina, que era como se llamaba esta, aunque todos simplemente le decían “Doña Valica”, se entretenían volteando los granos de su café, que tendido sobre una manta, hacían secar.

Durante las horas de la tarde, llegaron hasta allí, unos jóvenes como de veinte años de edad, que al ser presentados a nuestros  amigos, lo hicieron, diciendo llamarse Saturnino y Alcibíades Mejía respectivamente, hermanos ambos, venidos desde la lejana Bambamarca, de Cajamarca y que en ese entonces, se encontraban; Saturnino, ejerciendo como Capataz y su hermano, como su segundo en mando, estaban trabajando las estradas de don Moisés, al mando de doce rasgueteros (obreros dedicados, a extraer el látex de los árboles de la shiringa o  jebe) y con la cosecha que obtenían, cubrían con jebe, las  telas  de  las mantas recibidas, para enjebar por contratos, de los comerciantes de Tocache.

Los  hermanos Mejía, aún eran solteros, sin embargo, ya tenían cada uno de ellos un lote separado, para ser considerados habitantes de Nuevo Bambamarca y allí, pensaban construir, cada uno su casa, en donde tenían pensado llevar a sus mujeres.

Cuando ya las sombras de la tarde, hacían presumir que muy pronto, estaría   con   ellos   la   oscura   noche, ambos jóvenes, se retiraron hasta la banca, en donde los habían hecho descansar y en cuanto llegaron y allí,
se les unieron, don Moisés y su hijo  y entre conversación va y conversación viene, al final llego la hora, en la que  la  señora  Lilia,  esposa de don Moisés,  asomando  la  cabeza  por  el  vano  de  la puerta, del tambo en donde se cocinaba, llamo diciendo:

  -¡Moshito!; ya pueden pasar, la cena esta servida.

Don Moisés, había tenido tiempo suficiente, como para recibir los informes, que necesitaba de su capataz, el llamado Saturnino, conocido con el diminutivo de Shato y así, saber a que atenerse, respecto a las mantas que habían llevado con intenciones de hacerlas enjebar, sus huéspedes, por eso fue, que mientras cenaban, estando presentes, los hermanos Mejía, don Moisés dijo:
 
  -Bueno; vamos a enjebar las mantas de estos jóvenes, solo por ser amigos, pero para eso, tendré que ir con Hipólito hasta Cañutillo, acompañando a Shato y a su hermano.

Después de expresarse de esta manera, don Moisés, mirando a sus huéspedes, prosiguió hablando y lo hizo de la siguiente forma: 

  -Dentro de tres o cuatro días, estaremos de regreso; esto es, siempre y cuando no llueva, pues con la lluvia, no se puede hacer nada.

De esta manera, quedo determinado, que Javier y Eugenio, se quedarían allí, mientras que ellos, irían hasta donde se encontraban las estradas, para enjebar sus
mantas.

Después de haber pasado, dos horas de la cena, nuestros amigos fueron conducidos a un cuarto, preparado, mediante el cercado con ese carrizo, conocido como cañabrava, dentro del gran galpón, que servía como vivienda a don Moisés y en el que habían  hecho  diversas  divisiones,  utilizando  este  método  y material, para de esta manera, poder contar con diferentes ambientes.

En la habitación, que habían designado a los jóvenes, habían varias tarimas, preparadas, utilizando la misma técnica, que la usada para  hacer los diferentes bancos y asientos, de los que ya hicimos referencia y como colchón tenían, unas bolsas de tela, llenas una especie de lana vegetal, que no era otra cosa, que la flor de un árbol llamado HUIMBA, tan suave, que daba la misma impresión al tocarla, que la que se percibía al pasar la mano por un tejido de alpaca.

Durante la noche, los jóvenes no podían dormir, a causa de un constante lamento, que intermitentemente, se dejaba escuchar, lo cual los intrigó sobre manera, de modo que después de ponerse de acuerdo, se vistieron y calzaron dirigiéndose hacia el lugar, de donde presumían que venían los lamentos; se dirigieron hacia allí, utilizando todo el sigilo del que eran capaces.

Por el frente de los tambos, que utilizaba don Moisés como viviendas, pasaba un río, cómo de cuatro metros de ancho y de solo unos pocos centímetros de profundidad, que semejaba un lindero, separando este conjunto del resto de viviendas, pero no obstante la poquísima cantidad de agua que en esa oportunidad, contenía este riachuelo, posiblemente, en época lluviosa, presumiblemente, debía de ser más considerable, debido a lo cual, habían tendido un puente, compuesto por troncos apenas desbastados y por sobre el pasaron nuestros amigos
.
Por ese puente, pasaron nuestro jóvenes amigos y de ese modo, tal como lo habían hecho durante esa tarde,  se  encontraron,  al otro lado del riachuelo y avanzaron muy lentamente , tratando  de  guiarse  por  los lamentos, que si era cierto no eran muy fuertes, ni  desesperado, daban la impresión, de ser emitido, por una persona que sufría, de dolores constantes,  aunque no muy fuertes. Un poco más allá, distinguieron una pequeña luz, que salía del interior de un tambo no muy grande y hacia allí se dirigieron, afirmando durante el recorrido, la certidumbre, que de ese tambo precisamente, partían los lamentos.

Al fin, con el corazón en la boca y dándose ánimo el uno al otro, llegaron a la puerta del tambo aquel y como la puerta se encontraba entreabierta, pudieron atisbar hacia el interior, en donde se podía ver, a un joven de más o menos de la edad de ellos, que sentado en una silla, toscamente preparada como todo el mobiliario visto hasta ese momento por allí, leía tranquilamente una revista, a la pobre luz de un lamparín de kerosene, fabricado con una lata vacía de leche evaporada y un lene, (mechón de fibra de algodón levemente torcido) sin prestar atención, a otro joven como él, que postrado en una cama, semi desnudo y con vendas alrededor de la cabeza, clamaba por algo, que nuestros amigos no lograron comprender en el primer momento.

Todo el mobiliario de esa rústica habitación, consistía en la silla, la cama y una pequeña mesa. De pronto, el joven que leía, se levantó, pues al parecer, percibió la presencia de los jóvenes curiosos y de inmediato, de dos   trancos   fue   hacia   la  puerta  y  la  abrió,  quedando  en evidencia, la curiosidad de nuestros jóvenes viajeros.

  -¡Ola, ola!; yo los conozco, ¿No son  acaso  los  huéspedes  de mi tío Mosho?; ¡pasen adelante!; pueden sentarse sobre la cama si así lo prefieren, pues como ustedes mismos podrán comprobar, aquí carecemos de toda clase de comodidades.

Eugenio y Javier,  ingresaron  al  recinto  y  desde  dentro  de  el pudieron ver con más claridad, todo lo que allí estaba sucediendo.

El joven que había invitado a Eugenio  a Javier, a que ingresaran al dormitorio, se presento como Víctor Espinosa, bambamarquino de nacimiento, que había llegado hasta allí, contratado por don Moisés y que debido a que cuando sirviera en el ejército había ejercido como enfermero y por esos conocimientos de medicina, había asumido el cargo de enfermero también allí y el muchacho que se encontraba postrado en cama, no hacía otra cosa, que reponerse, de  una  herida que le había resultado, como consecuencia de unos granitos, que le habían brotado hacía un par de meses.

En ese momento, se encontraba en observación, después de habérsele administrado, una ampolleta de penicilina, que era la primera de una serie, recetada por Espinosa. El enfermero, era muy blanco, tanto que ni aún el tórrido temperamento que allí reinaba, había logrado hacer desaparecer totalmente esa característica, del tono claro de su piel; además, poseía una cabellera ensortijada y amarillenta, lo cual, a pesar, de tener los ojos pardos, decía a las claras, sobre su ascendencia caucásica.

El joven que yacía sobre el lecho, también poseía características raciales, parecidas a las  del  enfermero,  pero  su cabellera y barbas, así como sus ojos, eran de un negro impresionante, haciendo recordar el aspecto de los gitanos Magiares.
Cuando los jóvenes se sentaron sobre la cama, el enfermo se percató de  su  presencia  y  de   inmediato  se  irguió  y  con  voz trémula, imploró diciendo:

  -¡Por mi boquita; denme por mi boquita!; ¡ya no más esa ampolleta!

En ese momento, los jóvenes viajeros, tuvieron que sofrenar la risa que les acometió, al ver la cara de desesperación del joven y la forma en la que imploraba, pero en cuanto estuvieron en  su dormitorio, comprendieron lo doloroso que es, recibir una ampolleta de penicilina, disuelta con agua destilada y más, si no solo de una se trata, sino de toda una serie, que al parecer, el joven Zamora, que era como se apellidaba el enfermo, venía recibiendo. Al día siguiente, cuando aún el Sol no había salido, los jóvenes se levantaron de su cama, pero encontraron la noticia, que don Moisés, su hijo y los hermanos Mejía, habían partido, hacía una hora, hacia su campamento shiringuero de Cañutillo, dejando la orden expresa, para que la señora Lilia, atendiera a los huéspedes, hasta su regreso.

Don Moisés, no demoro los tres o cuatro días, dentro de los que se había comprometido a regresar, sino diez, durante los cuales, la señora Lilia, atendió a los jóvenes, que sobrevivieron, gracias a la gran cantidad de papayas y guabas, que habían dentro de las chacras de café, ya que como no  estaban  acostumbrados  a comer todos los días, esa dieta compuesta por SHIRUMBE, (Sopa igual al aguadito de pato, pero aderezada solamente con sal y por supuesto sin el pato) yucas y plátano sancochado, con la que la señora de don Moisés, los mantuvo todo ese tiempo, mañana tarde y noche, arrojaban el contenido a los perros, sin que la señora se percatara claro está y luego, se iban a buscar  por  las chacras, lo que pudieran encontrar, para saciar su hambre.

Eso si; en cuanto a las yucas sancochadas, que les ponían sobre la mesa en cada comida, no dejaban una, ni para muestra, pues eran sencillamente deliciosas, semejantes a copos de algodón y de muy buen sabor y como  por allí, no existía una sola tienda, como para comprar, aunque sea una galleta, las yucas representaban el
plato fuerte.

Durante todo el día, como no tenían nada que hacer, se entretenían haciendo visitas y de este modo fue, que llegaron a tener cierta amistad con Víctor Espinosa y el joven enfermo, que milagrosamente se repuso y muy pronto, estuvo  esperando, con tanta impaciencia como Eugenio y Javier, el regreso de don Moisés; pero no por la razón, ya que si ellos lo esperaban, para recibir sus mantas enjebadas y así poder regresar a la Sierra, el joven enfermo, ya repuesto totalmente, lo hacía, para que le pagara su liquidación y así poder viajar de regreso a su tierra.

Gracias a esos días de ocio, como ya dije con anterioridad, Víctor Espinosa, llegó a tener cierta amistad con los jóvenes viajeros y mediante esta, recibieron muchas confidencias de él, lo cual hizo, que conocieran un poco más a su nuevo amigo.

Una tarde, después de cenar, Eugenio y Javier fueron en busca del joven Víctor, que al verlos, los llevó a su dormitorio y una vez allí, extrajo una guitarra de una alacena y sin intervalo, se puso a rasgarla y entonó un corrido mejicano; luego  una  canción  ranchera   y por último un waynito.

Cansado de tocar y cantar, entró en el terreno de las confidencias y fue allí, cuando les hizo saber, que solamente  ese  mes,  estaría acompañando  a su  tío Moisés, pues ya  tenía  apalabrada a  una señora de Tocache, para reunirse con ella; además, como esta señora poseía un tienda comercial, algo pequeña cierto, pero era suficiente, como  para  que despegaran, trabajando unidos.

Compraría un motor fuera de borda, el que lo  confiaría Víctor y ella, obtendría un dinero, producto de la venta, de la casa de sus padres en SAPOSOA y con el, abastecería su negocio, mientras que Víctor se encargaría de llevar y traer pasajeros a lo largo del río Huallaga.

De pronto, una tarde llegaron caballos y como doce hombres y con ellos también lo hicieron, don Moisés, su hijo y los dos hermanos Mejía.


CAPITULO  XIII

DON ADOLFO TUANAMA

Todo sucedió rápidamente; don Moisés se disculpó por la demora, aduciendo que durante casi cinco días, había llovido sin cesar y cuando llueve, no se puede extraer el látex, ni enjebar, razón por la cual, tuvieron que ser pacientes y esperar.

Mientras que unas mujeres esposas de los obreros de don Moisés preparaban los cuellos, pegaban los cierres y doblaban los bordes de las mantas, nuestros amigos tuvieron la oportunidad, de acompañar a don Moisés hasta Tocache, ya que viajaba allí, para entregar mantas ya enjebadas, que le habían encargado como obra.

Con el grupo de viajeros, estaban los hermanos Mejía, Víctor Espinosa y el joven Zamora; pero en esa oportunidad,  viajaron, por la ruta del río Huallaga, llegando al puerto de un señor, llamado Adolfo Tuanama.

Todos los días, bajaban y subían botes fuera de borda, así como deslizadoras, pero los Sábados, estos abundaban y todo aquel que deseaba viajar al pueblo, sin tener que atravesar a nado el río Tocache, lo hacía, bien sea por el puerto de este señor Tuanama o por otro muy cerca este primero, de propiedad de un señor joven aún, de nombre Juan Shapiama.

El camino por el que el  grupo  se  trasladaba, había  sido  abierto por debajo del monte real, desbrozando la maleza y  derribando, solamente aquellos árboles grandes que estorbaban; caminaron durante casi dos horas, pero cuando ya Eugenio sentía cierto cansancio, escucho el rumor de las aguas del río Huallaga.

Al llegar, los recibió don Adolfo; un hombre muy pequeño, tan viejo y arrugado, que semejaba una momia Paracas, de piel negra y apergaminada; estaba vestido con un pantalón Jean azul y una camisa blanca muy  ligera,  pero  ambas  prendas,  le  quedaban sumamente holgadas, lo cual no se podía percibir de inmediato, debido a que este personaje, casi no se movía del lugar que ocupaba, dando la apariencia de un rey de la antigüedad, al que todo se le ponía al alcance de las manos y hasta los visitantes, tuvieron que desfilar delante de él, para presentarse y según decían, que una vez hecha la presentación, jamás se olvidaba de los nombres, identificando al dueño de él, bajo cualquier circunstancia futura. 

Tuanama; era quizá uno de los pocos sobrevivientes, de la etnia CHAMA y como tal, continuaba practicando, casi todas las costumbres y usos de sus ancestros y entre estos, la consuetudinaria costumbre, de ser considerado muy especial, por los tantos años con los que contaba, aunque debido a la mala vida que los indígenas llevan, no creo que pasaría de los sesenta años;  no obstante lo cual, también continuaba con la costumbre, de emparejarse con chicas adolescentes.

Era  sumamente jovial, encontrando cualquier situación, jocosa al extremo, que nunca se borraba de sus facciones, la agradable mueca de la risa.

No hacía aún mucho tiempo, que don Moisés y su  grupo  habían llegado, cuando don Adolfo les indicó con señas, que se acercaran, para que tomen asiento, en sendas caparazones de  tortugas  gigantes  de tierra, que les llamaban MOTELOS, tan abundantes en esa época.

Se dispusieran, a servirse algunos alimentos; todo estaba dispuesto de modo tal, que dando la apariencia de la improvisación, de una mesa inexistente, constituida únicamente, por el círculo, que los invitados formaron, teniendo como cabeza del mismo, al señor Tuanama.

Sobre hojas frescas de plátano, se fueron colocando en forma desordenada, porciones más o menos grandes de alimentos, consistentes, en plátano sancochado y trozos de carne ahumada, los que iban llegando, acarreados por una niña muy menuda, con las mismas características étnicas de don Adolfo, la que después se enteró Eugenio, era la última esposa del anfitrión.

También logro enterarse Eugenio, que don Adolfo, estaba adquiriendo últimamente, costumbres de los blancos, pues con anterioridad, no permitía que los extraños, puedan ver a su esposa, ya que era considerada por su etnia, como un objeto muy preciado, no debiendo por lo tanto, despertar la codicia ajena al mostrándola.

Gracias a esto, fue que Eugenio tuvo la oportunidad, de examinar muy disimuladamente a esa chica y enterarse de muchas otras cosas, relacionadas a don Adolfo y su casi fenecida raza y  esto fue, lo que él joven nos narro al respecto:

Era una chica  de  quince  años,  más  o  menos,  a  pesar  que  a simple vista, pareciera de diez; y  que  según  don Adolfo  mismo dijo, era su esposa número catorce y si es que andaba rodeada de varios niños de toda edad, eran los hijos que don Adolfo, había procreado en otras mujeres, con anterioridad, las que habían fallecido o en su defecto, habían sido repudiadas por él, debido a diferentes razones. 

“Don Adolfo había traído al mundo, a más de cincuenta hijos, de los cuales, más de mitad habían fallecido durante la niñez, llevándose en muchos casos, a sus madres con ellos; durante sus tiempos mozos, cuando su padre falleció, el tomo su lugar en el cacicazgo y como tal, logro reunir a su alrededor, hasta doce mujeres, pero como por esos años, abrazó la religión católica, se quedó solamente con una y cada vez que encontraba algo malo en esa mujer de turno, simplemente iba donde  su  chamán,  el que disolvía ese matrimonio y enlazaba el siguiente, pues era imposible, que un antiguo curaca, este solo.

“En muchas oportunidades, cuando lo ponían entre la espada y la pared, con preguntas irreverentes para él antiguo curaca, respecto a su modo de vida, algo desordenada para un católico, simplemente respondía:

  -¡Yo nací bajo la sombra de otra religión y como no me es posible, observar todos los dogmas católicos, por entreverarse con los que antes tenía, simplemente, intento no hacer mal a nadie y entre esos estoy  yo;   creo que es suficiente!

Luego, con cierta sonrisa que trataba de ocultar, con un disimulo muy mal logrado, proseguía hablando de esta manera:

  -De todas  maneras; se que  cuando  sirvo  a  un  dios,  estoy   sirviendo también al Dios de los curas, porque al fín es igual; ¿No lo creen así?

“Con don Adolfo, solo estaban los hijos menores de quince años, todos los mayores, estaban recorriendo mundo o en su defecto; en su propio hogar, con su esposa e hijos.

“Todos en su familia, cercana o lejana, le daban a su última esposa, el calificativo de “Catorce”, debido a que era la esposa catorceava y si era cierto que estaba sojuzgada a su mando, cuando el estaba ausente, ella era la que ordenaba allí”

La primera impresión que causaba la presencia de don Adolfo, era la de estar frente a un primate amaestrado, casi inmóvil y cuando Eugenio le preguntó a  don  Moisés  al  respecto,  todo  el velo del misterio se descorrió, cuando le dijo con toda discreción:

  -¡Tiene un gran divieso en el trasero, que no lo deja goncearse!

Y efectivamente, eso debería de ser, pues cuando Eugenio miro detenidamente a don Adolfo, vio que este, estaba sentado sobre varios almohadones, preparados con lana de Huimba, que por su suavidad, hacía menos dolorosa esa situación, pero a pesar de todo esta situación, que lo limitaba aún hasta en sus movimientos, no había logrado, frenar el espíritu socarrón de nuestro personaje, que no hacía sino reír, de cuanto le narraban y hasta se permitía hacer de vez en cuando alguna broma, como cuando inmediatamente después, que vertieron los alimentos, sobre las hojas de plátano que servían de mesa,  dijo:

 -¡Sírvanse sinvergüenzas de ninguna clase!; no están en su casa para que se queden de hambre también.

Y  seguidamente,   soltó   la  risa  a  todo  trapo  y   cuando   fue             comprendido el sentido dual que había dado a sus palabras, todos los presentes festejaron con él; pero Eugenio no dejó de percatarse, que aún cuando reía, solo los músculos de su cara se movían, para evitar el dolor, en el lugar en donde tenía el divieso.

Una vez que hubieron concluido de comer, don Adolfo fue examinando, uno por uno a los presentes, diciendo sus nombres o sus motes y en algunas oportunidades, relatando alguna anécdota respecto a esa persona, seguida a continuación, por sonoras carcajadas, que eran coreadas por los otros presentes y en ocasiones, por el mismo al que se había referido don Adolfo y cuando poso la vista sobre Eugenio y Javier, después de mirarlos con mucho detenimiento, hablo de la siguiente manera:

  -¿Ustedes son shishacos recién bajados, no es así?; ¿por eso es que de seguro, no han saboreado las diferentes carnes del monte o me equivoco?

Tanto Javier como Eugenio, hicieron un signo de afirmación con la cabeza y para asegurar el haber sido comprendido en toda la extensión de la palabra, Javier hablo diciendo:

  -¡Si don Adolfo!; al menos por mi parte, es la primera vez que saboreo una carne de monte.

Entonces Eugenio, creyó necesario intervenir, diciendo: -Bueno don Adolfo; yo si he comido algunas carnes de monte, como la de picuro, carachupa y venado. Don Adolfo reía, si, reía con toda su cara, con todo el cuerpo, en fin, con todo su ser,  como si le causara gracia, lo que estaba escuchando y aún riendo, preguntó:

  -¿Y carne de mono, nunca han comido?

Ambos amigos, no solo hicieron un movimiento de negación con la cabeza, sino que al unísono dijeron:
 
  -¡No!; ¡nunca!

Don Adolfo continuaba riendo y tanto reía, que se descuidó e hizo un movimiento desacostumbrado, saliéndose de la protección de los cojines y lanzo un grito de dolor, que alarmó a todos los presentes, en la creencia que quizá le había dado un infarto o algo por el estilo, pero don Adolfo era sumamente fuerte. Si; muy
fuerte y rápidamente volvió a la normalidad.

Una vez que don Adolfo se hubo calmado, del dolor que le había causado, el  Chupo  que  tenía  en  el  trasero,  al  haberse  topado bruscamente con algo, volvió a sonreír y para concluir con la broma, hizo a los jóvenes la siguiente pregunta

  -¿Esa carnecita negra que comieron hoy en mi mesa tan rico, de que animal  creen que es?

Y mientras reía a carcajadas, sin descuidarse nuevamente, para no volver a sufrir dolor y arruinar su festejo, sin dejar de reír, aseveró:

  -¡Mono!; ¡mono negro es lo que han comido hoy!

Javier y Eugenio se miraron y no queriendo ser el hazmerreír de nadie, como para defenderse, trajeron a colación, aquella vez que en Bambas, comieron carne de zorro, de león y hasta de llama, por eso fue que Javier dijo:

  -Nosotros hemos comido carne de león, de llama y hasta de zorro; ¿No es cierto socio?

La última pregunta, Javier la pronunció mirando a Eugenio, que afirmo con la cabeza; fue entonces, cuando don Adolfo, con cierto dejo de burla preguntó:

-¿Y carne humana no han comido?

Y a continuación, rió y rió, coreado por todos los presentes y hasta Eugenio y Javier, festejaron la ocurrencia, pues también comprendieron el doble sentido  de  la  pregunta,  ya que
en muchos círculos sociales, llaman carne humana, al acto sexual.

De  pronto,  todos   callaron,   pues   alguno   del   grupo,  había Escuchado, el rumor lejano de un bote fuera de borda y en tropel, fueron hacia el río y a lo lejos, pudieron ver  un  punto, que conforme avanzaba cortando la correntada del río, iba tomando forma, hasta que pasado unos minutos, se pudo  distinguir con claridad, la alargada forma de un bote de madera, que iba surcando las aguas del gran río Huallaga.

Cuando el bote logro atracar al borde del río, en el lugar en el que nuestros amigos esperaban, Eugenio se desalentó, pues este se encontraba abarrotado de hombres y mujeres, que como un racimo colmado de frutos, parecía reventar; pero se abstuvo de hablar y esperó, pues cabía la posibilidad, que un gran número de pasajeros, desembarcaran allí.

El motorista, elevó el motor sobre el agua y luego, haciendo un alarde de equilibrio y pasando por un costado de los pasajeros en forma inverosímil, pisando por el delgado borde del bote, saltó  a tierra, dejando el bote bambolearte y según opinión de Eugenio, en grave peligro de zozobrar.Ninguno de los pasajeros, que venían arrumados dentro del bote, se movió, ni dio muestras de prepararse a bajar, lo cual, hizo suponer a Eugenio, que no podrían viajar allí.  

El motorista, una vez en tierra, hablo con don Moisés y después de mirar sus bultos, miro su bote y con gran aspavientos, hizo indicaciones con las manos para que los pasajeros se arrimen, al mismo tiempo que gritaba. 

  -¡Vamos, vamos!; arreconcholéence un poquito, para que entren estos pasajeros y sus bultos. ¡Vamos pues!; no solo ustedes quieren viajar, ellos también son hijos de Dios. Más voluntad de compañeros y todos estaremos felices.

Como si el motorista fuera un mago, fue introduciendo primero los bultos de don Moisés  y  de  sus  compañeros,  para  luego,  ir Encajando a los nuevos pasajeros, entre los que ya venían allí, que permanecían inmóviles, haciendo únicamente los movimientos imprescindibles, pues cuando alguien hacía un movimiento algo brusco, el bote se inclinaba peligrosamente, amenazando con dejar entrar agua; no obstante, nadie parecía darse cuenta de esto y continuaban impasibles.

Al fin, todos estuvieron instalados dentro del bote y este partió, pero primero, lo despegaron de la orilla, botándolo con una pértiga   y  cuando  se   encontraba   al  garete,  en  medio  de la correntada del río y Eugenio temía seriamente fueran a zozobrar, el  motorista  logro  hacer  arrancar  el  motor  y  este,  después de  permanecer  por  breves  instantes  inmóvil  en  el   agua,   fue cobrando velocidad, pero solo avanzaba algunos centímetros, hasta que comenzó a moverse ostensiblemente, pero solo unos cuantos metros por minuto, dando la impresión, de encontrarse detenidos en el mismo lugar, sin avanzar lo más mínimo.

Con temor hasta de respirar muy fuerte, los pasajeros, entre los que se contaban Eugenio, Javier y don Moisés, así como Shato, Zamora y Espinosa, evitaban mover hasta la cabeza, pues el bote solo emergía sobre al agua, no más de dos dedos y debido a que los virajes propios del deslizar del bote por el río, hacían que este se  bambolee,  el  agua  entraba   a   raudales   y   el   ayudante del  motorista,  iba  achicando  con  un  matecito, teniendo que multiplicarse, para que no peligre la estabilidad de la embarcación, empeorando la situación, hasta llegar al límite de ocasionar pánico entre los pasajeros, a cada segundo en el que el bote surcaba esas aguas.

La situación empeoraba, cada vez que entraban en alguna zona de turbulencia, como  cuando  el  bote  en  el  que  viajaban nuestros amigos, tuvo que pasar, por la desembocadura del río Tocache y enfrentar la correntada de este río, que cuando entraba al río Huallaga, lo empujaba hasta casi la  otra  margen,  chocando  contra  el  botecito con tanta violencia, que lo hizo ladearse de tal forma, que una gran cantidad de agua entro en el, arrancando gritos de las gargantas de las mujeres y protestas con visos de pánico, de las de los hombres, que no encontrado a quién culpar, quisieron hacerlo con los shishacos, en especial, con los recién bajados, categoría en la que estaban considerados Eugenio y Javier.

  -¿Por qué han traído a estos shishacos, que nos vienen a poner en compromisos, pues si el vote vira, ellos  se  sientan  a  coquear en el fondo del río y se ahogan?

Esta y muchas  otras  fueron, lasobservaciones ridiculizantes para los serranos, se dejaban escuchar, al mismo tiempo, que miraban con malos ojos a nuestros amigos, haciéndolos sentir culpables, por más cuidado que ponían, en mantenerse rígidos.

Para evitar mayores problemas, como lo sería una acalorada discusión a bordo de esa frágil embarcación, que podría degenerar, en violencias físicas por ambas partes, tanto Eugenio como de Javier, que estaban muy encolerizados, creyeron conveniente no responder a tanta alusiones ofensivas, dando el silencio por respuesta.

Pero este proceder al parecer, resultado, ya que poco a poco fueron calmándose los ánimos, dejando de molestar a nuestros amigos, para preocuparse de sus pertenencias, que con tanta agua que entraba por el borde, se mojaban; pero no se vaya a pensar, que todo el rencor acumulado por los viajeros selváticos, ceso allí, no, aún estaba latente.

En cuanto desembarcaron, uno al menos, intento llevar el  asunto  un  poco más allá, pero cuando vio, que la persona a la que intentaba agredir, estaba en compañía de don Moisés, se calmo, desistiendo definitivamente de su empeño, sobre todo, al ver erguido en  toda  su dimensión a Eugenio, el que mostrando la totalidad de su metro con ochenta y dos centímetros de estatura impuso respeto

Era ya casi de noche, cuando el bote en el que viajaban nuestros jóvenes amigos, atracó al pie de las escalinatas del pueblo de Tocache  Nuevo,  con  los  pasajeros  mojados  y  entumidos,  a consecuencia de la postura tan incómoda, en la que habían tenido que viajar y una vez desembarcados, el grupo comandado por don Moisés, subió los interminables escalones, que llevaban al malecón y una vez arriba, enrumbaron en dirección a un hotel, de nombre “LA PERLA DEL HUALLAGA”.

Este era de propiedad de LUISA SEIJAS. Doña Luisa Seijas, recibió a don moisés con grandes muestras de aprecio, como si de un familiar ausente mucho tiempo se tratara, haciendo otro tanto con sus acompañantes y los que ya la conocían le dieron el tratamiento de “MAMALUCHA”, posiblemente por el gran interés que ponía, en la atención de cada uno de sus huéspedes, pudiéndose calificar esta, como maternal.

Doña Lucha, era una mujer como de unos cuarenta años, blanca, muy blanca, de pelo rubio y ojos azules, tez sonrosada  y que posiblemente, unos años antes, habría sido muy hermosa, pero en ese momento, los kilos de más con los que contaba, le restaban esa cualidad.

Un tiempo después, Eugenio llegó a enterarse, de algunas facetas de la vida de esta señora,  que habiendo tenido grandes oportunidades, como para hacer dinero, debido a su modo de ser tan desprendido y amoroso sobre todo, que trataba a todos como si fueran sus hijos, las había perdido; pero al parecer, era feliz con lo que tenia, que no se podría decir, que fuera mucho, ni  poco.

Durante la estadía obligatoria de diez días, de los primos en la chacra de don Moisés, Eugenio  le  dio  a conocer  a Javier, con pelos y señales, todo lo que le había sucedido  con  Helma  y  a Érica, durante la visita que hiciera  a  Tocache  Nuevo,  también conocido como EL PUERTO DEL PATO, debido al remanso que frente el, forman las aguas del río Huallaga.

Esto dio pábulo, para que desde el día, en el que decidieron ir al pueblo de Tocache, Javier  le  estuviera  haciendo  recordar  a  su primo, para que lo llevara, a conocer a las dos encantadoras chiquillas de los ojos vedes y de ser posible, volver a organizar el cuarteto de antaño, cambiando solamente a las chicas, pero en esta oportunidad, selváticas, lo cual le daba a esa aventura, un tinte de exotismo sin precedentes.

Debido a lo ya expuesto, no bien acabaron de cenar, Javier le insistió a Eugenio, para que fueran a visitar a las chicas de la mirada verde, como había dado en llamarlas y fue así, como la pareja de jóvenes, se encaminaron en busca, de grandes aventuras amorosas, haciendo elucubraciones en el camino, reviviendo fantasías eróticas, en las que intervenían ellos  y  las   chicas   de   mirada verde por supuesto.

En cuanto llegaron, a la puerta de la casa de las chicas, Eugenio presintió que algo no andaba bien, pues en la casa no se podía ver rastros de vida; todo era oscuridad, las cortinas de las ventanas estaban corridas y en el jardincito que había en el frente, se podía ver el abandono, pues la mala hierba lo estaba invadiendo todo; pero aún tenían cierto hálito de esperanza, pues el reloj de Eugenio, marcaba las diez de las noche, razón suficiente, como para creer, que todos estarían durmiendo en esa casa y posiblemente, en casi todas las casas del pueblo, pues las calles estaban desiertas, así que dieron media vuelta y regresaron al hotel, prometiéndose volver al día siguiente, a una hora prudencial.

No bien acabaron de tomar desayuno, nuestros jóvenes amigos, mientras que don Moisés iba a entregar las mantas que ya enjebadas, había llevado hasta el pueblo, ellos se encaminaron presurosos, a la casa de las chicas de la mirada verde, pero su desilusión llegó al clímax, cuando  vieron  que  efectivamente, en esa casa no vivía nadie.

Averiguando por los alrededores, una señora les informó, que don Pío Quinto y sus hijas, habían viajado a Tingo María, de donde no volverían, hasta dentro de una semana; con esta novedad, volvieron sobre sus pasos, yendo a sentarse en una banca de la plaza de armas.

Javier perdió desde ese momento, todo interés por permanecer en Tocache y acompañando a Eugenio a la panadería, compraron un costalillo de pan y se dedicaron, a comerlo durante todo el día, para de ese modo, resarcirse de la falta que habían tenido de él, desde el día que salieron de la Sierra.

El regreso se hizo en un bote, en el cual solo fueron don Moisés, Eugenio, Javier y los hermanos Mejía, pues Zamora y Espinosa se quedaron; Espinosa, para proseguir con su proyecto de formar pareja y Zamora, para viajar a Lima y de allí a su tierra.

Una vez en el puerto de don Adolfo Tuanama, cargaron con las cosas que don Moisés había comprado en Tocache, sobre un caballo que estaba esperando y prosiguieron viaje hasta Nuevo Bambamarca, sin novedad.

Una vez en este naciente pueblito, los jóvenes viajeros recogieron los ponchos ya  armados, inclusive con sus  cuello   y   cierre   ya clocados,  así  como  con los cantos doblados y a continuación. se alistaron para volver de regreso la Sierra, muy animados por cierto, en vista de lo inminente de su partida, ambos pensando, en regresar pronto a la Selva, con intenciones de establecerse  definitivamente en esas ubérrimas tierras, para lo cual solo era necesario, costar con buena voluntad y un gran espíritu de trabajo.

Don Moisés, no permitió viajar a sus huéspedes, sin antes servirse un apetitoso desayuno, consistente, en carne de Picuro asado a la brasa, acompañado por unas sabrosas yucas, tan esponjosas, que daba la sensación de estar comiendo algodón; además, les puso como fiambre, toda una carachupa (armadillo) asada y algunos trozos de yuca, con una bolsita de FARIÑA, (yuca molida y tostada) para que en el camino, preparen SHIVE (bebida y comida, preparada con agua y fariña).

Ese día, fueron a quedarse en Palo Blanco, en donde Santos Gonzáles, los atendió sin escatimar en gastos; allí se quedaron a dormir y esa noche mientras conversaban, sentados sobre unas bancas, colocadas en el porche de la casa de don Santos, alumbrados por una hermosa luna llena, Eugenio vio a Eva, que con su madre acomodaban sus camas, en una de las habitaciones de esa casa, para pasar la noche, pues según se enteró, estaban  trabajando en la cosecha de café, para el señor Santos Gonzáles.

Ella también vio a Eugenio y lo saludo, agitando una mano desde lejos, sin llegar a tener ocasión, para poder hablar, pero Eugenio, se prometió, que en cuanto regresara, ya con intenciones de establecerse, la buscaría, pues Eva, se había transformado, en una “real hembra”, a pesar que solo debía contar, con no más de quince años de edad, aunque Eugenio se enteró, que en la Selva, a esa edad, muchas ya eran mujeres.

Al día siguiente, nuestros jóvenes amigos, prosiguieron viaje, llegando a  MONTE CRISTO,  fundo  de  Iraldo  Bogarín,  otro tayabambino amigo, que también los atendió a cuerpo de rey, dándoles de comer, bueno y abundante. Desde Monte Cristo, no fue  ningún  problema  para  los  jóvenes viajeros, remontar el camino de subida hasta Marcos, en donde se quedaron a dormir, para al día siguiente, continuar el viaje hasta Tayabamba y de allí, salieron muy de mañana, para culminar la última etapa.

Javier se separo de Eugenio en Huaylillas, para tomar el camino a Buldibuyo, en donde esperaba ver a su prometida, encargando a su socio, que pasara por La Esperanza, para dar a conocer a sus padres, de su feliz retorno, encargo que fue cumplido al pie de la letra.


CAPITULO  XIV

EL RIO BIABO

Javier contrajo matrimonio y se fue a vivir en La Esperanza con su esposa, en unión de sus padres y siendo hombre dedicado a su esposa, tal como él mismo lo había planeado, dejo de visitar a la señora Amelia, lo cual fue aprovechado por Eugenio, que recordando aquel dicho ya tan trajinado, que se refiere a la gallina aquella comedora de huevos, cosa que había sido tan bien aprovechado por su primo Javier y a su debido tiempo, se abocó a visitar a la mencionada señora y al fin, después de un asedio constante, ella aceptó sus requerimientos, citándolo para que fuera a su casa, en donde se llevarían a cabo, sus encuentros amorosos.

 Eugenio iría después de las nueve de la noche, a pie hasta Chicches, allí se encaminaría hasta la tienda de la señora y empujaría la puerta, puesto que esta, se encontraría solamente junta e ingresaría para verse con ella.

Pero esta relación, estaría demarcada por  ciertas condiciones,  siendo las principales, la que por ninguna razón, sea lo que se viera o escuchara, ninguno de ellos recurriría a los celos; además, si ocurriera el caso, que Eugenio encontrara la puerta de la tienda cerrada, este sería el aviso seguro, que la relación había concluido y por parte de Eugenio, era un aviso suficiente, la cesación de visitas por tres noches consecutivas, para considerar la relación concluida. Así pues, no celos no reclamos y libre disposición de voluntad, para cortar relaciones, en el  momento  que cada uno de  ellos  lo creyera conveniente;  eran las normas que regirían esta  relación;  además, existía otra condición  fundamental y esta estaba relacionada íntimamente, con la discreción absoluta.

Era pues, una forma de llevar adelante una relación amorosa, llena de comodidades,  por medio de lo cual, Eugenio obtenía lo que tanto había deseado, sin mayores problemas, bajo condiciones  de máxima comodidad, olvidando por esta razón, un juramento por medio del cual, Eugenio se había prometido, nunca tener relaciones amorosas con esa señora, más por rencor que por convicción.

Debido a que la aceptación, de los requerimientos amorosos de Eugenio, tuvieron lugar en plena época de cosechas y teniendo Amelia, que ir todas las noches a cuidar las parvas de sus chacras, de los alrededores de Chicches, la primera cita que tuvieron, fue precisamente en una de estas parvas, pasando esa noche, no con muchas comodidades, pero esto pronto terminó y los futuros encuentras, se llevaron a cabo, en casa de la señora.

Todo el frío de la noche y los sobresaltos, por el temor de ser descubierto que pasaba Eugenio, eran retribuidos con creces por su amante, que como una sombra, abrazaba de improviso al joven y lo conducía amorosamente hasta su lecho, en donde pasaban verdaderas orgías de amor intenso, ya que el fuego con el que Eugenio aportaba, se acrecentaba con el de ella, que por cierto, no era poco. Cuando Eugenio llevaba casi dos meses, de relación sentimental con Amelia, un día ella le preguntó:

   -¡Eugenio!;   ¿No   crees   que   no   deberías   ilusionarte   tanto conmigo, pues además de ser una mujer abandonada y vuelta a engañar? Tengo tres hijos y un pasado que es muy difícil que hombre alguno puedas cargar con el.

Eugenio muy preocupado, contestó:

  -No creo haber infringido nuestro acuerdo, ¿Por qué me hablas de ese modo?; creo que lo mejor es continuar como hasta ahora y más  adelante, veremos que surge; ¿de acuerdo?

 Desde ese día, continuaron viéndose casi todas las noches y aunque Eugenio sospechaba, que Javier u otro cualquiera iba de vez en cuando a cubrir su ausencia, nunca dijo nada y continuó observando estrictamente las reglas del convenio. Desde los primeros días, después que Eugenio llagara    de    la    Selva,     tuvo oportunidad, de narrar a su madre, todas aquellas experiencias que había vivido, en las dos oportunidades en las que viajo allá y cierto día, hizo partícipe de estas a don Rafael, esposo de su madre, agregando, que había decidido, establecerse en Tocache; este, después de escucharlo con mucha atención, le dijo:

   -No es bueno realizar una acción, sin sopesar el pro y el contra, comparándolos con las de otras prerrogativas; yo he conocido diferentes lugares de la Selva y de todos ellos, me impresiono favorablemente un lugar ubicado en el río Biabo, Bellavista, aquel lugar, en donde esta trabajando el Shapra perteneciente al Departamento de San Martín, en el Distrito de

Después de esto, Eugenio tuvo una conversación con su madre, respecto a su futuro, pues ella se negaba, a  entregarle  un regular lote de terreno, dentro de los linderos de la hacienda Bambas, fingiendo una venta, para que su hijo trabaje con libertad.

Durante esta conversación, surgieron dos ponencias; la una, era relacionada a la preparación de Eugenio, para que intente ingresar a la Escuela de Oficiales de Chorrillos, recibiendo todo el apoyo económico necesario y la otra, la de fijarle una cantidad de dinero, como para que pueda tentar suerte en el rubro de la vida que escogiera, ya que  sus hermanos estaban estudiando y para que decida, definitivamente el camino que tomaría, le dieron una semana de plazo.

Mucho antes que se cumpliera la semana,  que  le  habían  dado de plazo a Eugenio, para definir respecto a la decisión que tomaría para su futuro, fue hasta donde su madre y le dijo:

  -¡Mamá!; ya he decidido, que tipo de ayuda deseo que me brindes, para mi futuro; ya no deseo continuar estudiando, pero si que me provean de un capital, para desempeñarme en la agricultura,  bien sea en la Costa o en la Selva, pero para definirme, tengo que como me dijo don Rafael, buscar mas prerrogativas, por eso es, que voy a viajar a Bellavista, en donde se encuentra el Shapra y él me aconsejara al respecto.

Una semana después, Eugenio estaba en Trujillo, en donde fue a buscar al Shapra, pero en su casa, le dijeron que se encontraba en Bellavista; decidido, Eugenio saco un pasaje en una avioneta, que lo llevaría hasta ese pueblo. Bellavista estaba ubicada, a orillas del río Huallaga, pero mucho más debajo de lo que estaba Tocache y desde donde  Eugenio se encontraba, la vista panorámica era sencillamente colosal.

Desde allí, Eugenio pudo ver la quebrada de Baños, con su impresionante campiña, así como el río Biabo con todos sus afluentes y los valles que conformaban; todo era plano, quizá más plano que en el valle de Tocache, que se encontraba en las estribaciones de la ceja de Selva, en cambio Bellavista, era ya Selva franca.

Desde Trujillo hasta Bellavista, la avioneta en la que viajó Eugenio, demoro cerca de tres horas, para cubrir la ruta, llegando por esto, a cerca de las cuatro de la tarde a destino, sin novedad de ninguna clase.

No bien hubo llegado Eugenio a Bellavista, fue en busca de un hotel,  el  que  encontró  de   inmediato   y   estando   allí,   hizo indagaciones sobre el lugar, en donde podría encontrar al Shapra, pero  solo  estaba  en  Bellavista  su  hermano  Carlos,  que  le informó, que don Eduardo, había viajado a Trujillo, ese mismo día, lo que quería decir, que se habían cruzado en el aire.

Sin perder al ánimo, Eugenio buscó un guía, que pudiera llevarlo para hacer un periplo por el valle del río Biabo y para su gran sorpresa, le dieron un nombre, que coincidía con el de un chico, que estudió con él, en el colega Salesianos de Lima, el último año de primaria.

Con esa incertidumbre, Eugenio fue al día siguiente muy temprano, en busca de este joven y después de indagar por varios lugares, al fin le señalaron una casa, en donde vio a un joven como él, que con un cuchillo, estaba tallando un trozo de madera, sentado en la playa, a pocos metros de las aguas del río Huallaga.

Habían   pasado   varios  años,  desde  aquella  época  en  la  que Eugenio estudio en el colegio Salesianos y solo tenía el recuerdo borroso, de un niño, que como una señal imperecedera,   tenía   un    gran lunar en la mejilla.

El joven se encontraba de espaldas, estaba tan embebido en su trabajo, que no se percató de la llegada de Eugenio, el que tomo asiento sobre la arena, junto a Amperio, que era el nombre que le habían dado a Eugenio, para encontrar a su posible guía y fue entonces, que este dio cara al recién llegado, llevando por delante, la muestra, que solo gracias a una coincidencia, casi imposible de duplicarse,  pudiera haber señalado a dos  personas  en  este  mundo  y lugar, pues lucía un gran lunar en la mejilla, quizá más negro, que aquel que Eugenio recordaba.

Ya no podía haber duda de ninguna clase, pues  existían  dos indicios, el nombre y el lunar,  estando  los  dos,  reunidos en una misma persona, como identificación certera, por eso fue, que Eugenio, con la certidumbre pintada en el rostro, se puso de pie y abriendo los brazos dijo:
 
  -¡LUNARCITO!; saludos de los curas Castillo y Gonzáles.

Amperio  también  se  puso   de   pie  y achicando los ojos, miro como queriendo penetrar a través de los años y así poder ver a Eugenio, con la misma fisonomía del pasado, aquel en el que siendo niños, solo pensaban en estudiar, pasarla bien y jugar.

Eugenio tenía la ventaja sobre Amperio, de conocer su nombre y haber armado el rompecabezas, contando con el lunar, así que le dio pena, ver como el pobre muchacho, se esforzaba por adivinar quién era, el ex compañero de colegio que tenía por delante, por eso fue que le dio más pistas al decirle:

   -¡La carpeta junto a Figurita y tras de Caldito!

La cara de Amperio se ilumino y rojo como un tomaste, cayo en los brazos que Eugenio le ofrecía y unidos fraternalmente, después de unos momentos, se miraron y comenzaron ha hablar al mismo tiempo, tan atolondradamente, que muchas personas que pasaban por allí, se detuvieron para contemplar el cuadro tan conmovedor, que conformaban ambos ex condiscípulos.

Después de algunos minutos, ya calmados, fueron dándose cuenta uno al otro, de los años vividos por separado y una vez conocidos todos los pormenores al respecto, enfocaron el asunto por  el  cual estaban allí, concretando un trato, para que al día siguiente, salieran juntos hacia el río Biabo.

Aún no había asomado la cara el candente Sol, cuando Eugenio y Amperio, se disponían a embarcarse en una minúscula balsita, hecha con topas y amarrada con las cortezas de las mismas.

 Sus intenciones eran navegar aguas abajo en el río Huallaga, hasta llegar a topar con la boca del río Biabo, en su desembocadura con el río Huallaga y de allí, continuar por la margen derecha de ese afluente del río Huallaga, remontándolo, para ir a dar hasta algunos poblados, fundados hacía dos años en esos lugares por los colonos del lugar, con el objeto de poder indagar, las tierras y las condiciones de trabajo.

Durante el viaje aguas abajo, los ex condiscípulos, fueron recordando aquellos tiempos tan felices de la niñez y de ese modo recordaron a Caldito; el popular Figurita, que algún tiempo después, llegaría a ser una figura destacada, en la Selección Nacional de Fútbol;  también  recordaron  a  Casavilca,  conocido como el Trotón, al Chancho, aquel Iqueño que tanto hacía reminiscencias de Huaca China y sus aguas termales y al Renacuajo Gómez, que a pesar de su gordura, se movía ágilmente en el campo de fútbol;

Entre los estudiantes de años superiores, los que estudiaban  secundaria, no pudieron dejar de recordar a Gilberto Torres, gran jugador de la selección del colegio y que también llegaría a ser connotado jugador de la Selección Nacional. Luego les toco el turno a los profesores y así nuestros amigos recordaron a los Curas González y Castillo, así como el cura Exhaustivos y al cura que fuera su profesor de latín, aquel alemán de apellido Clausen.

Todo el itinerario trazado con antelación, fue cubierto al pie de la  letra   y  así  fue  como  los ex condiscípulos,  llegaron  a  la desembocadura del río Biabo, que desengaño a  Eugenio, pues su fama, corría dispar, con su caudal y apariencia, puesto que más parecía un gran acequión, que el río del que el joven había escuchado hablar, aunque Amperio  le  aclaró,  que en época de lluvias, el caudal de ese río, crecía no menos de veinte veces, en relación al que en ese momento veían. A continuación, siguieron por un camino, que se introducía en la Selva Virgen, bordeando el río Biabo en dirección contraria a sus aguas y después de caminar por espacio de casi tres horas, llegaron a un poblado llamado Nuevo mundo.

En Nuevo Mundo, les invitaron yuca y cantones sancochados, con carne de Zungaro asado, que fue para ellos, como una ambrosia de los dioses, por el hambre que llevaban, regalando en  reciprocidad, a la persona que les invitó el pescado, dos latas de atún, que habían llevado con ellos.

Después de ese almuerzo, prosiguieron caminando en la misma dirección y cuando ya las sombras de la noche se anunciaban, después de haberse ocultado el astro rey, llegaron a otro poblado de nombre Nuevo Lima, en donde pidieron posada.

En Nuevo Lima, asistieron a una asamblea popular, en donde se contemplo la posibilidad, de firmar un contrato con un señor, al que conocían con el apelativo de “El Millonario” y que cuando Eugenio consultó al respecto con Amperio, despejando la identidad de este señor, resulto ser nada menos, que El Shapra.

En este poblado, Eugenio tuvo la oportunidad, de escuchar, acerca de las inquietudes que tenían los pobladores, para construir un campo de aterrizaje, pero debían de contar, solamente con sus propias fuerzas, pues en realidad, eran un pueblo olvidados por las autoridades, tanto locales como las del gobierno central, cosa tan común durante esa época en el Perú.

Al día siguiente, Eugenio Guiado por Amperio, continuó caminando, pero en esta oportunidad, lo hicieron atravesando el río  Biabo,  por  medio  de  un  puente,  que  los  pobladores  de Nuevo Lima, habían tendido,  utilizando  troncos  de  árboles  sin desbastar.

Una vez al otro lado del río, continuaron en dirección hacia el río Huallaga, al que llegaron como a las once de la mañana; no tuvieron que caminar mucho, para llegar al fundo, de  un  señor ti o de Amperio, que se dedicaba a la extracción de alcohol de caña, (aguardiente), por medio de un trapiche, tirado con la fuerza, que le proporcionaba una sacha vaca amaestrada, la que según  informo  el  señor   Carlos  Cárdenas,  dueño  del  ingenio, poseía la fuerza de dos yuntas de bueyes.

Para aclarar a nuestros lectores sobre la sacha vaca, tengo que informarles, que este animalito no es sino el conocido Tapìr Americano, tan abundante en épocas pasadas, en todo el continente americano y que ya en la época, en la que transcurren los acontecimientos que estamos narrando, se encontraba en extinción.

 El señor Carlos, tenía un bote con motor fuera de borda, en el que después de almorzar, traslado a nuestros amigos hasta Bellavista, que estaba ubicada, justamente al frente del ingenio de este señor y una vez allí, Amperio se fue a su casa y Eugenio al hotel, despidiéndose del señor Cárdenas, el que después de hacer algunas compras, regreso al ingenio en su bote.

Estando Eugenio a solas, sopesó el pro y el contra de los factores existentes en esa zona, para ver si es que le convendría establecerse allí y llevar a cabo su proyecto, para establecer una ganadería, según pensaba, mejor que la que su madre poseía en la Provincia de Pataz.

Hecho el balance, de las posibilidades existentes en Bellavista y sus alrededores, teniendo  en  cuenta  el  verano  extremo  que  se dejaba sentir todos los años, que llegaba a ocasionar rajaduras en los suelos y considerando la tremenda escasez de mano de obra, existente en ese  entonces  y en ese lugar, además de la  distancia  tan  grande  que había, desde allí, hasta algún lugar en donde se pudiera proveer de mano de obra; además, no existiendo carreteras ni  caminos, el único medio de comunicación era el aéreo, encareciendo grandemente el transporte, tanto para trasladar   personal,  como  para  los  productos  obtenidos  en  el y debido a todo esto fue, que Eugenio considero a Bellavista, como el lugar adecuado, para llevar a cabo su proyecto .futuro.

El día en el que Eugenio, guiado por Amperio llego a Bellavista, de regreso de su periplo de exploración, era Sábado y solo hasta el día Lunes, saldría la avioneta con destino a Trujillo, de modo que el joven tendría tiempo, como para pasearse y divertirse, conforme acostumbraban ha hacerlo por allí, los fines de semana.
Ese día sábado en la tarde, Eugenio fue hasta la casa de Amperio  y en su compañía se fue a dar un baño en el río Huallaga, así que se puso en traje de baño y se tiro al agua desde un espigón que usaba a modo de atracadero. Eugenio se encontraba nadando tranquilamente, cuando vio que Amperio desde la orilla, trataba de decirle algo, acompañando los movimientos de su boca, con gestos que le indicaban, que nade hacia la orilla.

Sin saber a que se debían estas indicaciones, Eugenio se aprestaba a obedecerlas, cuando de pronto, sintió una mordedura e inmediatamente, como un ramalazo de electricidad, llego a su mente, el recuerdo de lo que había escuchado, acerca de los peces carnívoros y como repuesta  a  esto,  sus  brazos  se pusieron en movimiento y no tardó mucho tiempo, para   encontrarse  junto  a  su  amigo,  restañándose  la  sangre,  que  le  manaba  de  varios  lugares  del cuerpo, como consecuencia, de la mordedura de los caneros, que lo habían atacado.

Esta experiencia pasada por Eugenio, fue un factor más, que pesó en su opinión, para desechar definitivamente a Bellavista, como un posible lugar en la Selva  del  Perú,  para  establecerse con  su futura ganadería.

Un poco antes, que Eugenio se metiera entre sábanas, venía escuchando algunos sones de música bailable, quedando gratamente sorprendido, cuando escucho a su amigo Amperio, que tocando la puerta de su habitación, lo invitaba para asistir a un baile social, que se estaba llevando a cabo, con la asistencia, según le informó, de todo el material femenino del lugar.

Para acabar de animar a su amigo, Amperio le hizo saber, que lo habían comisionado para llevarlo y presentarlo a las damas que requerían su presencia, a las que les había causado impacto y  deseaban conocerlo, para departir con él.

Era un gran salón, edificado con material noble y techado con calamina, en donde se encontraban sentadas sobre unas bancas, alineadas a todo el rededor, más mujeres que los jóvenes, que parados a un rincón, no encontraban el suficiente valor, como para animarse a bailar.

Un grupo muy pequeño de jóvenes, estaba un poco más adentro de ese local, parados al borde de una mesa, con sendos vasos, llenados a medias de cerveza y con sonrisas y gestos amigable, llamaron a Eugenio y en cuanto el se hizo presente, siguiendo a su amigo Amperio, pusieron en su mano,  un  vaso  de  cerveza, como el que ellos tenían en la suya.

Los jóvenes que estaban en la cantina, pertenecían a un club de Fútbol del lugar, llamado Deportivo Municipal, parangonando, al que en Lima disputaba los campeonatos de Primera División, de esa liga,  del que dicho sea de paso, Eugenio era hincha y que en cierta ocasión, no quisieron ni siquiera probarlo como jugador.

Esa noche, Eugenio bailo y se divirtió de lo lindo, sin comprometerse con ninguna de sus parejas, pues a pesar que veía como le dejaban la puerta abierta, como para iniciar un romance, en todo momento evito esto y bailo con todas.

En cuanto los muchachos que iban a jugar, iniciaron la égida, él se plegó a ellos yéndose a dormir, cuando su reloj marcaban las doce de la noche, pues entre conversación y conversación, remojando la palabra por supuesto, quedo comprometido para jugar por el Deportivo Municipal, al día siguiente.

Después de descansar hasta cerca de las diez de la mañana, Eugenio se levanto y tomo desayuno, siendo visitado por Amperio, que lo llevo para que almorzaran en su casa, en donde vivía con su mujer y sus tres hijos, pues según descubrió a su amigo Eugenio, estaba casado desde hacía cinco años.

Mientras la señora servía un asado de Picuro, acompañado con un juane de la misma carne, los amigos recordaban, algunos pasajes de su vida de estudiante y una vez concluido el almuerzo, Amperio saco un par de zapatillas del cuarenta y tres, número que Eugenio calzaba, pero este, recordando la amarga experiencia sufrida, cuando en circunstancias en las cuales, deseando jugar fútbol en Bambas, intentó hacerlo calzando zapatillas, la pasó  casi  todo  el  tiempo,  en  el  suelo,  pues  la humedad del gras, hacía que se resbale a cada paso, dando un tristísimo espectáculo de ineptitud.                 

Una vez que Eugenio explicó a su amigo, todo lo referente, a las zapatillas como artículos deportivos, en el juego del fútbol, este junto con él, fue hasta la casa del Presidente del club Municipal y después   de   explicarle   el   problema,   este,   se   comprometió formalmente, a conseguir un par de zapatos de fútbol, del número cuarenta y tres para Eugenio.

El Sol brillaba esplendorosamente, cuando ambos amigos se dirigieron al campo de aterrizaje, lugar utilizado, como campo deportivo, en donde ya los deportistas locales, le daban el último toque a la marcación y mucha gente se ubicaba en diferentes lugares, alrededor del campo, con ánimo de espectar, el encuentro que se llevaría a cabo en breve.
El Presidente del club Municipal, tal como había prometido, llego hasta donde se encontraban los amigos e hizo entrega a Eugenio, de un par de chimpunes nuevecitos, que después de cambiarse con ropa deportiva, se los calzó, disponiéndose a ingresar al campo, junto con el resto de sus compañeros de equipo, en esa ocasión
.
Momentos antes que se diera comienzo al encuentro, el Presidente se acercó a Eugenio y le dijo: 
  -¡Mira amigo!; los dirigentes dicen, que tú no has entrenado ni un solo día con el equipo, así que tendrás que estar a la expectativa, para el momento en el que te lo solicitemos; reúnete con los otros muchachos que están de suplentes y en cuanto uno falle, ingresaras.

Detrás del arco, en el que el Municipal, tendría que defenderse durante el primer tiempo, Eugenio, en unión de otros chicos vestidos como él, se dispuso ha aguardar que lo llamaran y aunque arrepentido de haberse comprometido, pues al parecer, no tendría oportunidad de jugar, a pesar que la gente del público, esperaba   que   un   gran   jugador  los  deleitara  esa  tarde,  pues

Amperio había corrido la noticia, diciendo que había visto jugar a Eugenio, cuando estudiaban en el colegio Salesiano y desde entonces, era todo un crac, por poseer, aptitudes excepcionales para el fútbol.

El club Deportivo Municipal, enfrentándose al club Juventud Unida, se desempeño regularmente, al menos para el medio, no obstante, durante ese  primer  tiempo,  solo  pudo  evitar  recibir unas goleada, gracias al buen arquero con el que contaban en sus filas, pero no pudieron evitar, que su valla fuera perforada, en dos oportunidades, sin poder hilvanar, ningún ataque más o menos peligroso, en el arco contrario.
Amperio, soliviantando al público, logro que este reclamara a gritos, la incorporación de Eugenio en el equipo titular, lo cual influyó en el ánimo de los dirigentes, que obligaron al entrenador, para que lo hiciera ingresar  en el segundo tiempo.

Ya en el campo de juego, en cuanto se dejo escuchar el pitazo del árbitro, ordenando la reiniciación del encuentro, Eugenio se vio perdido, pues nadie jugaba con él, teniendo que buscar la pelota por sus propios medios, pero era tal el cuidado que tenían sobre él los del equipo contrario, que no lo dejaban casi tocar pelota.

Ya se dejaban escuchar algunas pifias, cuando  un  jugador  del equipo contrario, cometió una falta contra Eugenio y él árbitro sancionó tiro libre; el joven pidió que lo dejaran ejecutarla, pero la oposición fue unánime, no obstante, el entrenador, desde fuera del campo, ordeno, que fuera Eugenio el encargado de hacer el disparo. La  distancia  y  la  situación  del  lugar  desde  donde  se  debería ejecutar la falta, eran las más convenientes al parecer de Eugenio, que viendo a la barrera un poco corrida a la derecha, disparo con curva, haciendo que la pelota rozara la barrera y fuera en dirección  al  palo  izquierdo,    pero     cuando     el  arquero salió, con intenciones de atenazar la pelota, por encima de su cabeza, esta   dio   una  curva,  introduciéndose  en  el  arco,  por  el  palo opuesto y desde se momento, cada vez que Eugenio tomaba la pelota, todo el público gritaba:

  -¡Al gol, al gol, al gol!

Los minutos transcurrían y Eugenio, se veía imposibilitado de hacer nada positivo, pues los del equipo contrario, habían tendido un cerco de hierro a su alrededor, hasta que pudo hacer un disparo directo al arco, que choco contra el travesaño y regresó, hasta los pies de uno de los compañeros de Eugenio, que de inmediato se la sirvió y el joven, driblando a tres defensores, ingresó en el área chica, fusilando al arquero, que no atino ni a moverse, quedando de esa manera decretado el empate.

Faltaban aún diez minutos, para que terminara el encuentro y la gente  le  pedía  a  Eugenio   otro  gol,  pero  el,  solo  atinaba  a defenderse, evitando los guadañazos, que le obsequiaban los del equipo contrario, con el beneplácito del árbitro, que no hacía nada para evitar ese juego artero, que durante casi todo el segundo tiempo de juego, se realizaba alrededor de Eugenio, pues los contrarios, lo seguían por todo el campo, tratando de evitar que toque la pelota, a como diera lugar.

Este estado de cosas, dio a Eugenio la idea, para poner en ventaja a su equipo, debido a lo cual, se incrusto prácticamente en las inmediaciones del área chica y al fin, su actitud dio frutos, cuando uno de sus compañeros envió un centro y él, entro tratando de meter la cabeza y tal como lo esperaba, uno de los defensores lo abrazo por la cintura y el juez, sin poder hacer otra cosa, cobró el penal.

Desde ese momento, cuanta Eugenio, que todo fue muy confuso, pues la algarabía era tal, que nadie  entendía  a  nadie,  hasta  que tuvo que intervenir la Guardia civil, para poner algo de orden, después de lo cual, el árbitro pudo colocar la pelota, en el punto del penal, disponiéndose Eugenio a ejecutarlo, obligado, casi por todos sus compañeros y el público en general, que se desgañotaba gritando:

  -¡Eugenio!; ¡Eugenio!; ¡Eugenio!

Desde el mismo instante, en el que el árbitro hizo sonar su silbato y Eugenio tomo carrera para ejecutar la pena máxima, todos callaron, sintiéndose el silencio, como si fuera algo tangible, a tal grado, que cuando el pie de Eugenio hizo contacto con el cuero, el golpe, se dejo sentir como un cañonazo, pero en el instante en el que la pelota ingresaba al arco, ante la mirada congelada del  arquero,  que  no  hizo  nada por evitarlo, pues tal como su mirada, el cuerpo también lo tenía congelado, se escuchó como un rugido, que fue creciendo en intensidad, conforme pasaban los segundos; era la respuesta del público, que de esa manera, premiaba el tercer gol de Eugenio, el cual significaba el triunfo para el Municipal, equipo de la localidad.

Toda esa gente eufórica, trataba de levantar en vilo, al salvador del fútbol local, pero Eugenio, se evadió, yéndose con Amperio, que lo guió por  unas  calles  laterales,  hasta  llegar  al  hotel,  en donde permaneció hasta que cerró la noche.

Los espectadores, entusiasmados con el triunfo de su equipo, fueron dispersándose y cuando Eugenio salió del hotel, ya no quedaba casi nadie, que recordara, lo que había sucedido en el campo de juego esa tarde,

Eugenio sin ser molestado, pudo trasladarse hasta casa de su amigo, con  el  que paso una amena velada, escuchando muchas cosas, acerca de los  animales existentes en la Selva y así fue que trataron acerca del canero, aquel pez carnívoro, que lo atacara durante su baño en el río Huallaga, expandiéndose Amperio de esta manera:

  -El canero es en realidad un pez carnívoro, como la piraña, pero a diferencia de esta, el canero no muerde, sino lame; sí, tiene en lugar de muelas, unos labios muy ásperos, con los cuales chupa, lamiéndose la piel de las personas y animales, dejando desprovisto el cuerpo de esa protección, debido a lo cual, la sangre comienza a salir; por esto es casualmente, que dicen que el canero, es compadre de la piraña, ya que la piraña, solo ataca cuando olfatea   la  sangre   y   como   el canero hace que esta brote, la piraña la huele y acude al lugar en donde esta brotando y ataca.
Eugenio, entonces recordó aquella sacha vaca que viera moviendo el trapiche del Señor Cárdenas, tío de Amperio y para no desperdiciar la ocasión preguntó:
 
  -¿Y que me puedes decir de aquel animalito, la sacha vaca, que vimos en el trapiche de tú tío?

Amperio se sonrió, al recordar la cara de asombro, que pusiera Eugenio, al ver a una sacha vaca mansa, moviendo el trapiche de su tío y sobre todo, el asombro mezclado con  temor, pintado   en su rostro, cuando la sacha vaca, al pasar junto a él, estiro su trompita, para olfatearlo y Eugenio, retiro presto la mano.
Como sabía, que era muy improbable que se volvieran a ver, los deseos de informar a su amigo, acerca de lo que sabía de algunos animales de la Selva, fueron parejos con los deseos de enterarse de acerca de ellos de Eugenio, de modo que Amperio prosiguió hablando y lo hizo de esta manera:

  -¿Qué te podría decir de la sacha vaca?: bueno, tú seguramente ya conoces como Tapìr Americano, pues bien, eso es precisamente lo que es; ya tu la has visto y posiblemente hasta probaste su carne y aunque en realidad, más parece un chancho,  del cual tiene la gordura y el cuero, la trompa en cambio, tiene cierta apariencia con la de un elefante medio cuto, o sea que bien sea por nacimiento o por accidente, sea esta más corta que la de sus congéneres, ni más ni menos, que como un elefante pequeño, al que le ha crecido el cuerpo, tanto en sentido horizontal, como vertical, pero que por alguna malformación tiroidea,  ha  engordado demasiado; ahora bien, no se si te has dado cuenta de sus patas, que son palmeadas y dejan un rastro muy similar, a la forma de una hoja de higo;  ¿qué  gracioso no?; pero lo más gracioso es, que con todas esas características, es un mamífero y solo tiene una cría cada dos años a lo sumo, debido a lo cual, esta en situación de extinción.

Al día siguiente, llegó el avión en el que Eugenio debía  viajar  a Trujillo y en el se embarco, despidiéndose efusivamente de su amigo y recordando a todos los que lo habían ovacionado el día anterior, supuso, que posiblemente ya no se acordarían  más de él, ni de sus goles, hasta que llegara otro domingo, pues ni los dirigentes fueron a despedirlo; así es la ingratitud humana.

Una vez que el avión cobro altura y dio una vuelta en el aire, desde donde se encontraba, pudo admirar lo hermosa que es la Selva; no obstante, algún tiempo después, cando tuvo que vivir en ella, como un colono más, olvidado de todo y de todos, en contacto íntimo con la naturaleza, tuvo la oportunidad de saborear en carne propia, todos los inconveniente que esto acarrea, sobre todo, a los que no han nacido en ese lugar.


CAPITULO  XV

D O N   F R A N C I S C O

El día que Eugenio regresó a Bambas, se encontró con la novedad, que durante su ausencia los muchachos de Chiches, reforzados con los de Bambas, habían ido a Chilia, en donde jugaron un partido de fútbol, ante el representativo de ese pueblo, perdiendo por la mínima diferencia y según narraron a Eugenio, todo se debió principalmente, a la destacada actuación, que en los tres palos, tuvo el arquero de Chilia, un joven de nombre Lucho al que apodaban “EL NENE, medio pariente de Eugenio por parte de su madre, una señora de apellido Salas, prima de la señora María.

Desde hacían no menos se seis meses, el hacendado de La Colmena, había donado un espacio de terreno, junto a la casa hacienda, para que sea usado como campo deportivo y después que los jóvenes le hicieron algunos arreglos, allí se venía llevando a cabo, los encuentros de fútbol más importantes del valle. Deseando desquitarse, de la última derrota, sufrida ante el equipo representativo de Chilia, los muchachos de Chicches, apoyados por gente mayor del anexo y los alrededores, como Huayaocito y Ancaratana, acordaron invitarlos al equipo de   Chilia,   para llevar a cabo un   encuentro     de     revancha,  contando con la llegada de Eugenio y la presencia de dos de los hijos de don Zenabio Reyes, por lo cual, enviaron un oficio de invitación al pueblo de Chilia,  que  fue contestado de inmediato, aceptando el compromiso.

Tal como se había acordado, llegó la delegación chiliana y entre sus jugadores, traían al arquero que llevaba el galardón, de haber entregado su valla invicta, en todas las oportunidades, en las que defendió los colores de Chilia.

Conocido con el apelativo de “EL NENE”, este muchacho, algo menor que Eugenio, había estado estudiando en la Costa, en donde había practicado, no solamente el fútbol, sino también atletismo, destacando en el salto alto; pero no contento con esta práctica deportiva, también había incursionado en la gimnasia con aparatos, logrando todas las metas que se proponía alcanzar, gracias a su gran dedicación.

 Momentos antes del encuentro, Javier que era entre los chicchesinos el más fanático, en la primera oportunidad que tuvo de estar a solas con El Nene Luís, se le acerco y le dijo;
 
  -Aquí esta Eugenio; anda alistando las alforjas para que lleves los goles que te anotará.

El encuentro comenzó y desde los primeros instantes, las acciones eran tan parejas, que prevaleció, el dominio de los defensores de ambos equipos,  sobre los delanteros.

Esto, fidedignamente ocurría, en lo que respecta al equipo de Chicches, que gracias a los esfuerzos denodados de los defensas, cuyos movimientos sincronizados con los del arquero, hacían fracasar todo intento de perforar su valla, mientras que por parte de la defensa chiliana; la delantera chicchesina, en varias ocasiones, sobrepasaba  a  los defensores chilianos, pero sus esfuerzos, era El Nene, el que se encargaba de matar, todo intento de anotar.

Los minutos iban transcurriendo y así llego la finalización del primer tiempo, sin que ninguna de las vallas fuera vulnerada, pero todo el mérito en el campo Chiliano, lo tenía El Nene, en cambo en el de Chicches, se debía a la sincronización de movimientos del arquero y su defensa.

Durante el transcurso del juego, en el segundo tiempo, los acontecimientos dentro del campo, continuaron desarrollándose, igual que en el primer tiempo, dando la impresión, de estar espectando una repetición de lo ya jugado.

Faltaban  solo ocho minutos para  la  finalización  del encuentro y ya el Nene estaba en la creencia, que entregaría nuevamente su valla invicta, cuando Eugenio tomo una pelota, casi en la línea del medio campo y emprendiendo una  veloz  carrera,  dejó por el camino a cuanto defensor le salió al encuentro y cuando se encontraba desde una posición al sesgo del arco, disparo sorpresivamente, anotando un gol, que ni el propio Nene lo creía posible.

El  árbitro señaló el centro del campo, convalidando el tanto, mientras que el Nene, no se explicaba hasta ese momento, como era que había ingresado la pelota en su arco, desde un ángulo prácticamente imposible.

No bien sacaron del centro del campo, la pelota los muchachos de Chilia, el Negro Segundo Reyes, recupero el balón y fue avanzando por una punta y cuando llegó como a veinticinco metros   del   arco,  vio  que  Eugenio  ingresaba  al  área  chica, rodeado de jugadores contrarios, a pesar de lo cual, centro la pelota hacia ese lugar y esta, fue precisamente a la cabeza de Eugenio.

El Nene, al ver lo peligroso que se ponía Eugenio, con el ingreso a su área, con pretensiones de cabecear la pelota, se adelanto y viendo que su atacante se encontraba de espaldas al arco, para desestabilizarlo y evitar que diera la vuelta, le puso una mano en la espalda.
Eugenio sintió la mano del arquero en su espalda y sobre todo, el pequeño empujón que le dio, sirviéndose de esto como apoyo, cabeceo la pelota delante de su propio cuerpo, de modo que se la sirvió, como para hacer una chalaca y considerando, que

El Nene se encontraba adelantado, ejecutó la chalaca, midiendo la fuerza, como para el balón fuera bombeado en dirección al arco y fue así, que la pelota, pasando por encima de la cabeza del arquero, entro tranquilamente a su arco, ante la atónita mirada del Nene, que veía impotente, como vulneraban su valla por segunda vez, en pocos minutos.

El tiempo corría y el escoré de dos a cero, parecía definitivo, pero  nadie  sabía,  que  aún   no estaba dicha la última palabra y fue así, que faltando dos minutos para que finalice el encuentro, don Cesar centro una pelota por el lado derecho, la que quedo entre el Nene y Eugenio, que entraba a la carrera, el cual, viendo la imposibilidad de alcanzarla, se zambullo en palomita y logro introducirla en un ángulo, decretando de esa manera la tercera caída, del arco que hasta antes de ese día, se encontraba imbatible..

Después de esa oportunidad, en la que El Nene fue despojado de su calidad de arquero invicto, mediante tres goles de Eugenio, la amistad entre estos los dos jóvenes, fue creciendo, como crecen las sombras cuando el Sol declina, (palabras transcritas de un poema de Choquehuanca al Libertador Bolívar) lo cual dio motivos para que Eugenio,  visitar  más  a  menudo, el  simpático pueblo de Chilia. 

En esa oportunidad, se dio la casualidad, que la señorita Teresa, antiguo amor de Eugenio, estuviera viviendo en Chilia, y como en donde brasas hubieron cenizas quedaron, volvió a florecer aquel romance del pasado, razón por la cual, no obstante que Lucho El Nene, se ausentara para ir a estudiar una profesión a la Costa, Eugenio continuó visitando Chilia y como es lógico suponer, a su antiguo amor.

Llegó el mes de Octubre y con el, la fiesta de la Virgen del Rosario de Chilia, razón magnificada por Eugenio, como para no dejar de asistir, teniendo en cuenta, que una carita bonita, esperaba su presencia y de ese modo fue, que el idilio entre Eugenio y Teresa, fue creciendo y cimentando, para irse transformando en algo serio.

Ya Eugenio había planificado, ir en busca de su destino, encaminando sus pasos hacia algún lugar de la Selva del Perú; y con la intención de tener de donde escoger, siguiendo los consejos de don Rafael, había viajado hasta el pueblo de Bellavista, lugar situado a orillas del río Huallaga, después de haber incursionado en dos oportunidades, al distrito de Tocache, también a orillas del mismo río y como resultado de estos viajes, había llegado a la conclusión, que el lugar que más le convenía, era la selva de Tocache.

Después de haber tomado esta resolución, también pensó en su situación de hombre solo, siendo lo más racional, buscar una compañera, para así poder internarse en la Selva, teniendo lo que todo hombre normal necesita, una mujer, una compañera, para bien o para mal.

Desde que había conocido a Teresa, Eugenio se sintió muy atraído hacia ella, pero la discontinuidad de relaciones, fue alejándolos, hasta que Eugenio se involucro con Sarita en Buldibuyo, recibiendo un castigo, que no sabía si merecía.

Desde que Eugenio comenzó a cultivar la amistad del Nene y se  reencontró con Teresa, teniendo ya definida su situación y planteada su acción futura en la Selva, pensó que esta chica, podría ser esa compañera de aventuras, que podría acompañarlo, para la conformación de su nuevo hogar y una nueva vida, debido a lo cual, en la primera oportunidad que se le presentó, le planteo la situación, pero  ella,  no  quiso  aceptar la  oferta,  aduciendo  que su anciano padre aún vivo, la necesitaba, cosa que Eugenio
comprendió y dejo todo su proyecto para con ella, en Stan Bay y para asegurar el trato, le  pidió le diera probar, el néctar de su amor, pero ella, le volvió a recordar el trato, que hicieran hacía algunos años, por el cual, la respetaría, hasta la hora de la entrega definitiva, en el tálamo nupcial.

Durante las horas que Eugenio no estaba con Teresa, tuvo oportunidad de conocer a ciertos personajes chilianos, cuya vida creyó conveniente divulgar, debido a lo gracioso de muchos pasajes de estas.

Si es que se trata de hablar de personajes chilianos, no podemos dejar de referirnos a Don Francisco, caballero sumamente popular en el Distrito y  hasta  en  otros  pueblos  aledaños,  debido  más  que todo, a la forma como contaba los acontecimientos de su existencia, haciendo recordar aquel cuento del hombre y la zorra, que trata de un señor mitómano, el que contrajo matrimonio con una señorita muy bien centrada, que percatándose  del  defecto  de  su   esposo,   intento   sofrenar   la  exageración,  con  la  que  narraba cualquier acontecimiento y fue así, que durante una comida, a la que habían asistido lo más graneado de la sociedad de su pueblo, siendo ellos también de la partida, la señora, antes de nada, recomendó a su marido, que mejor sería, se abstenga de hacer narración y fue el caso, que   como  era    costumbre para  sobremesa, se iniciaron las narraciones y anécdotas, que los invitados comenzaron a ofrecer, más de pronto, no falto uno de los asistentes, que solicitara que el mitómano narrara algo.

La esposa de este, antes queso esposo iniciara cualquier narración, en forma por demás discreta,  convino con él, que en cada oportunidad, en la que la mentira en la que incurriera, su esposo, fuera muy notoria, ella le llamaría la atención, dándole un tirón del saco.

El mitómano inicio una narración, en la que describía su casual encuentro con una zorra, raposa de cola tan larga, que según el narrador, debía de medir, por lo menos una cuadra.

La señora, ante tamaña exageración, no  tuvo  más  remedio  que  dar  a  su marido un tirón del saco, pero este fue hecho con tanta violencia, que lo hizo recular, lo cual no fue del agrado del hombre, pero cuando iba a estallar, recordó que su mujer, solo intentaba evitar, que caiga en ridículo ante sus amistades y no se desacredite más de lo que ya estaba. El mitómano reinicio su narración, después de pedir disculpas a los presente diciendo:

  -Disculpen señores, la exageración en la que he incurridito, dejándome llevar por mi entusiasmo, pues la zorra a la que me estoy refiriendo, en realidad,  no tenía  una  cola  tan  larga,  pero esta, no dejaba de medir, menos de cincuenta metros de largo.

La esposa, muy disgustada, dio un tirón del saco del esposo y este fue hecho con tanta violencia, que falto muy poco, para que el mitómano diera con su humanidad en el suelo y este, no pudiendo reaccionar contra esta agresión a su parecer, solo se acomodo el saco lo mejor que pudo y sumamente irritado, se dirigió a sus oyentes, de la siguiente manera:

  -¡Señores!; pido disculpas a ustedes, porque en realidad, los cien metros del rabo de la zorra, es una exageración imposible de creer, así como los cincuenta metros.

Los ojos de los  invitados estuvieron a punto de rodar por la mesa por el asombro, ante esta salida, que encerraba tanta franqueza y más que todo, conociendo como conocían a este señor, no pudiendo dar crédito a esta forma de enfocar el asunto, por eso fue que esperaron, anhelantes, para saber a donde iba a llegar este señor y fue entonces, que después de aspirar muy hondo, miro a todos, con gran seriedad y a su esposa con desolación, para retomar la palabra y decir:

  -¡Bueno señores!; la realidad es, ¡que la zorra no tenía rabo!

Volviendo a don Francisco, diré que este señor no llegaba a los límites de aquel señor mitómano, pero si era capaz, de ganar cualquier concurso internacional de la mentira;  llegando a emocionarse a tal grado, que ingresaba en una etapa de paroxismo mitómano, del que  ya nadie podía retirarlo.

Lo curioso del caso era, que no solo aparentaba ser una persona corriente y normal, sino más bien, un  señor  sumamente  serio  y ecuánime, razón por la cual, cada mañana, salía a la esquina de la plaza de armas de Chilia, congregando numeroso público, que se deleitaba con sus narraciones.

Don Francisco, más conocido en su pueblo como don Panchito, era un hombre de rasgos netamente caucásicos, de estatura mediana para el lugar, contextura robusta, sin ser atlética;  barba cerrada y ojos verdes, que los agrandaba, en los momentos en los que ingresaba, hasta casi dar la impresión que iban a saltarle de las órbitas, en lo más emocionante de su narración o cuando sospechaba, que alguno de sus oyentes dudaba de su palabra; era entonces, cuando para darle más credibilidad a estas, no solo abría los ojos desmesuradamente, fijos en la persona sospechosa de incredulidad, sino que se daba con la palma de la mano en la frente, al mismo tiempo que decía:

 -¡CREAME POR PIEDAD!

En muchas oportunidades, hacía narraciones, dignas de los cuentos de ficción, de Edgar Allan Poe o aún más increíbles, como la de los Viajes de Gulliver de Jonathan Swift, pero en este caso, eran perfectamente comprensibles, por desarrollarse en los alrededores y relatadas, con los mismos modismos idiomáticos de la zona y es posible, que de haber tenido la oportunidad de pulirse y recibir una esmerada educación, hubiera llegado a ser, un insigne escritor.

Cuentan, que como estaba emparentado con el hacendado, Jorge de la Riva, en cierta ocasión, en la que hubo un empastamiento múltiple, en uno de sus corrales de alfalfa, de este hacendado, muriendo ocho de sus mejores vacas y no teniendo que hacer con la carne y deseando obtener, aunque fuera una parte  del valor  de esa carne, envió las reses, destazadas sobre mulas, hasta la casa de  su pariente, con la finalidad que las venda.

Don Panchito, que comenzaba a dar muestras de su gran don histriónico, comenzó  a  propalar  la  noticia,  que  las  vacas  ,de su propiedad, que había dado a su primo Jorge, mediante un contrato de sociedad, se las devolvía en carne, lista para la venta, todo esto más o menos, con las siguientes palabras:

  -¡¿Abrase visto mis dilectos amigos, caparazón de tortuga más grande, que la de mi primo?¡; le doy mis animalitos sanos y buenos y mire usted como me las devuelve, destazadas, como para vender su carne; ¡no hay derecho amigos!; ¡eso no se hace ni con el peor enemigo!

Una vez que consiguió que un regular número de escuchas lo rodearan, continuó hablando de la siguiente manera:

  -Hace unos días, este sinvergüenza llegó a Matasuyo, dis que a visitarme y viendo la calidad de mis animales, quedo locamente prendado de ellos; al ver que mi familiar estaba  tan aficionado a estos animales, cayéndosele la baba materialmente, me sentí conmovido y le di algunas de mis vaquitas en sociedad, no sin que antes, me rogara puesto de rodillas, que acceda a su petición. Para darles tiempo a sus oyentes, como para que digieran lo que  acababan  de  escuchar, espero algunos momentos, clavando su penetrante mirada, clavada insistentemente en cada uno de los presentes y al ver que ninguno de ellos ponía cara de incrédulo, prosiguió hablando, ya algo más seguro, de la siguiente forma

  -Ya en las horas de la noche, un arriero me trae sobre los enjalmes de siete mulas, la carne y los  cueros  de  mis  preciosos animales y ¡Créame Usted Por Piedad!, que solo por tratarse   de    un    dilecto   familiar, he    recibido   este    macabro   correo, quedándome ahora como único recurso, avergonzarme ante mis amigos, para rogarles que me compren esa carne, para con el  poco  de  dinero pueda recaudar, comprarme aunque sea, una vaquita y volver a criar.

Fue tan patético en su forma de presentar el asunto, que casi toda la carne que le enviara don Jorge, fue vendida en unas cuantas horas, recaudando dinero suficiente, como para que las pérdidas no fueran muy cuantiosas; pero hubo alguien, que conocedor de la verdad, pronto la propaló entre los crédulos compradores, que picados por haber sido engañados por don Panchito, deseosos de un desquite, esperaron pacientemente la ocasión, que se presentaría unos días después.

Como ya hice mención, la ocasión del desquite llego, cuando don Jorge de la Riva, se hizo presente en el pueblo de Chilia, con el objeto de recabar, el producto de la venta de la carne de sus vacas, que había enviado a don Panchito.

En Chilia, tal como sucede en cualquier pueblo serrana, las épocas de labores culturales, de siembra y cosecha, son las únicas en las cuales hay trabajo de continuo, pero una vez concluidas estas labores, los campesinos no tienen nada en  que ocuparse, debido a lo cual, solo se entretenían, reuniéndose en bares o en su defecto, en cualquier esquina, para comentar sobre los últimos acontecimientos, acaecidos en el pueblo y alrededores.

Después de informar a don Jorge, acerca de la forma, en la que don   Panchito  se  había  referido  a  su  persona;   el  hacendado, después de escuchar en silencio, se puso de acuerdo,  con las personas que le habían informado al respecto, sobre las expresiones de don Panchito, refiriéndose a su persona y le tendieron una trampa.

Con la certeza, que don Panchito desconocía que su primo  se  encontraba  en Chilia, don Jorge pensó, en atraerlo hacia algún lugar para desenmascararlo, delante de la mayor cantidad de personas y fue axial, que en cuanto lo vieron salir de su casa, el hacendado se oculto detrás del mostrador de la tienda de un amigo, mientras uno de los concurrentes, iba hasta donde se encontraba don Francisco y lo llevaba hasta ese lugar, aduciendo, que deseaban beber con él.

Don Francisco, fue introducido en la mencionada tienda y los allí presentes, una vez que le dieron a beber dos copones de coñac, hicieron mención a ese acontecimiento de la carne de las vacas que don Panchito había vendido recientemente y con esto, le jalaron la lengua.

Don Panchito, al ser tocado en la vena del gusto, pues además de mitómano era muy aficionado a saberse escuchado por un auditorio más o menos numeroso, no perdió la ocasión para mostrar sus dotes de orador, interpretando en esa ocasión, un personaje acongojado, por el abuso de confianza de un pariente, que en esa ocasión, era el hacendado don Jorge de la Riva, exponiendo sin tapujos, el proceder del mismo, que abusando de la confianza que le había brindado, no había tenido el cuidado necesario con sus animales, permitiendo que pasaran a un corral con alfalfa verde, logrando los resultados que ya se conocían.

Toda  esta  exposición  verbal,  era  acompañada por una serie de  gesticulaciones, para que de ese modo, se hiciera más verosímil su historia, hasta el extremo que al parecer, él mismo llegaba a creérsela; pero una vez que hubo concluido, cuando llegó el momento de encarar uno a uno a los oyentes, con el objeto de cerciorarse que le creían, de pronto se encontró frente a frente con don Jorge, que simulando encontrarse muy colérico, le dijo:

  -¡Que tal Panchito!; ¿así que son tus vacas la que te he enviado en carne?; ahora mismo vas a hacer una aclaración al respecto.

Don Panchito balbuceante, se había quedado lívido, pero hombre de gran agilidad mental, de inmediato reaccionó e intentó llevarse por un brazo, fuera de la tienda a don Jorge, con claras intensiones de congraciarse con él, contándole alguna mentira, pero don Jorge, no se dejo embaucar de ese modo y parándose en seco dijo:

  -¡No Panchito!; aquí ante los presentes, tienes que aclarar todo, contesta; ¿de quien son las vacas cuya carne has vendido?

Don   Panchito   muy   avergonzado   bajo  la  cabeza  y  en  esa posición, contestó diciendo:

  -Son tuyas primo.

Don Jorge aparentando un enfado inexistente, insistió, para que don Panchito, nuevamente volviera a responder a esa pregunta y así lo hizo, pero de pronto, don Panchito, reaccionando, enderezo la cabeza y mirando frente a frente a su primo, hablo de la siguiente forma:

  -Debo aclarar alguna cosa antes y esta es…..

Al llegar a esta altura de su alegato defensivo, don Panchito callo y tal como tenía por costumbre, cuando se desenvolvía delante de un auditorio, examinó a uno por uno a los presentes y en especial a su primo y al sentirse satisfecho de su inspección, continuó hablando de la siguiente forma:

  -Gracias a esta estratagema de mi parte, he logrado vender toda la carne, así que no me puedes tildar de mentiroso y palangana, porque si es cierto que soy mentiroso, pero no palangana, pues todo lo hice por un noble fin y bien sabes primo, que muchas veces “El fin justifica los medios”

Una vez que Eugenio escucho la narración de los acontecimientos ya descritos, no quiso esperar más para conocer  a  este  personaje y para esto,    buscó al el   hijo   del  hacendado  de  Chinchopata llamado Luís, que dijo conocer muy a fondo a don Panchito y se ofreció a presentárselo.

Don Francisco, tenía por costumbre, salir todas las mañanas así como las tardes, a la esquina de la plaza  de  armas  del  pueblo, para reunir audiencia, que escuche sus cuentos y narraciones, razón por la cual, esa mañana Luís, el hijo del hacendado de Chinchopata,  llevó hasta allí a Eugenio para esperar la salida de don Panchito  No tuvieron que esperar mucho, pues este se hizo presente casi de inmediato.

Debido al intenso frío mañanero, que se dejaba sentir en esa época del año, don Francisco llevaba un grueso poncho de lana, teniendo el cuello, envuelta con una chalina, también del mismo material y cubría su cabeza, un  sombrero  de  esos  de  fieltro,  el  que tenía encasquetado hasta las cejas.

Cuando don Panchito se hizo presente, ya reunidos con los jóvenes hacendados, estaban un grupito de cuatro personas más, que se habían ido congregando, curiosos por conocer al joven Eugenio y con la expectativa, de ver si es que podrían obtener alguna ventaja, del hacendado de Chinchopata.

Don Francisco, arrastrado por su debilidad, de hablar ante una audiencia, que mientras más grande mejor para él, no pudo resistir la tentación y todo fue ver un grupito de personas, para encaminarse hacia allí y después de reconocer a los integrantes del mismo, con mucho tiento primero, por haber reconocido al joven Eugenio, en el que no tenía mucha confianza, pues temía sean rechazados sus mitos, tímidamente preguntó:

  ¡Joven Eugenio!; ¿a que santo se debe el milagro, para tenerlo entre nosotros varios días?

 Eugenio, al ser aludido, muy solícito respondió:

  -¡Si don Francisco!; estoy aquí para resolver algunos asuntos.
  -¿Y no estarán esos asuntos, relacionados con mi sobrina o mi hija?             

Después de hacer esta pregunta, don Francisco se puso a reír, coreado por los otros del grupo, ante el avergonzado Eugenio, que no sabía como salir airoso, de este momento tan embarazoso para él, pero logro sobreponerse y contesto diciendo:

  -¡No don Francisco!; aunque también su sobrina, tiene algo que ver en mi permanencia en este pueblo.

Ante esta respuesta, en la que Eugenio hizo lo posible, por aparentar una gran tranquilidad que no sentía, don Francisco miro con suma fijeza a su interlocutor y después de unos momentos, aprovechando que el hielo ya estaba roto, prosiguió hablando de la siguiente manera:

  -El frió que se deja sentir en estos días, me recuerda cuando yo aún era un jovencito y viajaba por la Jalca Grande de Tayabamba, en busca de algunas cabezas de ganado vacuno, puesto que en ese entonces, me dedicaba a rescatador de vacunos y para conformar una buena partida, tenía que andar por esos lugares, en donde siempre se encontraban criadores de ganado.

“De pronto, se plantaron delante de mí, dos cholos fornidos y mal encarados, que al parecer, me habían estado esperando, escondido entre las pajas del ichu y mostrándome sendos machetes muy afilados, uno de ellos  se  adelantó,  hasta  lograr coger por la brida mi cabalgadura, logrando sujetarla,  a pesar de lo brioso que mi garañón era y con una voz bronca me dijo:

  -¡Ya!, ya blanquiñosito de m..  Bájate  de mi potro y entrégame la alforja que me robaste anoche, si no lo haces,  voy a cortar el gañote.

“Mi garañón, era un potro costeño, que antes de ser traído a Pomabamba de la Costa, en donde lo compre, había ganado un concurso de caballos de paso en Paiján y poseía una estampa, envidiable para cualquier buen caballo, razón suficiente, como para que esos facinerosos, desearan apoderarse de el. Al ver la actitud de estos maleantes, con movimientos de una  rapidez  que siempre me ha caracterizado, me lleve la mano derecha a la cintura, en donde tenía por costumbre llevar mi cold 38, pero ¡OH sorpresa!, ese día lo había dejado olvidada en mi posada; los facinerosos al ver mi actitud, la interpretaron, como el preludio de la aparición de un arma de fuego, lo cual los ponía en desventaja, ya que ellos solo tenían machetes, debido a lo cual, emprendieron veloz huida, en forma por demás atropellada, tan atropellada, que dejaron en tierra sus machetes, que los tome, como resarcimiento al susto que me dieron.

“En mi fuero interno, ardía de cólera, debido a lo cual, sin premeditar, lleve una mano a un costado de mí montura, en donde acostumbraba llevar mi carabina Winchester 44, la que por ninguna razón dejaba, pero ¡OH sorpresa!; también ese día, la había dejado olvidada y les aseguro niños, que ese día, deseando  librar  a la sociedad de  tan  malos elementos, habría actuado con mis armas y posiblemente hoy, estarían delante de un reo.

Mientras don Francisco hablaba, ilustraba su narración, con ademanes por demás elocuentes, transformando de ese modo, estos episodios, en verdaderos y vívidos y como para poner aún más emoción al instante ese, se daba una palmada en la frente, la que en algunas ocasiones, debido a la emoción que él también sentía,  se transformaba en una sonora cachetada y si la narración se prolongaba, don Francisco terminaba, con la frente ardiendo, a punta de lapos que el mismo se propinaba, para a continuación, iniciar el repaso a sus oyentes, mirándolos a los ojos, costumbre consuetudinaria, de la que hacía uso, para bucear en el interior de cada uno de los que así miraba y cerciorarse de su credibilidad.

Pero eso no era todo, pues uno a uno sus oyentes, debido al respeto ancestral que aún pervivía, por el recuerdo de los tiempos  de opulencia, de la familia de don Panchito, que en épocas pasadas dominara en esa región, se veían obligados, proferían exclamaciones de admiración, procurando darles a estas, la apariencia de reales, para no disgustar al orador, que al fin y al cabo, como heredero de los mandamases de otras épocas pasadas, merecía respeto y consideración por sobre todo.

De pronto, don Francisco volvió a sus cabales y se dio cuenta de la presencia de Eugenio y  haciendo lo posible por disimular, lo avergonzado que se encontraba, dio media vuelta y se alejo en dirección a su casa, pero Eugenio alcanzo a escuchar que rezongando decía:

  -Estos niñitos de hoy, no saben de lo peligroso que era en mis tiempos, andar por esos caminos de Dios, sin la protección debida.

Cabe aclarar, que don Francisco pasaba durante esa época, en la que se desarrollan los acontecimientos que estamos tratando, por una pobreza de solemnidad extrema, ya que debido a malos manejos comerciales, sus padres habían descendido en la escala económica, varios peldaños y a su muerte, dejaron en herencia a don Francisco y su hermano mayor, padre de Teresita, una propiedad con tierras muy pobres, por haber perdido las de más valor, no obstante, el  continuaba  dándose ínfulas de gran señor, las que en más de una ocasión generaba jocosos momentos

Debido al interés, que este señor originó en el joven Eugenio, para poder estudiarlo mejor, estrechó lazos de amistad con Luís y Héctor,  los que para divertirse, creaban situaciones en la vida de don Francisco, para que se viera obligado a comportarse, de acuerdo a una forma especial..

La hacienda Chinchopata, solo distaba una legua, hasta el pueblo de Chilia, razón por la cual, Luís y Héctor, no perdían ocasión para dejarse caer por allí y de paso, buscarle las cosquillas a don Francisco, creando como ya dijimos, situaciones adecuadas para su diversión, que luego, cuando trabaron amistad con Eugenio, para divertirlo, le narraban.

Muchas historias, con la misma raíz, logro escuchar el joven Eugenio, pero solamente aquellas dignas de mención, nos disponemos ha poner en el conocimiento de nuestros lectores y una de estas, comienzas cuando Eugenio, llego muy temprano, un día después, en el que Luís y Héctor, se habían hospedado, en una casa vacía del señor Gamvini.

Cuando el joven Eugenio llegó, encontró la  novedad,  que  don Francisco, había hecho que se levantara media población y especialmente las autoridades, cuando a media noche, salió dando de gritos a la plaza de armas del pueblo, en compañía de su mujer y sus hijos, con un machete oxidado en una mano y en la otra, una papa, aduciendo que lo estaban bombardeando y cuando le pidieron pruebas al respecto, mostró la papa, diciendo que esa,  era una de las bombas

A las autoridades y  vecinos que se congregaron, atraídos por la bulla, les fue sumamente difícil, lograr que don Francisco aceptara, que lo que tenía en una de sus manos, era una papa; no obstante, no se quedó convencido del todo y ante la evidencia, más tarde, ante un circulo del auditorio que logro reunir,  ya  con  la   luz   del día, dejo  claramente establecido, que     él     estaba    convencido plenamente, que lo que había llevado a la plaza de armas en una mano, era una de las bombas, con las que lo habían bombardeado,  pero  que  algún  mal  intencionado  sujeto,  se   la había cambiado, en el alboroto del momento.

La razón del ataque, según don Francisco explicó, era con la clara intensiones, de amedrentarlo y así lograr que descuide la guardia, de las joyas más preciadas que poseía, su mujer y su hija, que dicho sea de paso, la primera era una anciana mayor que él y la segunda una rechoncha y fea chica, que gracias al maltrato que sufría y sobre todo, al cohibimiento en el que la tenían, había llegado a ser intratable.

Al saber Eugenio, que Luís y Héctor, se habían quedado hospedados, en casa del señor Gamvini, no tuvo que sacar muchas conclusiones, debido a que esa casa, estaba ubicada justamente, frente a un costado de la casa de don Francisco, en cuyo lugar, había un patio de propiedad de este señor, que  para mayor abundamiento, era allí, a donde acostumbraba a salir don Francisco, a pasearse después de cenar y de ese modo, aligerar su estómago, para poder dormir con tranquilidad

Presto Eugenio, fue en busca de los hermanos FERE, logrando que le develaran el gran misterio, detrás del cual se ocultaba, el singular comportamiento de don Francisco y fue así, que después de la cuarta cerveza, estos, no solo le narraron todo lo acontecido la noche anterior, sino que hasta hicieron una actuación en vivo, parodiando lo sucedido y así, el Joven Eugenio se entero de lo siguiente:

“El hacendado de Chinchopata, envió a sus dos hijos a Chilia, con el encargo de hacer algunas compras; Héctor y Luís, con intenciones de quedarse en Chilia, a pasar la noche, para busca en que divertirse, demoraron su partida, todo lo que les fue posible, de modo que entre el viaje hasta Chilia y el tiempo  que 

tuvieron que invertir, para hacer las compras, se les hizo tarde y acordaron, ir a pedir posada al señor Gamvini, que los instaló, en la casa de la que ya tratamos; que por tenerla vacía, la estaba utilizando para depositar su cosecha de papas y allí mismo, acomodo las camas de sus huéspedes. 

“Dio la casualidad, que frente a una  de  las  ventanas,  del  cuarto de la casa, en la que los hermanos Fere estaban hospedados, se veían con toda claridad, el patio interior de la casa del señor Francisco, el que acostumbraba ir a pasearse, tal como lo hacía en vida su padre, en el corredor de ese patio, para lo cual, colocaba una lámpara de querosene, gracias a cuya luz, se podía ver todo lo que ocurría en ese lugar.

“Esa tarde, después de cenar, don  Francisco  inicio  sus  paseos acostumbrados,  prolongando estos hasta después de  las nueve de la noche, horas en las que por carecer de luz eléctrica el pueblo,  sus calles se encontraban desiertas.

 “Luís y Héctor, no sabían que hacer, para molestar a don Francisco, más de pronto, viendo las papas amontonadas en el cuarto contiguo, al que se encontraban sus camas, les dio la impresión,  que las papas les hablaran, diciéndoles:

  -¡Úsennos!; utilícennos, que estamos dispuestas a servirles, para los fines que tienen pensado.

“fue entonces, que se les ocurrió la brillante idea, de bombardear la casa de don Panchito con papas y comenzaron a  utilizarlas; tres o cuatro papas cayeron, por  los  alrededores, en donde se paseaba don Panchito, lo cual fue suficiente, como para exaltar tanto  su  ánimo,  como  su  imaginación y yendo hasta el interior 

de su vivienda, regreso al poco momento, llevando en la mano un machete enmohecido por el tiempo, por haber estado abandonado, en un rincón, sin que nadie lo usara.

“En cuanto don Francisco regresó, con el enmohecido machete en la mano, de inmediato se puso a sacarle filo, en una de las piedras de las esquinas, que conformaban el corredor, pero los hermanos Fere, no perdieron el tiempo y viendo a don Panchito afilando su mohoso machete, afinaron la puntería y le arrojaron toda una andanada de patas, logrando acertarle con una de ellas, en plena frente, lo que puso eufórico  a  este buen señor, que comenzó a llamar a su esposa a gritos, diciéndole:

  -¡Señora Josefa!; doña Josefa, nos están bombardeando, sabe Dios con que intensiones, venga trayéndome mi 44, para darles una buena lección a esos facinerosos.

“La señora Josefa, somnolienta, sobándose los ojos, medio dormida aún, hizo su aparición y cogiendo uno de los proyectiles del suelo dijo: 

  -¡Eshtas shon papash sheñor Franshisco!; ¡shon papash y no bombash!; vea ushted mishmo don Franshisco, shon papash.

“La pobre señora no había tenido tiempo de ponerse su dentadura, por cuya razón, hablaba de esa forma, pero no se había introducido en el mundo de la ficción, en el que si estaba don Panchito, debido a lo cual distinguía las papas de las bombas, pero impertérrito don Francisco, continuaba insistiendo, en que los proyectiles que aún continuaban lloviendo, eran bombas.

 “Desesperado, al no poder eludir los  papazos,  que  continuaban lloviendo, acertando muchos de ellos en su humanidad, hizo salir a sus tres hijos y junto con su esposa doña Josefa, yendo hasta el centro de la plaza de armas, comenzó a dar voces, que hicieron que los vecinos y las autoridades fueran a ver que era lo que sucedía”

El resto de lo sucedido, ya lo conocen mis lectores, pero aún falta narrar, la forma en la que reaccionaron Luís y Héctor, ante los acontecimientos que se iban  desenvolviendo, en  forma  tan imprevista y como fue, que con la mayor sangre fría, también salieron a la calle y se unieron al grupo de curiosos, que rodeaba a don Francisco y su familia, preguntando, aparentando inocencia, que era lo que había sucedido. Al día siguiente muy temprano, los  hermanos,   se   unieron  también   al   grupo   de curiosos y se constituyeron en oyentes, de lo que don Francisco tenía que decir y cuando este, en un momento en el que estuvo sosteniendo un soliloquio, denunciaba a una invisible banda,  que intentaba robarle su joyas, ellos fueron de los primeros, que poniendo cara de circunstancia, asentían y daban la razón al orador, diciendo:

  -¡Si don Panchito!; está usted obligado, a darles a esos facinerosos, una buena lección; ¡es muy justo!

Y con estas palabras daban más aliento a don Francisco, como para que continuara lanzando bravatas, con el puño cerrado, dirigido a las “Tres Tullpas” y a “Lunamarca” (elevaciones que rodean al pueblo de Chilia).

Algún tiempo después, Eugenio se enteró, que don Francisco, había sido nombrado Juez de Paz de Primera Nominación, lo  cual  traía   aparejadas,  mayores   muestras  de  respeto,  que   las acostumbradas, de modo que con los humos subidos hasta la coronilla, don Panchito dio,  en  pasear por  todo  el  pueblo,   esas muestras de respeto; pero no solo muestras de respeto recibía don Francisco, como consecuencia del nombramiento de Juez, sino muy buenos centavos, que llegaron a PICARLE EL DIENTE, volviéndolo más metalizado, hasta el extremo, de hacerlo que en muchas ocasiones, se valga de su ingenio tan aguzado, para forzar situaciones a su favor, como el caso que a continuación voy a narrar:

“Un día normal y corriente, en el que el honorable Juez don Francisco, impartía justicia en el local del Juzgado, asistido por sui ayudante y un policía nombrado por el, trataba de dar solución a cierta denuncia, que un agricultor había sentado ante él y  a  consecuencia  de  la  mismo,   se  desarrollaron  las siguientes acciones:

“Se trataba de un simple caso de rapto avícola, pues resulta, que el denunciante, acusaba a su vecino y compadre, de haberle birlado un gallo Cariaco gigantesco, que a ojos de buen cubero, pesaba no menos de cinco kilos, además, por el color encendido que ostentaba en el pelado cuello y el amarillo tan hepático de sus patas, se podía saber antes de sacrificarlo, que de el se podría conseguir, hartar y sabrosa carne, para un numeroso grupo de comensales.

"Durante los primeros momentos del comparendo, el compadre acusado, negó enfáticamente haber raptado el gigantesco gallo, pero ante las evidencias presentadas por el compadre acusador, vio flaquear su ponencia y al fin, aceptó su culpabilidad y así llego el momento, en el que el Juez tuvo que pronunciarse, pero previamente, llamó al acusador, para preguntarle:

   - ¿Cuánto estimas que vale tú gallo Pedro?

Ain casi pensarlo, Pero contesto diciendo:

   -Cinco soles señor Juez.

No obstante lo exagerado del precio para entonces, el Juez dijo:

   -¡Bien!; entonces voy a dar mi veredicto

“Dirigiéndose luego al acusado, ordenó:

  -¡El acusado que de un paso al frente!

“Después de rascarse la barbilla y mirar con ojos amenazadores al hombre que tenía al frente, sin quitar la vista del gallo gigantesco, que yacía amarrado a un costado, continuó hablando de la siguiente manera:

 -¡Pablo Rojas!; por el poder que el pueblo me confiere, por medio del nombramiento que he recibido de la Corte de Justicia, te condeno a pasar dos días, cultivando la plaza de armas y a pagar al agraviado Pedro Campos, el valor del gallo, tasado en cinco soles de oro, con lo cual, queda terminado este juicio en paz.

“Mientras hablaba, no dejaba de mirar el gallo, para una vez dictada la sentencia, llamando al demandante, agregó:

  -¡Oye cho, Pedro Mallqui!; pasame el gallo por aquí, que se queda conmigo como prueba del delito.

“De inmediatamente, el ayudante del Juez, fue hasta donde estaba el gallo y tomándolo por las patas, con grave peligro de soltarlo, a consecuencia de sus furiosos aletazos, logro ponerlo dentro de un costalillo, que  el  honorable  Juez  llevo  a  su  casa,  no  volviendo nunca más a ser visto el animal, ni por el demandante ni por el  demandado y por último, por nadie”

Durante esa época lejana, en la que se desenvuelven estas historias, corría de boca en boca, muchas anécdotas, referentes a la actuación de don Francisco, que aprovechando del ascendiente que tenía entre la humilde gente que poblaba, no solo los alrededores del Distrito, sino también, las viviendas que habían levantado por las afueras, para sacar algunas ventajas, que debido a las artes y encandilamientos de los que se valía, son dignas de narrar; no obstante, creo conveniente dejar estas, para más adelante, con el objeto de proseguir con la narración, que me he propuesto poner en conocimiento de mis lectores y de ese modo, llegar a conocer a otros ilustres personajes chilianos.

CAPITULO   XVI

LOS HERMANOS FERE

Pero no solo de don Francisco, existen  anécdotas por narrar, pues Eugenio recopilo muchas y muy interesantes, entre las que se cuentan, los accionares de los hermanos chinchopatenses, a los cuales,      para     no    herir    la
susceptibilidades, los hemos bautizado, con el apellido de FERE, de modo que tendremos tela para cortar, respecto a los acontecimientos, que con intervención de Luís y Héctor FERE, se suscitaron, descontando los ya narrados.
“En la hacienda CHINCHOPATA, a una escasa legua del pueblo de Chilia, nacieron estos dos jóvenes, más o menos entre cuatro a cinco años antes, que viniera a este mundo el
joven Eugenio, principal protagonista de esta obra.

“Se educaron en Siguas y en Trujillo, concluyeron sus   estudios secundarios, no creyendo fuera necesario, continuar estudios superiores, teniendo en cuenta, que eran hijos del hacendado de Chinchopata, hacienda con los tres climas y que abarcaba una extensión, de algo más de ocho mil hectáreas.

“Jóvenes muy inteligentes, tanto, que se sintieron prisioneros dentro de las arrugas andinas, en donde se desenvolvía su existencia. Sus primeros juguetes, fueron los arreos de los animales de labranza y silla, así como lo usual, de TRANCA TARUGO Y LAZO, lo que les dio la  oportunidad, de crear una vida paralela  a la   cotidiana, de  situaciones  imaginarias,  viendo  a  las  personas que los rodeaban, bajo un lente   especial, involucrándolos en situaciones muchas veces forzadas, que traían como consecuencia, reacciones sumamente jocosas.

 “El poblado de Conchamarca, en donde ejercía como profesora del  Colegio   Fiscal   Mixto   de Primaria, una señorita ya jamona, de nombre Segismundo, natural de Siguas, que no solo era paisana del hacendado de Chinchopata, sino también pariente, debido a lo cual, era tratada por los chicos Fere, con el título de tía, por ser prima de la madre de ellos.

“Esta señorita, tenía por costumbre, contratar muchachas para su servicio, de agradable aspecto exterior y como sus deberes magisteriales, le exigían todo el tiempo del que disponía, no faltaban por lo menos dos chicas, realizando las tareas domésticas, en su casa.

“La hacienda Chinchopata, colindaba por el Sur, con el ya mencionado poblado de Conchamarca, debido a lo cual, Héctor y Luís Fere, cuando les tocaba llevar a cabo la vigilancia del ganado de su padre, por las cercanías de esos linderos, se daban maña, para hacerse presentes en casa de su tía Segismundo y como su llegada, coincidía con los últimos rayos del Sol y los preludios de la noche, la buena tía, se veía en la obligación de atajar a los sobrinos, para que se posaran en su casa.
“Pero el amor desmesurado de los sobrinos por la tía, brotado de la noche a la mañana, no era en realidad, sino un pretexto, para que los jóvenes pudieran tener acceso y enamorar a las fámulas  de su tía, que en vista que los niños no eran nada feos, ocultaron   los   halagos   y   requerimientos,    con    los   que   las  asediaban, enredándose en idílicos y furtivos encuentros.

“La   señorita   Segismundo,   pronto  se  apercibió,  que  algo no grato,  se venía cocinaba entre las mucamas y sus sobrinos, de modo que para evitar desaguisados futuros, que trajeran consecuencias lamentables, falsa gordura a sus sirvientas, optó por obligar a estas, que tiendas sus camas en el suelo, una a cada lado de la de ella. Los chicos Fere, muy contrariados por las medidas de seguridad adoptadas por la tía, pensaron en la forma de vengarse y al mismo tiempo, crear el caos, para poder obtener algún beneficio de este.

“Los hermanos Fere, eran muy observadores y se habían percatado, que la señorita Segismundo tenía por costumbre, orinar en su bacín durante las frías noches serranas, pero ella no bajaba a sentarse sobre el, sino que subía el bacín sobre su cama y allí, muy abrigada, miccionaba cómodamente. Luís, calentó un clavo en la llama de una vela y mientras su tía estaba en la cocina, vigilando que sus sirvientas preparen la cena, se introdujo en su dormitorio y agujereo el bacín de plástico, que la tía acostumbraba usar durante las noches.

“Llegó la noche y con ella la necesidad de usar el bacín y cuando la señorita Segismundo y no bien hubo terminado de orinar,  sintió las humedades que penetraban entre sus sábanas, sin saber a que se debía esta terrible inundación, boto lejos el artefacto recibidor de miasmas y después de evaluar los daños, saco colchón y cobijas a su corredor y ella, improviso una cama, en donde la sorprendió la mañana, sin haber casi pegado los ojos, como consecuencia del desaguisado, que sin saber como, se había suscitado.

“Aprovechando el desbarajuste que la  mojada  de  cama originó,  los hermanitos Fere, cogieron cada uno a su fámula y fueron con ellas, a refocilarse entre los maíces de una cercana chacra, teniendo como fondo musical, los denuestos e insultos, con los que su tía, agraviaba a las sirvientas, sin saber a que santo se debía, la desaparición de las mismas.

“Pero pronto cayo en la cuenta, que todo se debía a un mefistofélico plan de sus sobrinitos, en contubernio con sus mucamas, pues revisando el bacín, encontró el agujero y cuando fue hasta el dormitorio de ellos, se dio con la sorpresa, que allí solo estaban los colchones, pues las cobijas las tenían con ellos, para defenderse del frió.

“Cuando la señorita Segismundo, abrió los ojos ya de mañana, vio junto a ella, los cuerpos de sus muchachas y montando en cólera, las arrojo de inmediato de su lado, teniendo estas que ir a sentarse a la cocina, para esperar lo que su patrona disponga, pues sus familiares, vivían en Tayabamba.

En cuanto a los hermanos Fere, ni tardos ni perezosos, ensillaron sus caballos y partieron en dirección a la casa hacienda de Chinchopata, en donde se guardaron muy bien, de no revelar, todo el desaguisado que habían ocasionado, en casa de la tía Segismundo.

“Después de un tiempo prudencial, cuando creyeron que la tormenta, ocasionada en el interior de la tía Segismundo, había sido olvidada, se presentaron un buen día, llevando como regalo de desagravio, un hermoso cerdito cebón, listo para el horno, con el cual, propiciaron el olvido de las humedades, en  cama de la señorita profesora;  pero  lo  que  fue  imposible   de olvidar, fueron los seres, que como consecuencia, de esa noche de  activo intercambio  de   fluidos,   continuaron   creciendo   en   los  vientres, de las fámulas de la señorita Segismundo, que originó un activo ajetreo, en los pasillos del Palacio Judicial de Tayabamba, teniendo que intervenir don Alejandro Fere, renombrado hacendado de Chinchopata, para comprometerse a criar  a  los  nietos,  pero  antes,  a  cubrir todos los gastos que ocasionarían, los preámbulos a la llegada de los infantes.

“Don Alejandro, creyó conveniente separar a los hermanos, por eso determinó, que Héctor, se fuera el año siguiente, proseguir estudios superiores, amainando de ese modo, la furia desatada que significaba, dejar juntos a los hermanos, para que anden por  esos caminos de Dios, en  esa época, creando dificultades al género humano.
“Pero antes que llegara el fin del año y con este, el viaje de Héctor, los hermanos tuvieron tiempo, de continuar poniendo sus manos y voluntad, en la consecución de gratos momentos para ellos, sin considerar que esto, dejaba agraviados, que muchas veces lamentaban haberlos conocido.

“Y esto fue lo que sucedió en cierta oportunidad, en la que asistieron estos hermanos Fere, ya en los lindes de la fecha, para su separación definitiva, a la fiesta, de la Virgen del Rosario de Chilia, justamente el día en el que se llevaba a cabo, el baile Social del día central.

“Luís que era el mayor de los dos hermanos, conoció a una chica durante este baile, enamorándose perdidamente de ella; esta chica, pertenecía a una familia, caída en desgracia económica, algunos año antes,  pero cuando intentó propasarse, la chica le paró    la    mano,   poniéndole   como   condición,   que  fuera   a presentarse ante su padre. Héctor, que venía observando, todas las evoluciones de la pareja, en cuanto tuvo oportunidad de hablar con su hermano, le preguntó:

  -¿Qué te pasa Lucho, parecer embobado con esa chica; acaso piensas en matrimonio?

  -¡Que va!; solo es para pasar la noche y si es que se puede…. pues veremos.

“Ante esta contestación, Héctor se quedó un poco más tranquilo, pero se prometió no dejar solo al hermano, durante el tiempo que aún le quedaba para poder hacerlo. Al día siguiente de lo que acabamos de relatar, Luís acompañado de su hermano Héctor y el Loco Edualdo, al que comprometieron, para que los acompañara a pedir la mano de Berta, que era como se llamaba la niña, que había encandilado a Luís. Se presentaron en la casa de don Rafael Borges, padre de Berta y después de algún preámbulo, durante los cual bebieron algunos tragos de buen coñac, el Loco Edualdo aclarando hablo  diciendo:

  -¡Don Rafael!; para todo padre llega  el  momento,  en  el  cual, tiene que decidirse para aceptar o no, las pretensiones de un joven, acerca de su hija; este momento a  llegado para usted y por eso es que estamos aquí, para pedirle la mano de su hija Berta, para el  joven  Luís  aquí  presente,  muchacho  sin  ningún compromiso e hijo de un rico hacendado, que usted muy bien conoce, pero que desgraciadamente no ha podido  estar  presente,
por haberse ausentado y encontrarse  en este momento en la Costa, pero como el joven Luís ya es mayor de edad, la presencia de don Alejandro, solo sería de carácter protocolar. que se  podría   dejar  para  más adelante.

“Después de esta parrafada, todos esperaron la respuesta y dado que don Rafael era un señor muy machista, todo dependía de la forma en la que habría   interpretado,  lo  que   el  Loco Edualdo le había dicho. El señor Rafael, que se encontraba algo bebido, para asombro de los peticionarios de mano, se levanto y abriendo los brazos dijo:

  -¡Ven a mis brazos hijo mío!; estoy muy orgulloso de recibirte en mi casa, que desde este momento es también la tuya.

“Luego; ante la atónita mirada de Héctor y el Loco Edualdo, don Rafael se fundía en un a apretado abrazo con el joven Luís, mientras llamaba a voz en cuello al resto de su familia, para que participaran del recibimiento, al nuevo miembro de la familia. Esa noche, se organizó un bailecito, que duro hasta el amanecer, al que asistieron todas las amigas de Berta, así como los amigos que por calles y plazas, lograron encontrar y llevar, algunos casi a rastras, para que  se
divirtieran en ese memorable día, en el que había sido recibido el joven Lucho, como prometido de la joven Berta.

“Se bebió  y  comió,  como  para  no  volver  ha  hacerlo,  por  lo menos una semana y cuando ya todos estaban entre Pisco y Nazca o sea, envueltos en las brumas alcohólicas, siendo solo algunos privilegiados   por   la   naturaleza,   los   que   eran   capaces  de pronunciar su nombre, Luís, fue llevado en volandas, hasta el cuarto que desde esa noche, ocuparía en cada oportunidad en la que visitara Chilia o para los buenos entendedores, le imponían esa casa, como posada obligada.

“Encontrándose comprometido, de este modo el  Joven  Luís,  sin que  don  Alejandro  lo  sospechara  siquiera,  llego  la  hora de la partida  del   hermano y  para  darle  el  sentido  adecuado  a  la despedida, acordaron ir a Chilia y pegarse una soberana  borrachera, en recuerdo, de todos los años que  habían  pasado  juntos, ejecutando, toda clase de travesuras, que dejaban un agradable sabor a felicidad en ellos.

“Como primera medida, para asegurar el lugar, en el que irían a recalar cuando estuvieran en estado beódico, pasaron visitando a Berta y después de los arrumacos de ley, ambos hermanos fueron en busca del Loco Edualdo y una vez en su tienda, los hermanos se dedicaron a beber como cosacos, acompañados por un grupo de amigos y  El Loco Edualdo, que fungía al mismo tiempo de cantinero.

“Serían  ya  las  cinco  de  la tarde, cuando hizo su aparición en escena, la prometida de Luís y con intensiones de llevarse a su novio, termino llevándose a todo el grupo, para que continuaran bebiendo en su casa.

“Estuvieron bebiendo, por espacio de varias horas y cuando las filas de borrachines se encontraban raleadas, a consecuencia de las deserciones, de aquellos, que habiendo llegado al límite permisible, de intoxicación alcohólica  y  conscientes  de  ello,  a Edualdo, que se encontraba incurso en esa condición y consciente, que le era imposible poder llegar hasta su casa, simplemente, buscó la cama más cercana y deslizándose, recostado contra las paredes, logro su objetivo.

“Dio la casualidad, que la cama, en la que fue a dormir su borrachera el Loco Edualdo, era precisamente aquella, que los dueños de casa, tenían reservada para su futuro yerno y como el interesado, aún se encontraba, más o menos ecuánime en esos momentos, no creyó conveniente mezquinar al amigo, el uso de esa cama que le correspondía, al menos hasta que las fuerzas le faltaran.

“Algunos de los borrachines consuetudinarios, comenzaron a llegar, cubriendo los claros dejados por los caídos, lo cual, a consecuencia de los continuos brindis, con los nuevos auto invitados, llegó ha afectar al joven Luís y a su hermano, cayendo redondo Héctor, sobre un sofá y Luís, recordando vagamente que tenía una cama y también que el Loco Edualdo la estaba ocupando, decidido a expulsarlo de allí, fue dando tumbos en esa dirección.

“La lluvia caía, desde que había oscurecido, pero dentro de la casa de don Rafael, no había que temer al respecto, así que Luís prosiguió su camino y como ya se encontraba muy bebido, se perdió y fue derecho al dormitorio de su suegro, que por ser viudo, dormía solo.

.“Cabe hacer la aclaración que el señor Rafael, poseía un cuerpo esmirriado y pequeño, tal como el del Loco Edualdo, pudiéndoseles confundir, por el bulto que hacían entre sábanas, sin verles la cara.

“Entre las brumas alcohólicas, en las que se encontraba Luís, pensó convencer al Loco Edualdo, para que le ceda la cama o en todo caso, que le hiciera un lugar, para poder recuperarse, de la gran turca que llevaba encima y en la creencia que se encontraba,  en el cuarto que le habían designado sus suegros, intentó arrimar a la persona que ocupaba esa cama y ante la  resistencia que le ofrecía, colérico, envolvió el bulto con las cobijas y echándoselo al hombro, haciendo caso omiso a sus protestas, lo llevo de esta manera hasta la puerta de calle y lo arrojo sin las frazadas a la calle, yendo a caer directamente a la gotera; luego cerró la puerta con cerrojo y regresó hasta la cama vacía ya, quedándose profundamente dormido.

“Muy temprano, Héctor que se había quedado durmiendo en un sofá de la sala, vio al señor Rafael en paños memores, aterido de frío, sentado en la sombra del porche de la casa y adivinando lo que había sucedido, al encontrar a Luís, en la cama del señor Rafael, lo despertó y con la premura que la ocasión acreditaba, salieron por la parte trasera de la casa, dirigiéndose a recoger sus bestias y después de enviar a un muchacho para que recoja sus aperos, con la discreción debida, ensillaron y partieron subrepticiamente, en dirección a la casa hacienda de Chinchopata.

 “Todo se sabe en este mundo, de modo que después de las debidas averiguaciones, don Rafael envió una carta a Luís, prohibiéndole volver a su casa y si fuera posible, evitar cruzarse con el o su familia en el camino, pues según decía, no respondería de si mismo, advirtiéndole, que desde ese día andaría armado.

“Berta fue enviada a estudiar a Lima y como es  lógico  suponer, haciendo causa común con su padre, rompió el noviazgo y de esa manera, Luís  y  Héctor,  dejaron  otro  sentimiento  de  odio  tras ellos, aunque en esa oportunidad, el único culpable se podría decir que era el alcohol”.

Desde que Héctor viajo a Lima, quedo disuelto el dueto, que   conformaron durante un tiempo los hermanos, no obstante, Luís prosiguió viviendo y divirtiéndose, pero ya no contaba con la decidida cooperación del hermano, a pesar de lo cual, de vez en cuando hacía algunas bromas, de las que Eugenio  pudo  ver  y  escuchar  en  una  que otra oportunidad, siendo una de estas, la que a continuación se narra:

Eugenio fue a Chilia, en ocasión, en la que se celebraba la fiesta  Patronal  de  la  Virgen  del  Rosario  y  como  es  lógico suponer, buscó a sus amigos y entre estos, estaba Luís Fere.  En varias oportunidades, estuvieron juntos, haciendo libaciones más o menos abundantes, pero en una de ellas, fue en donde Luís se sacó el clavo, que tenía metido entre ceja y ceja, pues según él, El Loco Edualdo, era el causante del gran resbalón, que diera en aquella oportunidad que hemos narrado,  en casa del señor Rafael Borges.

“Estaban  bebiendo desde muy de mañana y la noche se acercaba y con ella, la posibilidad de asistir al baile social, en donde se reunirían, la flor y nata de los pimpollos chilianos  y  visitantes, de modo que los jóvenes, decidieron mesurarse en sus libaciones, para poder estar ecuánimes y poder actuar.

“Habían estado bebiendo coñac, pero se optó por continuar bebiendo  cerveza;  para saber que era lo que se proponía el joven  Luís,  tenemos  que estar enterados de ciertos pormenores, relacionados a la salud de don Eduardo, pues resulta que este señor, padecía de enfriamiento estomacal  y  cada  vez  que  bebía algo frío o inclusive se sentaba sobre algo frío, le sobrevenían diarreas incontenibles o incontinencia fecal, por esto fue, que en cuanto se propuso continuar bebiendo cerveza, el Loco Edualdo, fue a conseguir, entre las botella que tenía en su andamio, una botella de coñac.

“Luís logro convencerlo, que después de haber bebido tanto coñac, no le vendría mal una cerveza y fue así, como cayó, en la trampa que le había tendido.  Don Edualdo tenía su domicilio, a tres cuadras de donde estaba su tienda y para salir, acostumbraba cerrar con candado y botar el manojo de llaves por una ventana de su casa, de modo, que si la señora encontraba al día siguiente la llaves, sabía que el Loco andaba de juerga y ella iba a la tienda, para dar atención a la clientela.

“Todo esto, lo tenía estudiado el joven Luís, de modo que en cuanto el Loco Edualdo bebió un baso de cerveza, esperó a que este se pusiera a dormitar y robándole el manojo de llaves, hizo que todos salieran, para a continuación, echarle candado a la puerta e ir hasta la casa del Loco Edualdo y arrojar el manojo de llaves por la ventana, por la que acostumbraba a echarla, cuando se iba de farra.

 “Al  día  siguiente;  cuando   la señora encontró las llaves, después de tomar desayuno, fue a la tienda y cual no sería su sorpresa, al ver salir a un hombre, totalmente deshidratado, con grandes ojeras, que le abarcaban toda la cara; además, el hedor que salía de  aquel  lugar,  era  tan  insoportable,  que  mando  llevar  a  su marido a casa, en donde lo cambió y aseó, curándolo de inmediato, para luego enviar una mujer  con  una  escoba  y  un  trapo,  así  como desinfectantes y desodorante, para poder ingresar sin problemas en esa tienda.

“Para estar enterados fidedignamente, de todo lo que a don Edualdo le sucedió, durante esa terrible noche, tenemos que viajar a través del tiempo y hacer trabajar a nuestra imaginación y así, situarnos en el preciso momento, en el que este despertó, acuciado por el dolor de estómago, que le daba aviso, que un poco más y evacuaría las eses en su pantalón.

 “Se encontraba encerrado, sin tener en donde hacer sus necesidades y con la desesperación probablemente, cogió una caja vacía de  licor  y evacuó en ella, una y otra vez, casi sin intermitencia. Al cabo de un tiempo, cuando llegó a una situación extrema de debilidad, no pudo levantarse y allí mismo siguió evacuando sin moverse, quejándose desconsoladoramente, sin que nadie acuda  a su llamada, hasta que llego su esposa”

Inmediatamente después de ocurrido todo lo que hemos narrado, el grupo de jóvenes, que salió de la tienda de don Edualdo, dejándolo encerrado, se dirigió al local del Consejo Distrital de Chilia, en donde ya se escuchaban, los primeros sones  de  música  bailable,   interpretados,   por   la   banda   de músicos del pueblo. Desde un rincón de ese local, Eugenio y Luís, con sus ponchos de lana puestos, para defenderse del tremendo frío, que se dejaba sentir, sentados en una banca, observaban el ambiente, cuando de pronto, Luís llamo la atención de Eugenio, sobre un grupito de señoras, que junto a una ventana que daba a la calle, se entretenían rajando del género humano y le dijo:

  -¡Eugenio!; ¿ves ese grupo de candidatas, a ocupar muy pronto una plaza en el cementerio?, posiblemente están rajando, de todos los presentes y quizá de los ausentes también; pues bien, voy a colabora en bien de la humanidad y disolver a esa chismografía.

No bien concluyo de hablar, disimuladamente, se fue acercando al grupo que había señalado y al cabo de nos momentos, sin que las señoras se percataran de su presencia, continuaban  parloteando; pasaron unos minutos, después de los cuales, Luís se retiró, tal como se había acercado y presto, tomo asiento junto a Eugenio, para decirle:

  -Ahora solo nos queda esperar, que sientan el hálito de la justicia, que las desperdigara, para que  no  vuelvan  a  reunirse, por lo menos un buen rato.

No pasó mucho tiempo, cuando su vaticinio se cumplió al pie de la letra, alejándose unas de otras, mirándose con desconfianza, mientras que con mucho disimulo, se llevaban sus pañuelos a la nariz. Sumamente divertidos  los  jóvenes,   viendo  los  gestos  que hacían y el apuro que ponían para apartarse unas de otras, las hasta hacía poco confabuladas cosmógrafas, Luís volvió a tomar la palabra para decir:

  -La noche aún es joven y queda mucho pan que rebanar y veo otro  grupo, pero  esta vez de palanganas, embelesados por las mentiras, que les endilga ese cholito achorado, por haber estado orinando, en arena durante un tiempo; pues bien, voy ha influir con mis hálitos justicieros, para que boten al palangana de este local.

Acercándose, como lo había hecho la primera vez, con el grupo de señoras, llevando las manos ocultas debajo de su poncho, Luís se arrimó todo lo que pudo al orador y de pronto, lo miro con el ceño fruncido y aire de sorpresa, para decirle con tono colérico:

  -¡Ramón!; controla tú estómago, ¿Qué has comido?; ¡Cochino!

Los que antes escuchaban con tanta atención, cogieron de ambos brazos al llamado Ramón y a rastras lo fueron llevando a la puerta del salón, que se encontraba cerrada, para resguardar, del intenso frío que hacía afuera a esa hora, arrojando fuera, al  llamado Ramón. Muy intrigado Eugenio, no pudo menos que preguntar a su amigo:

  -¿Cómo lo hiciste?

  -Te contestare, como lo hacía el  famoso  detective  Holmes,  a su ayudante Watson diciéndote;
¡Elemental mi querido Eugenio!; ¡Elemental!

Y después de responder de esa manera, como para refrendar su teoría, mientras deslizaba una de sus manos debajo del poncho, con la otra se tapaba la nariz, llegando en ese momento, un hedor terrible,  que  invado  todo  el  ámbito cercano, pero Eugenio aún hizo la siguiente pregunta:

  -¿Cómo haces para controlar tus gases? y sobre todo, ¿como haces para no delatarte con el peculiar ruido, que estos hacen al salir?


Luís miro a Eugenio muy divertido y después de unos momentos contesto de esta manera:

  -¡Hay mi dilecto amigo Eugenio!; No sabes cuanto he tenido que practicar, para llegar a dosificar mis ventosidades y respecto a la forma de evitar que se escuche el característico ruido, que estos prisioneros hacen, al lanzar su grito de libertad, te diré que solo depende de ensanchar la puerta de salida y de ese modo, evitar fricciones innecesarias.

A continuación, explico que con

la mano o manos, las que   metía debajo del poncho, tiraba hacia un costado sus nalgas y de ese modo, evitaba las fricciones, que ocasionaban el sonido, para que la ventosidad, salga plácidamente, rociando su oloroso aroma de fetidez, que traía consecuencias como la que hemos narrado. Y a continuación; Luís narro a Eugenio, el  siguiente chascarro:

“Cuentan que hubo un tiempo, en el que había un señor muy inteligente, renombrado en su pueblo por poseer este don, pero la suerte no lo había favorecido y había llegado a ser tan pobre, que solo gracias a su ingenio, lograba    sobrevivir;    un   día,   se   le ocurrió hacer un pacto con el diablo, para venderle su alma y de ese modo,  nunca más en su vida, le volvería a faltar dinero, así que tal como le habían recomendado, fue hasta un lugar solitario, durante la noche y allí espero,  que  dieran  las  doce de la noche, después de lo cual, invocó a don Satanás, el que pasados unos minutos se presentó y le dijo:

  -¿Para que me has llamado hombrecillo?

 “Muy asustado este señor, no supo que responder en los primeros momentos,   pues  a    pesar  que  la  apariencia  del  demonio,  se mostraba como un mortal común y corriente, era suficiente saber, que se trataba de Satanás, lo cual era suficiente como para tener temor, pero logro sobreponerse y respondió: 

  -Te he llamado, porque deseo venderte mi alma, a cambio que me proporciones un cajón, del cual pueda extraer dinero, cada vez que así lo desee y que esto perdure, mientras que yo viva.

  -No es nada difícil para mi, pero ¿estas seguro que deseas perder tú alma a cambio de dinero?; ¿No  te  arrepentirás  después  y  me veré obligado a llevarme tú alma a la fuerza?

“El hombre ya envalentonado, sin temor alguno, miro al diablo de igual a igual, para replicarle de esta manera:

  -¡Como!; ¿ahora resulta que el que tiene dudas al respecto eres tú?; ¡total!, ¿Quieres o no hacer el trato conmigo?
  -¡Claro que sí!, pero solo te daré cinco años, transcurridos los cuales, vendré a cobrar; ¿estamos de acuerdo?

“El demonio entrego un cajoncito, como de veinte centímetros por lado y caminando, desapareció tras de una loma, dando apariencia, de ser un ser humano normal y corriente. El tiempo paso más que rápido y el diablo se presento al cabo,  ante  el  rico comerciante, en el que se había transformado el hombre inteligente, para exigirle  cumpla con su parte del trato.
:
“El hombre, con mucha educación, hizo sentar al diablo en una silla, igual a la que el ocupó, como aquellas que tienen el asiento compuesto por una tabla llena de agujeritos y en cuanto tomaron asiento, el hombre se expresó de la siguiente manera:

  -¡Mira Satanás!; se que eres un ser muy inteligente y con una gran experiencia, al extremo, que no existe nada que desconozcas, pero yo tengo mis dudas al respecto, así que no creo que desees llévate mi alma y privarme así de la vida, sin antes convencerme de tu gran sabiduría; ¿me permites hacerte una pregunta y si no puedes acertar, yo seguiré viviendo y usufructuando los beneficios del cajoncito que me diste.

El demonio picado en su orgullo propio, aceptó y como respuesta, el hombre inteligente se soltó un cuesco, sonoro y pestilente, para luego preguntar:

  -¿Por que hueco salió?

“Satanás tomo la silla, en la que había estado sentado el hombre inteligente y de inmediato comenzó a examinar uno a uno los huequecillos del asiento y mientras que los señalándolos iba diciendo:

  -¿Por este?, no, no, no, ¿por este?, no, no, no.

“Y así estuvo por espacio de varios minutos, hasta que al fin señalando uno de los huecos dijo:

  -¡Por este!; si, por este fue, ¿no es así?
“El  hombre  alborozado,  miraba  al  diablo,  que   viéndolo   tan contento, le preguntó:

  -¿Por que estás tan contento?

“Entonces el hombre, con una sonrisa de oreja a oreja, le respondió:

  -Porque no acertantes, ya que mi ventosidad, salió por el hueco del poto.

“El diablo tuvo que contentarse y dejar al hombre con el cajoncillo, hasta que llegara la hora que Dios lo recoja”.

Cuando Eugenio y Luís se despedían, para ir a dormir a sus respectivas posadas, Luís aún le hizo una adivinanza que a la letra dice:

“Escopeta de Paris, que no mata perdiz, apunta  al suelo y da en la nariz”. ¿Qué es?

No creo que después de haber estado haciendo las narraciones últimas, necesite aclarar la respuesta a esta adivinanza, pues sería como insultar el ingenio de mis estimados lectores, así que lo mejor será, dejar todo como está. Cuando Eugenio se fue a la Selva, perdió todo contacto con Luís, pero se enteró, que la Reforma Agraria, lo encontró en su fundo, después que sus padres habían fallecido y le dejo una pequeña área para que trabaje, en donde continuó viviendo, sin desmayar por el cambio, de haber sido un gran señor hacendado y llegar a ser un pequeño propietario

En cuanto a Héctor, estudio mecánica Diessel, en una escuela superior  de  Lima  y  al  cabo  de  los  años, después de  trabajar, como operario de un ómnibus de pasajeros, que cubría el tramo de Trujillo a Lima, en una empresa de transporte dedicada a este servicio y corrido el tiempo, se jubilo. Con  su mujer e hijos, continuó viviendo en Lima, sin volver a la Provincia. Con su hermano se veían esporádicamente, cuando Luis viajaba a Lima en vía de negocios.

Como hemos visto, en el transcurso de la narración de algunos pasajes más saltantes de estos míticos personajes, como lo fueron los hermanos FERE, durante los primeros años, en los que pasaron juntos, durante su infancia y mocedad, se constituyeron en toda una potencia humorística; no obstante, en cuanto su padre, don Alejandro los separo, al enviar a Héctor a estudiar a Lima, esta fuerza humorística decayó en algo, pero Luis supo mantener a media hasta, en memoria de las baja sufrida, esta fuerza, de la cual, algunos pasajes me cupo en suerte vivir durante su realización y con  su narración, creo suficiente,  como para que mis lectores capten la calidad de humor que estos encerraban y como dicen “Para muestra un botón”, creo haber cumplido a cabalidad, la misión que como escritor me cupo.

Eugenio, al fin viajo a la Selva de San Martín, en donde se instaló, sembrando pastos y otras sementeras, como yuca, plátano, arroz y frijoles, pero continuó regresando a la hacienda de su madre, de donde contrataba obreros, para que fueran a trabajar a su propiedad de Tocache, solventando los gastos necesarios, con las utilidades obtenidas, del negocio de mulas que inicio, llevando estas bestias para carga hasta Shunte, en donde las canjeaba con café y coca, productos que transportaba hasta Tingo María, para venderlos allí.

Pero en cada oportunidad en la que regresaba de la Sierra a Tocache, se enfrentaba al problema de su soledad, debido a lo cual, en el último viaje que hizo de Tocache a la Sierra, fue pensando, que era necesidad prioritaria, encontrar una compañera, dispuesta a unir su vida a la de él.

Se encontraba Eugenio, en el escritorio de la casa hacienda de Bambas,  en  esas   cavilaciones, cuando le dieron el aviso, que un   jovencito  venido  de   Chilia, pedía hablar con él y en cuanto estuvo frente a él, este, le tendió una carta diciéndole:

  -De la señorita Teresa de Chilia y me dijo que le lleve la contestación.

El corazón de Eugenio, comenzó a galopar materialmente, por la emoción, pues  en  Teresa  había  pensado  muchas  veces,  como
la compañera que lo resarciría, de todos sus sufrimientos,  y que lo ayudaría, a conseguir el imperio que se había  propuesto obtener, debido a lo cual fue que con mano temblorosa rasgó el sobre y leyó:

Eugenio: 
La última vez que hablamos, tú me pediste que te acompañara, para unidos, enfrentar los avatares que el destino nos pondría en nuestro camino y yo te contesté, que mi padre enfermo me necesitaba. El a fallecido hace dos meses y ahora te necesito, me encuentro sola y estos dispuesta a seguirte donde tú me lo propongas; mañana a las dos de la tarde, estaré en Colpán, esperándote, anda a recogerme, por el amor que muchas veces me juraste.
                      Te amo.
                                        Teresa
POSDATA.- Apresúrate en venir, pues otro joven anda tras de mí y no se que debo hacer.

Esta última parte de la carta, daba a entender claramente, que el amor de Eugenio estaba en competencia, con el de otro chicos como él y no solo eso, sino que cabía la posibilidad, que hubiera estado conviviendo con ese otro hombre y al encontrarse embarazada, había pensado en él, como chivo expiatorio.

De pronto se dio cuenta que el muchacho que le había entregado la carta, aún esperaba, sin saber el torbellino de pasiones, que se estaba desatando en su interior, así que solamente le dijo:

  -Dile  a  la  señorita  Teresa,  que no hay contestación, porque no voy a ir al lugar que me indica

Dos días después, Eugenio viajó a Lima y desde allí a Tocache, en donde al verse nuevamente solo, se arrepintió muchas veces por no haberse echado a la espalda su orgullo, llevando con él a Teresita, pero ese orgullo heredado de sus ancestros, lo había hecho actuar como lo hizo, pero ya la suerte estaba echada y fue allí cuando escribió este verso, en el cual plasmó la razón de estar en la Selva.

R E M O L I N O S

De vientos encontrados
Me vi pronto rodeado
Que luego me envolvieron
En nubes de pasión
Por cruentos remolinos
Me vi arrebatado
Llevado y zarandeado
Sin conmiseración

Deje a mi madre amada
Llorando mi partida
Y quizá alguna otra mujer
Que en mi corazón
Esperanzada hallara
 La vida prometida
Y que los ciegos hados
Me tengan compasión

Con grandes ilusiones
Partí a extrañas tierras
Seguido muy de cerca
Por mi pasado cruel
Bajando a las montañas
Desde las altas sierras
En busca de un ansiado
Y riquísimo vergel

Rompiendo poco a poco
Los lazos que me unían
A ese lugar santo
Las tierras de Pataz
Que el único defecto
Que para mi tenían
Ser de otros propiedades
Y eso era lo veraz.

La soledad y el sabor amargo quedó por mucho tiempo en el ánimo de Eugenio, que tuvo que soportar estoicamente, la terrible visión, de Teresita la mujer que tanto amó, con hijos de otro hombre, que no la supo honrar como se merecía, dándole su nombre; no obstante, supo superar estos embates de la vida, debido más que todo a su juventud y al hecho de haberse sumergiéndose en el trabajo y en la nueva vida a la que tuvo que acostumbrarse.

Pero todo esto, es narrado en forma prolija, en la obra llamada ”TOCACHE UN EDEN” en donde se relatan los buenos y malos momentos, de una nueva vida, que le enseño a Eugenio, que el verdadero sabor de lo vivido, no se encuentra en los logros obtenidos, sino en las dificultades que se presentan, para obtener estos y así, tener la convicción, de poseer la fuerza suficiente, como para lograr superar todas las dificultades, que se nos van presentando. De esta forma; una vez vencidas estas, llegar a obtener nuestras metas y teniendo por esta razón el corolario: que todo en este mundo, no es más que un sueño  quimérico, quizá  imposible  de  lograr alcanzar, como si fuera un espejismo, dado que lo más seguro y real, es la muerte, que acecha, detrás de cada rincón del camino, de nuestra existencia, por lo cual, tenemos que con entereza, afrontar nuestro destino, procurando cumplir, con los roles que tenemos señalados, en esta oportunidad, que conocemos como vida, ya que al final, nada llevamos, solamente la experiencia de lo vivido, patentizado en los recuerdos.

FIN DE PATAZ EL DORADO
TOMO CUATRO
Y FIN DE LA OBRA

OBRAS DE EUGENIO  GOYA

TOCACHE UN EDEN  (2  tomos)
REMOLINOS EN LA SELVA                                  
COLONOS EN TOCACHE
CHICHARRON
LADRILLEROS EN TRUJILLO
LA SELVA DE CHANCHAMAYO
ADIOS A TOCACHE
HISTORIA DE AMOR
ASHANINKAS
MIRAFLORES (3 Tomos)
ENIGMAS
240 DIAS DE HACENDADO EN PATAZ
SIMÓN UNA HISTORIA EXTRAORDINARIA…       
BRUMAS DE LA HISTORIA
LA EDAD DE ORO
UN PROVINCIANO EN TRUJILLO 
YO NARCO
ORIGENES (4 Tomos)
LOS SOLÓRZANO (2 Tomos)
LUZ EN LAS TINIEBLAS
EL CORONEL DE AMÉRICA
DE OBRERO A SEÑOR
POEMAS DEL ALMA